Baja el sol, el calor se despega del cuerpo y el puerto de Gaza se convierte en un bullicioso y anaranjado lugar de encuentro. Es uno de los pocos sitios en los que se puede respirar de verdad y disfrutar de una necesaria, aunque ficticia, levedad. El atardecer huele a sal, gasolina y fritura y está salpicado de pescadores reparando redes, niños correteando por la arena, grupos de amigos compartiendo refrescos y jóvenes parejas que conversan bajo la mirada siempre atenta de un familiar. En el paseo marítimo de Gaza, si es que así puede llamarse a esta desordenada avenida sin terminar de asfaltar frente a un mar contaminado, se cruzan también los pasos de chicos jóvenes que caminan con la ayuda de muletas mostrando las piernas desnudas y presas en aparatosas armaduras de hierro que están soldando de nuevo el hueso.
Anas al Krinawi es uno de ellos. Con una mueca de dolor, sin apoyar la pierna izquierda y sujetado por dos amigos, consigue llegar hasta una silla de plástico orientada hacia el mar y la puesta de sol.
«Los soldados israelíes me dispararon hace algunas semanas en la frontera. Tuve suerte», me dice, dejándose caer en el asiento, exhausto.
Es un veinteañero alto y delgado. El cabello negro repeinado hacia atrás y el olor a agua de colonia que flota a su alrededor delatan la coquetería propia de la edad y la importancia que concede a esta visita a la playa con sus amigos, los mismos con los que acude prácticamente cada día a las manifestaciones en la frontera con Israel, incluso después de haber resultado herido.
«A veces salimos de clase, vamos para allá y dormimos en la frontera. Se ha convertido en nuestra segunda casa».
Anas estudia Ingeniería en la universidad, nunca ha salido de Gaza, y, hasta resultar herido, había vivido cuatro «guerras de las grandes» e «incontables» noches de bombardeos y enfrentamientos entre el ejército israelí y grupos armados palestinos. Sueña con ir a París, bañarse en un mar limpio y visitar la que fue la casa de sus abuelos, cerca de la ciudad de Ashdod, hoy en el centro de Israel.
En 2018, durante meses, miles de gazatíes comenzaron a concentrarse cada día ante la frontera con Israel en lo que se bautizó como la Gran Marcha del Retorno, porque pedían la vuelta de los refugiados palestinos a las tierras de las que ellos o sus familias se vieron obligados a salir en 1948, tras la creación del Estado de Israel.
Además, reclamaban el fin del bloqueo impuesto desde 2007, que aisló y empobreció a este pequeño territorio de 365 kilómetros cuadrados. Este asedio israelí se traduce en todos los actos de la vida cotidiana por más pequeños y simples que sean. Nada ni nadie entra o sale de este territorio por tierra, mar o aire sin el visto bueno israelí y, aunque en Gaza no hay colonias judías, ya que las últimas fueron desalojadas por la fuerza por el entonces primer ministro israelí Ariel Sharon en 2005, la ocupación se siente con más fuerza que en ningún otro lugar de los territorios palestinos.
Anas y sus amigos beben té en vasos de plástico y hablan de fútbol, de planes de futuro, de chicas y de la falta de electricidad que vuelve a castigar a Gaza.
«¿Con qué soñamos? Con salir de aquí».
Ninguno de ellos trabaja, aunque sea de manera temporal, y cuando no hay clases ven pasar los días, idénticos, en medio de un hastío y una desmotivación desoladores. Las vacaciones tampoco significan nada si no hay lugar adónde ir. El desempleo entre los jóvenes gazatíes, muchos de ellos con estudios superiores, como este grupo de chicos, superaba el 70 % y las cifras eran aún más altas entre las chicas.
«Los problemas acumulados nos deprimen y nos desesperan e intentamos marcharnos como sea. Ha habido jóvenes que se han lanzado al mar o han usado túneles clandestinos desde Gaza a Egipto. Algunos murieron en el camino, otros lo lograron», me dice, mirando a la playa, Osama Abu Sakran, de veinte años, estudiante de Relaciones Públicas, mientras sus amigos hacen una mueca de pena o miran al suelo, incómodos por hablar de este tema con una desconocida.
