Hace poco escuché un podcast sobre El club de los feos en Piobbico, un pueblito en Italia con menos de dos mil habitantes que además es famoso por la gran cantidad de trufas que hay en sus alrededores. Las trufas son unos hongos subterráneos de aspecto más bien horroroso que crecen alrededor de las ramas de ciertos Robles sembrados en tierras rocosas. Al verlos, uno diría que son una cosa oscura e informe sin ninguna gracia, pero en realidad son un manjar exquisito cuyo precio supera los mil euros por kilo. Y aunque lo que me llamó a escribir este texto fue la historia de El club de los feos, me detengo a hablar de las trufas para comenzar, porque es una gran paradoja que el pueblo de los feos se conozca también por la abundancia de ese turupe al que los entendidos de la alta cocina llaman diamante negro. De inmediato pienso en un diamante en «bruto», palabra que coincidencialmente significa «feo» en italiano y que en plural se escribe brutti, como se esboza en el cartel que hay a la entrada del recinto que fundó Telesforo Iacobelli (o Lellé) en 1789: Club dei brutti.
Allí tiene lugar un festival anual para elegir al presidente del club, cuya membresía solo puede ser otorgada en persona al presentarse ante una suerte de comité que define los grados de feúra de la persona: indefinida, insuficiente, media, buena, excelente y extraordinaria. Su presidente, Gianni Aluigi, asegura que el club fue fundado para encontrarles marido a una buena cantidad de «solteronas» en el pueblo, pero que alrededor de los años sesenta se convirtió en un club para «hacer de la feúra una virtud que se opone a la esclavitud de la belleza», porque lo más importante para ser aceptado en el club es entender que en esta vida no hay obligación de ser bello, y que la fealdad no es una discapacidad, como lo hacían ver leyes tan dementes como la que hubo en Boston a finales del siglo XIX y por la cual las personas mutiladas o deformes no podían salir y eran multadas con el equivalente a 35 dólares de hoy si las pillaban en la calle, o como la que se especuló que había en las playas de Tropea para prevenir que las mujeres gordas y «feas» usaran bikini.
Para poder determinar a ciencia cierta qué es feo, tendríamos que entrar a convenir qué es bello. Esa premisa del club de los feos que habla de la belleza como una suerte de esclavitud es la que me lleva a hilar estas ideas sobre el valor de lo feo o, mejor, sobre la belleza de la fealdad. Si algo podemos convenir es que tanto feo como bello son conceptos relativos, aunque mucha razón tienen los del club de los feos al argumentar que la belleza es más predecible y finita, y que la fealdad es impredecible e infinita. Es cierto que los cánones de belleza mutan según la percepción de cada cultura y de su momento histórico, pero de cierta manera se convierten en moldes mucho más rígidos que la fealdad no conoce. Cuando las cosas no caben en esa suerte de traje en el que debe caber la belleza del momento, eres libre de caber en todas las subcategorías de lo bello y de lo feo porque difícilmente limitamos tanto a la fealdad como lo hacemos con la belleza.
Podría detenerme aquí a diseccionar lo que ha dicho sobre la belleza y la fealdad, de manera más precisa y con bastante más autoridad que yo, el filósofo italiano Umberto Eco (curioso que el asunto de la belleza siempre vaya a dar a Italia, desde El David hasta Sophia Loren) pero mi idea, más que distinguir lo bello de lo feo es poder argumentar por qué lo feo es bello. En su libro Historia de la fealdad, Eco también busca conceptos anteriores como el de Nietzsche, que asegura que lo feo es un síntoma de descomposición, lo cual me lleva a pensar en lo que significa una «composición», no como en la cancioncilla de «componte, niña, componte que ahí viene tu marinero», sino en su acepción más amplia y orgánica, y luego en su representación en el campo del arte.
Aunque mucho nos han hablado de ver la esencia y no las apariencias, en la naturaleza hay varios ejemplos de que la apariencia habla precisamente de estado sin descomponer del interior de un fruto, por ejemplo, y de cómo sus propiedades sin alterar mantienen su esencia. Ahora que traduzco un tour por el cultivo y el beneficiadero de La Palma y el Tucán en Cachipay, donde se produce un café de especialidad (superior en calificación a los cafés buenos), he aprendido que la forma y el color de los granos SÍ importa. Antes de tostarse, y ya lavado o secado al natural, cada grano de café se trilla para que pierda lo que el caficultor llama pergamino. Entonces viene una selección manual y rigurosa a ojo, para que cada grano esté completico, tenga esa forma parecida a la del yin y el yang, y en él prevalezca su color verdoso. Todo ello habla precisamente de su nivel de dulzura, de amargor o de acidez, esto es: de su esencia. Sin esa «composición física», las propiedades que podemos experimentar con otros sentidos y que hacen del café algo placentero a nuestro paladar no están presentes. La ausencia de esa forma física constata que no vamos a encontrar lo que (y aquí es donde la cosa se complica) convinimos que es un buen café, pero también nos alerta de consumir algo que esté dañado y nos pueda sentar mal.