Antes de estallar la guerra en octubre de 2023, Gaza tenía dos puntos de entrada y salida para las personas. Uno era Rafah, en el sur, en la frontera con Egipto, abierto de manera intermitente para estudiantes, algunos enfermos que podían costearse su tratamiento y viajeros, previo pago de tasas y siempre y cuando se tuviera un visado o un pasaporte de otro país. Rafah era la única vía de escape de Gaza que no estaba controlada, al menos directamente, por Israel, aunque Egipto, sobre todo con el gobierno de Abdelfatah Al Sisi, no ha hecho gran cosa por aliviar, dentro de sus posibilidades, el bloqueo contra los palestinos de Gaza.
La segunda puerta era Erez, en el norte, hacia Israel, que se abría principalmente para empresarios, trabajadores, enfermos y también personal humanitario, diplomáticos y periodistas extranjeros. Antes de que estallara la guerra de octubre de 2023, salían de Gaza por este paso una media de 50 000 personas al mes. Las autorizaciones israelíes eran billetes de ida y vuelta, es decir, se estaba obligado a regresar. Más del 86 % de los palestinos que cruzaban eran comerciantes y obreros que trabajaban en Israel. El número total de permisos israelíes de salida para los habitantes de Gaza ha ido decreciendo con los años y en 2023 representaban solo el 7 % de los contabilizados en 2000.
«Si terminara el bloqueo israelí y las fronteras se abrieran, tal vez este sería un buen sitio para vivir, pero la realidad es que llevamos muchos años sin haber visto un solo día bueno». Ni la acostumbrada resignación palestina, escudo que no falla para encarar la miseria y las tragedias, ni la reconfortante visión del mar de Gaza alivian el peso de la tristeza que contagian Anas, Osama y sus amigos.
Que se hunda en el mar
Gaza lleva años siendo una gran piedra en el zapato de los dirigentes israelíes, pero también es un quebradero de cabeza para las autoridades palestinas y para las extranjeras, que han observado su deterioro económico, social y humanitario sin intervenir, pese a que Israel no tiene ningún derecho internacionalmente reconocido sobre este territorio.
Décadas de conflicto estallaban con todos sus matices, contradicciones, sufrimientos y absurdos al entrar en esta pequeña franja de tierra de cuarenta y dos kilómetros de largo y doce kilómetros en su parte más ancha. Gaza era una cárcel y una olla a presión. También un milagro que contradecía las estadísticas más funestas, que pronosticaron que en 2020 sería una región inhabitable. Porque, pese a la pobreza, las tensiones políticas internas y el aislamiento, la vida se abría paso en ella a trompicones hasta octubre de 2023.
Las reacciones que suscitaron tanto los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 como la posterior respuesta militar israelí han dejado claro que no se ha logrado entender cómo era la Franja antes de esa fecha y qué implicaban más de quince años de bloqueo. Parte de la responsabilidad es sin duda nuestra, de los periodistas, por cómo hemos contado o no contado la realidad. Otra recae también en nuestros medios de comunicación, por el escaso espacio que se concede a un conflicto que hastía y por la precariedad a la que se ha condenado a los informadores que quieren transmitir qué está pasando en esta parte del mundo. El 7 de octubre de 2023 no había un solo reportero extranjero al que el inicio de la guerra lo sorprendiera trabajando en Gaza, como podría haber ocurrido fácilmente años atrás, cuando el número de corresponsales en Jerusalén era mucho mayor. Y, a partir de esa fecha, Israel no dejó a ningún periodista entrar en la Franja para contar lo que estaba sucediendo, una responsabilidad que recayó en nuestros colegas palestinos, que han trabajado en situaciones límite y han sacrificado su vida para que el mundo no se olvide de Gaza.
«Desearía poder despertar un día y que Gaza se haya simplemente hundido en el mar». Esta frase la pronunció en 1992 el entonces primer ministro de Israel, Isaac Rabin, que fue reconocido después como un hombre que buscaba la paz con los palestinos y terminó asesinado por un extremista judío en 1995. La declaración continuaba: «pero eso no va a ocurrir y habrá que encontrar una solución para Gaza».
Desde los años cincuenta, Gaza ha sido el embrión de la resistencia, origen de la primera intifada palestina (1987-1993) e incubadora de líderes políticos y también de grupos armados que se hicieron demasiado fuertes en medio de la desposesión de los campos de refugiados.
Hasta hace veinticinco o treinta años, la gente iba y venía de la Franja. Había libertad, viajes e interacción humana. Son imágenes de otra época. Los niños gazatíes escuchan boquiabiertos a sus abuelos cuando les cuentan que iban de compras a Ramala, en Cisjordania, a comer a Jerusalén y volvían a dormir a casa sin atravesar un solo control militar. Los israelíes de las localidades cercanas también se acercaban a Gaza a ver el mar o a pasear por sus mercados y mantenían con sus habitantes relaciones comerciales y laborales relativamente normales.
Pero los dos mundos se fueron alejando y los muros se levantaron. Primero fue un pasadizo de varias decenas de metros, oscuro y con suelo de tierra, por el que cruzaban diariamente varios centenares de palestinos que estaban empleados en campos y fábricas israelíes. Para ganar tiempo, algunos regresaban tras la jornada de trabajo, pasaban las noches en el túnel, dormitando, malcomiendo y tomando café, cruzaban de nuevo el retén militar al amanecer y solo regresaban a sus casas el fin de semana. Era una vida miserable, pero ellos se consideraban afortunados por tener permiso de trabajo israelí y un salario más elevado que el gazatí.
Conforme avanzaba la segunda intifada palestina (2000-2005), el miedo perfeccionó ese corredor de salida y entrada de Gaza hasta convertirlo en un pasillo más amplio, con portones, cámaras, altavoces y controles de seguridad a distancia para evitar que un palestino con un arma o un cinturón de explosivos pudiera acercarse a los soldados israelíes.
Los obreros que trabajaban en Israel prácticamente desaparecieron. Pero aún se podía salir de Gaza: decenas de empresarios seguían haciendo negocios en el exterior; las familias palestinas, separadas entre la Franja y Cisjordania, se reunían solicitando permisos; había jóvenes que iban a estudiar fuera, atletas podían participar en competiciones en otros países y profesores universitarios acudían a congresos y formaciones en el extranjero.
En 2007, un año después de ganar unas elecciones legislativas, Hamás, el movimiento islamista palestino considerado un grupo terrorista por Israel, Estados Unidos y la Unión Europea (UE), se hizo con el poder en Gaza y comenzó el bloqueo israelí sobre la Franja. El punto de control militar entre Gaza e Israel, en el norte, sufrió de nuevo una metamorfosis y se convirtió en un verdadero terminal de frontera, con sofisticados sistemas de detección de metales y explosivos y largas y minuciosas inspecciones de personas y equipajes.
Apenas ochenta kilómetros
Por muchas veces que se vaya a Gaza, es imposible acostumbrarse a la manera de entrar y salir de este pequeño territorio. «Good stay», me dice, mecánicamente, una joven militar israelí tras devolverme el pasaporte y la tarjeta de prensa en el terminal de Erez, usando el mismo tono que utilizaría en un aeropuerto para dirigirse a alguien que estuviera a punto de iniciar unas vacaciones. El cartel de «salida» hacia el que hay que caminar es también una puerta de «entrada» en Gaza. Sin un permiso israelí, un pasaporte diplomático, una tarjeta de prensa o documentación de algún organismo humanitario, nadie, sea israelí, palestino o extranjero, puede ir más allá de este control militar.
Por eso, la mayor parte de los israelíes menores de veinticinco años no han conocido ni hablado en su vida con un palestino de la Franja y los gazatíes de la misma edad solo han visto israelíes por televisión o, en el peor de los casos, soldados durante las ofensivas militares. Gaza solo está a unos ochenta kilómetros de Jerusalén, aunque entre los dos puntos haya un abismo.
Cuando el control militar israelí de Erez queda atrás, es necesario recorrer un pasillo de casi dos kilómetros, el espacio y el tiempo necesarios para sentir y hacerse a la idea de que Gaza está aislada y sus habitantes encerrados. Es, o más bien era, un camino largo y silencioso, con verjas a modo de pared que permitían contemplar un paisaje que, cuando no había enfrentamientos, era árido, triste y solitario, tan solo perturbado por algún burro, oveja o pájaro que osaba acercarse a esta especie de zona de nadie. Al final, un rápido control de la Autoridad Palestina y, a pocos metros, otro de Hamás, ante el cual se había solicitado previamente un permiso de entrada, terminaban de abrir las puertas de Gaza.