Por eso creo que las leyes de la naturaleza inciden mucho más de lo que imaginamos en los cánones de belleza que creemos elegir los seres humanos, más allá de la visión machista que sólo habla de belleza para asociarla a la de las mujeres, cuando, en últimas, el arte es el verdadero vehículo de lo bello porque representa nuestra realidad y de cierta manera explica y hace perdurar uno u otro canon de belleza a lo largo de la historia (aunque el teórico y crítico de arte Heinrich Wölfflin asegura que en la historia del arte solo hay una oscilación permanente entre dos tendencias y que a cada Renacimiento le llega su Barroco).
La belleza de las mujeres no escapa a las leyes biológicas. Eco también asegura que la posesión de poder o de dinero pueden suplir la falta de belleza y atenuar la fealdad. Hace un tiempo intenté averiguar por qué en nuestra época había tantas mujeres consideradas bellas con hombres considerados feos para escribir una nota más bien baladí en una revista masculina y encontré algunos estudios que señalan que sí es cierto que, como animales que somos, el hombre está biológicamente codificado para buscar el mejoramiento de la raza humana, mientras que la mujer busca asegurar la preservación de la especie humana, razón por la cual la hembra busca un buen proveedor que les permita sobrevivir a ella y a sus crías. Todo esto viene a incidir en el arte. En el Renacimiento, por ejemplo una mujer de caderas amplias, más bien entrada en carnes y con cachetes rozagantes era sinónimo de belleza porque los hombres querían casarse con mujeres saludables y bien alimentadas que además fueran capaces de parir sin complicaciones, y ojalá hijos varones.
Así, nuestra idea de belleza toma mucho de la naturaleza, pero es en buena medida antropomorfa, acordada, mediada por nuestras necesidades, nuestro conocimiento y nuestra cultura. Al parecer, muchas de esas convenciones escogidas están asociadas con la funcionalidad o el beneficio que nos procuran como especie. Pero lo feo no nos disgusta solamente porque nos hace daño, sino porque hay una relación muy estrecha entre lo feo y lo malo. No por nada la palabra «obsceno» ha sido relacionada con ob-skai-no o desfavorable, antes que relacionarse con ofensivo o impúdico, lo cual me hace creer que también rechazamos lo feo por cuenta de nuestro pudor judeo cristiano y por la culpa y la vergüenza que nos genera aceptar que nos gusta lo obsceno, lo desagradable.
Lo agradable, en contraparte, es aceptado porque es lo que nos hace bien, lo que no nos corrompe. Y lo que nos agrada de algo es su armonía, que más allá de la música, es eso que hace que algo o alguien esté compuesto con partes proporcionadas, de tal manera que ningún elemento desentone o prevalezca sobre el otro. Y es por eso que llego a lo que considero una verdad de a puño y por la cual sostengo que lo feo es bello: nada en la naturaleza es absolutamente bello, por cuanto nada es absolutamente simétrico. Todo lo que consideramos bello en la naturaleza tiene una ligera desviación o asimetría. Puede que sea mínima, pero siempre está ahí. Yo lo asocio con la teoría que Platón esboza en el mito de la caverna: en la realidad nunca hay algo que sea completamente eso y de manera perfecta, como en cambio la idea de eso sí puede ser completa y perfecta. Edgar Allan Poe hablaba de algo similar cuando se refería a la belleza supraterrenal, que trasciende lo mundano y que escapa a nuestra razón. Así las cosas, todos y todos somos feos en este mundo. No somos horribles, pero es quizás esa ligera desviación de lo simétrico, ese pequeño error lo que nos hace bellos: una ceja más levantada que la otra, una cadera un tanto desproporcionada en relación a nuestro pecho, un lunar, que no es otra cosa que la pigmentación no uniforme que irrumpe en el rostro de alguien como una mancha que confirma que todos somos obscenos, que nos atrae la variación, no la repetición ni el deber ser de lo que ya conocemos. Que, como en la representación pictórica del yin y del yang, que parece tan armónica y simétrica, hay también dos lunares que hacen que dentro de lo bueno siempre haya algo malo y que dentro de lo malo siempre haya algo bueno. La belleza de esos que tienen tantas variaciones o tanto de feos que son guapos. Así es la belleza en la cual lo feo es lo más bello: un punto negro dentro de algo muy puro o muy blanco. Sin ese punto, sin esa oscuridad, la belleza es vacía, no tiene misterio, no tiene contraste. Sin desviación no hay perfección. No al menos en este mundo.
Ahora que la inteligencia artificial nos amenaza con alcanzar lo perfecto y nos invita a ponernos filtros para uniformar nuestras caras, se hace aún más valiosa una belleza del tipo Rosy de Palma, llena de asimetrías y de accidentes, como un Picasso. Si hubiese que añadir otra propuesta a las que nos dejó Italo Calvino para este milenio, yo propondría la fealdad, porque la única verdadera condición para ser bello es no serlo nunca por completo.
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