El implacable encierro ha transformado a sus habitantes, como nos habría transformado a todos. A los jóvenes, deportistas y artistas les cortó las alas y les impidió crecer y triunfar, a la mayoría de sus empresarios los arruinó, a los estudiantes los privó de una visión real del resto del mundo, a sus enfermos los alejó del derecho a curarse y a sus mujeres las enclaustró aún más en sus casas y en una sociedad cada día más conservadora.
La ocupación también ha transformado al ocupante, lo ha hundido en un miedo que allana la tarea de deshumanizar totalmente a los palestinos, especialmente a los de Gaza. Los ataques de Hamás de octubre de 2023 terminaron de demonizar la Franja y a todos sus habitantes sin excepción a ojos de los israelíes: una tierra sin inocentes, una amenaza sin fin, extremistas que quieren la muerte de los judíos, salvajes que usan a sus propios hijos como escudos humanos, terroristas que han convertido la Franja en un hormiguero plagado de túneles para atacar Israel…
Esas ideas funestas sobre Gaza calan en la población israelí, incluso entre aquellas personas que creen que la ocupación debe terminar y que los palestinos tienen derecho un día a tener su propio Estado.
El mundo a través de una pantalla
La Gaza de estas líneas ya solo existe en el recuerdo. Recuperarla, si es que es posible, llevará años. ¿Cómo vivían los jóvenes de la Franja antes de 2023? Para la inmensa mayoría, su mundo se reducía a la línea recta de cuarenta kilómetros entre Beit Hanún, la localidad más al norte de Gaza, y Rafah, la ciudad más al sur. Sentir, a través de las pantallas de televisión o de los teléfonos móviles, el perfume de un mundo libre, fácil y lleno de posibilidades los ayudaba a evadirse, pero también los inundaba de frustración y de un profundo sentimiento de injusticia.
Más de un 40 % de los 2,2 millones de habitantes que se contaban en la Franja cuando empezó la guerra, en octubre de 2023, tenía menos de catorce años. Nacieron cuando el movimiento islamista Hamás ya gobernaba Gaza, sabían reconocer el zumbido de un F16 y el ruido de un cohete palestino que surca el cielo en dirección a Israel y todos habían perdido ya familiares o amigos de forma violenta en su corta vida. La mayoría no conocía el mundo, ni siquiera había podido ir a Jerusalén. Sentían miedo a menudo, mezclado con impotencia y una especie de letargo crónico. Muchos arrastraban traumas que se traducían en agresividad, hiperactividad y pesadillas, males del alma que llevan años siendo difíciles de atender en Gaza.
Farah, una chica de veinticinco años que usa velo, pantalones, no pone un pie en la calle sin maquillarse con esmero y no quiere ni oír la palabra matrimonio, ha salido de la Franja una vez en su vida, para ir a Egipto. El bloqueo y el peso de una tradición «fuerte» predicada por los dirigentes gazatíes la obligan a renunciar a actividades simples por el hecho de ser mujer. «Ir a ciertos cafés, andar en bici por la calle, conducir de noche o bailar en público en una boda, por ejemplo. No es que nadie me lo prohíba, sino que las miradas hacia mí me harían sentir muy incómoda».
«¿Sabes qué me gustaría hacer? Conducir y no parar, seguir y seguir en línea recta sin encontrarme con retenes militares, muros o barreras…», piensa en voz alta. Su sueño es imposible en una Franja donde hasta el mar está vigilado por las tropas israelíes. No hay escapatoria y todos los habitantes lo sienten. Hasta el aeropuerto de la Franja, construido con dinero europeo, fue bombardeado varias veces desde 2002 por Israel y nunca pudo reconstruirse.
Me he encontrado con Farah en el café Mazaj, en el centro de Gaza, un lugar de moda, que intenta imitar el estilo europeo y que, para nosotros, los periodistas, es perfecto para adentrarnos en la ficticia normalidad de los palestinos de la Franja. En el espacioso salón, prácticamente todas las mesas están ocupadas por grupos de jóvenes. Las chicas con las chicas y los chicos con los chicos, en la mayoría de los casos. Todos ellos se dan cita para tomar un refresco y charlar mientras están conectados a internet. En la Franja se necesitaba un wifi para navegar, ya que los teléfonos, debido a las restricciones israelíes, no superaban la conexión 2G.
En general, el ocio en Gaza era un lujo raro y prácticamente inexistente. Los jóvenes de Gaza necesitaban ser creativos para divertirse, asfixiados en ese territorio demasiado pequeño y en una sociedad cada día más islámica y hermética, en la que no había cines ni apenas espectáculos y todo se movía al ritmo de los enfrentamientos con Israel.
Hace años que los habitantes de la Franja no conocen sensaciones que en países como España son absolutamente normales. «¿Cómo es vivir con electricidad veinticuatro horas al día?». La pregunta de Bashar, un periodista gazatí de veintisiete años, me deja desarmada. «¿Qué se siente al tocar el interruptor a cualquier hora del día o de la noche y ver una luz que se enciende? ¿O tener un frigorífico que funciona y en el que se puede guardar comida? ¿O poder trabajar ante el ordenador con internet siempre que sea necesario y prácticamente en cualquier lugar?».
En los últimos diez años y durante semanas, Gaza tuvo por momentos cuatro horas de suministro eléctrico, seguidas de doce horas sin luz. La crisis, debida a razones de infraestructura, pero también políticas, marcaba la vida de familias, hospitales y organismos oficiales. En verano, el calor era insoportable y la comida se pudría en los frigoríficos silenciosos y desenchufados; en invierno, nunca había suficiente ropa en la cama y los niños y los ancianos pasaban los días y las noches con las manos y los pies fríos.
Cuando comenzaron los bombardeos israelíes en octubre de 2023, a la Franja se la privó totalmente de electricidad. Cargar un móvil o mantener con vida a un bebé prematuro en un hospital depende de paneles solares, de generadores portátiles y del combustible que entraba a cuentagotas en el territorio.
Un pueblo «secuestrado» y cinco raptores
«Hace unos veinticinco años, Gaza era un paraíso en el Mediterráneo», me dice tristemente en su oficina del centro de Gaza Omar Shaban, fundador del centro de reflexión Palthink. Es una de las voces más lúcidas, bien informadas e independientes de la Franja y las conversaciones con él ayudaban a entender qué se decía en las calles, si había más tensión de la normal o si se estaba cociendo algo políticamente… «Mira, la gente en Gaza solo quiere trabajar, recibir su salario, tener la oportunidad de viajar… ¡Abran las fronteras, dejen vivir a la gente!».
Pese a haber retirado sus colonias y sus tropas de Gaza en 2005, Israel sigue siendo, a ojos de la ley humanitaria internacional, la potencia ocupante de este enclave debido al férreo control que ejerce sobre sus habitantes y, por esta razón, tiene el deber de garantizar el bienestar de la población. Pero Israel justifica este bloqueo y aislamiento de la Franja argumentando que es la única manera de protegerse. Es decir, si limita los desplazamientos de la población, cree contener los ataques del núcleo más duro de Hamás, un argumento que quedó en la cuerda floja tras los atentados de Hamás de 2023. Y, por encima de todo, ¿dónde se sitúan los límites de la propia seguridad?
Dentro de la Franja, la violencia lleva años siendo cíclica, imparable y compleja. Las treguas que se han sucedido se parecían todas: precarias, improvisadas y políticamente convenientes. Una minúscula tirita en una enorme herida infectada. Con cada alto el fuego, el escenario se quedaba a oscuras, el público se iba y el mundo miraba hacia otro lado. Aunque la situación humanitaria seguía deteriorándose, la asfixia de las personas iba en aumento y la Franja se convertía en un pozo de miseria y desesperación. El sentimiento social de que ya no hay gran cosa que perder es un desolador y peligroso arsenal.
Con el paso de los años, los gazatíes fueron dejando de lado el lenguaje de las grandes causas: la libertad, el Estado palestino o la hermandad del mundo árabe… Se volvieron tan resilientes como pragmáticos.
«Somos un pueblo secuestrado por cinco raptores: Israel, el gobierno palestino de Abbas, Hamás, Estados Unidos y Egipto. No es fácil vivir secuestrados por tantos grupos, que ni siquiera están coordinados entre ellos», aseguraba, irónico, Shaban.
Hablar sin pelos en la lengua en Gaza también es complicado en una tierra de clanes, donde todo el mundo se conoce y desconfía del otro, pero los habitantes de la Franja comenzaron poco a poco a romper el silencio y a criticar abiertamente a sus dirigentes. La mayoría, sobre todo las generaciones más jóvenes, informadas y educadas pese al bloqueo en vigor, están tan hartas de Hamás como del gobierno de la Autoridad Nacional Palestina presidido por Mahmud Abbas, al que reprochan que «ha olvidado» a Gaza. Pero no han podido expresarlo porque en Gaza, Cisjordania y Jerusalén-Este no ha habido elecciones generales desde 2006.
Los amagos de reconciliación interna entre Hamás y la Autoridad de Abbas también se quedaron en el tintero. Hamás ha gobernado en solitario en Gaza y ha marginado a cualquier representante del gobierno de Ramala, aunque sean los únicos interlocutores de la comunidad internacional. En algunos momentos y para hacer presión a Hamás, el presidente palestino dejó de entregar temporalmente salarios a funcionarios, retrasó envíos de medicamentos que dependen de su gobierno y decidió no pagar a Israel por una parte de la electricidad que suministra a Gaza, lo que aumentó los problemas de suministro en la Franja.
Shaban hace un gesto de disgusto y lamenta que el gobierno de Abbas haya tratado a los habitantes de la Franja como «si fueran unos críos». «No creo que se pueda generar lealtad quitando a la gente lo más elemental», estima.
En los últimos años, la ayuda financiera de Catar, autorizada por Israel porque si no nunca habría entrado en Gaza, contribuyó también a pagar salarios, a indemnizar heridos, a reconstruir ciertas infraestructuras y sobre todo a calmar los ánimos. Al menos, aparentemente.
«Mírame. Míranos —me pide Anas, el joven herido en la frontera—. ¿Te parece que somos terroristas? No tenemos miedo. De todas formas, Israel ya nos lo ha quitado todo. No nos pueden matar porque ya estamos como muertos».
No olvido el gesto de rabia y fastidio de este joven encerrado, sin perspectivas de futuro y tullido de por vida, tomando refresco y té mirando el atardecer en el puerto de Gaza.
¿Dónde estará Anas hoy?
Las piedras del valle
«Israel decidió enviarnos al medievo y ahora somos una nación de mendigos. No podemos tratar nuestra agua, no tenemos electricidad, los israelíes controlan todo, hasta lo que comemos y cómo nos vestimos».
Raji Sourani nació en Gaza en 1953 y dirige el Centro Palestino para los Derechos Humanos en Gaza (PCHR, en inglés), una entidad respetada e independiente que lleva desde los años ochenta reclamando derechos que deberían ser de todos.
Lo ha pagado caro. Sourani ha pasado cinco años en cárceles israelíes acusado de actividades políticas sospechosas o simplemente en detención administrativa, una figura legal que permite a Israel mantener presos durante meses a palestinos sin exponer cargos concretos ni presentarlos ante un juez.
También ha estado en la lista negra de Hamás, ha recibido críticas de dirigentes de la Autoridad Palestina y durante casi una década no pudo salir de Gaza por falta de permisos, tanto israelíes como egipcios, lo que le impidió atender obligaciones internacionales en el seno de organizaciones como la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH). «Mi familia es de Gaza desde hace siglos y yo nací aquí, pero eso no vale nada. No tengo nacionalidad ni pasaporte, solo un documento de viaje que Israel me concede si así lo desea».
El jaleo callejero se cuela en su despacho del centro de Gaza. Escuchar la grabación de estas entrevistas, meses después, me devuelve a las caóticas calles de la Franja, a las que ya no se puede regresar, y me genera una profunda tristeza. La misma que transmitían ya entonces las palabras de Sourani. «Yo creo que nuestro proyecto nacional y nuestras aspiraciones están por ahora derrotados, aunque nuestra causa y nuestros sueños no lo estén, porque los palestinos nunca seremos buenas víctimas, como Israel quiere».
La oficina de este abogado era también una especie de burbuja donde no llegaban el islamismo extremo, el encierro forzado ni el desánimo generalizado. Numerosas mujeres trabajaban en el despacho; muchas de ellas atendían, con el cabello descubierto y vistiendo pantalones, a otras que venían a denunciar un maltrato o a pedir ayuda. Se sentían cómodas como si estuvieran en sus casas.
Es mediodía y de una oficina salen un «cumpleaños feliz» cantado en árabe, aplausos y risas. Sourani se levanta, entra un segundo a felicitar al trabajador y regresa, sonriente.
«Los conflictos progresan cuando la sociedad civil desaparece —repite este defensor de los derechos humanos—. Ha pasado en Siria, Irak, Libia o Yemen. Y en Gaza estamos llegando también a un punto crítico; nuestro espacio para trabajar e influir es cada día más pequeño», asegura, en una especie de premonición.
El siguiente encuentro con Sourani es en Madrid, en marzo del 2022. Ha venido a recoger un premio de derechos humanos, está sonriente y alegre porque siente que respira, pero se siente culpable. «No es que no me gusten la vida, la libertad y pasear, pero no me siento bien cuando estoy lejos de Gaza».
Sourani está desolado al ver el nuevo gobierno israelí, el más radical y ultraderechista de la historia del país, y pronuncia una frase que, al escucharla tan solo meses después, pone la piel de gallina. «Creo que estamos en vísperas de una gran explosión, de una confrontación masiva, en la que Gaza también prenderá fuego. Ojalá me equivoque, rezo para que así sea. A veces parece que hemos tocado fondo, pero siempre se puede estar un poco peor».
A principios de noviembre de 2023 y tras tres semanas de bombardeos israelíes sobre la Franja, Sourani lleva días sin responder a los mensajes de WhatsApp. Se ha negado a salir de su casa, situada según sus propias palabras «en medio del infierno», en pleno corazón de la ciudad de Gaza. No quiere desplazarse al sur, está convencido de que la orden dada por Israel para que la población vaya hacia esa zona para salvar la vida es mentira, de que la muerte puede llegar en cualquier momento y en cualquier lugar. Sus mensajes de audio ponen los pelos de punta. Su voz, bien templada, se escucha temblorosa y desesperada.
«Llevo varias noches sin dormir. Hoy salí de mi casa por primera vez en varios días y no reconocí mi ciudad ni me ubiqué en las calles. Caminé algunos minutos como un zombi. No daba crédito, la destrucción real está a años luz de la que imaginaba encerrado en mi hogar. Nunca pensé ser testigo de algo así. Pero seremos las piedras de este valle».
Días después, Sourani huyó de Gaza tras haber sobrevivido al bombardeo de su casa y convencido de que era un objetivo militar. Cruzó la frontera con Egipto gracias a la ayuda de amigos extranjeros y llegó a El Cairo. Deprimido con todo, decepcionado de sí mismo.
«Han ganado, porque me he ido, y mi voz ya no vale lo mismo aquí en El Cairo que en Gaza. Mi legitimidad, frente a los palestinos y frente al mundo, es mucho menor».
En enero de 2024, Sourani llegó a La Haya como parte de la delegación sudafricana que acusó a Israel de cometer «actos genocidas» en Gaza y pidió medidas cautelares para detener la agresión. Se sentó ante el tribunal como abogado que había ayudado a construir el caso, pero también como testigo.
Estaba exhausto, lleno de incertidumbre con respecto al futuro, pero convencido de estar viviendo un momento tan trágico como histórico. «Las pruebas son irrefutables: esto es un genocidio. Y genocidio no es solo matar a alguien, sino hacerle perder su identidad, que los palestinos dejen de existir como pueblo. En Gaza, pero también en Cisjordania y Jerusalén», decía días después, de nuevo en Madrid.
En varias semanas había envejecido varios años. Es un hombre hundido. Su agenda está llena de reuniones, pero en el fondo no tiene ningún plan, más allá de seguir haciendo presión ante autoridades, organizaciones internacionales para un alto el fuego y una rendición de cuentas de Israel y de sus dirigentes.
«Estamos en el lado bueno de la historia. Así lo creo. Y los palestinos de Gaza volverán a sus casas o a sus ruinas. Aunque sea a tiendas de campaña. Y yo también volveré».
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