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La importancia de alzar nuestra voz

20 de julio de 2025 - 8:00 am
Tras un crimen atroz y un juicio histórico, Caroline Darian, hija de Gisèle Pelicot, enfrenta la sombra de su padre, recuerda que las luchas colectivas salvan vidas y alza la voz por las víctimas de sumisión química en Y dejé de llamarte papá.
Caroline Darian y su madre, Gisèle Pelicot. Ilustración de Nicolás Consuegra.
Caroline Darian y su madre, Gisèle Pelicot. Intervención de Nicolás Consuegra.

La importancia de alzar nuestra voz

20 de julio de 2025
Tras un crimen atroz y un juicio histórico, Caroline Darian, hija de Gisèle Pelicot, enfrenta la sombra de su padre, recuerda que las luchas colectivas salvan vidas y alza la voz por las víctimas de sumisión química en Y dejé de llamarte papá.

El 2 de noviembre de 2020, Gisèle Pelicot recibe una llamada de la policía de Carpentras, al sur de Francia, en la que le cuentan que su esposo, Dominique Pelicot, había sido descubierto filmando bajo la falda de tres jóvenes en un supermercado. Pero eso no fue todo. La denuncia de estas mujeres, la inspección del celular del señor Pelicot, y una investigación de casi dos meses revelaron que, durante casi una década, su esposo la drogaba para que él y otros hombres que reclutaba en internet la violaran. Además de Dominique Pelicot, cincuenta hombres, entre los veintidós y los setenta y un años, fueron condenados por violación en 2024, en el histórico juicio que se prolongó durante cuatro meses en el tribunal de Aviñón.

Conocemos los detalles de esta historia porque Gisèle Pelicot se convirtió en un símbolo de la lucha contra la violencia de género y quiso que el proceso fuera público, con el fin de que la «vergüenza cambiara de bando» y de que estos temas pudieran sensibilizar a la opinión pública. Menos conocido es el drama de su hija, Caroline Darian, contado en el libro Y dejé de llamarte papá, publicado en Colombia por la editorial Seix Barral a inicios de este año.

Su testimonio, escrito en forma de diario, es el relato del trauma; de cómo «ser hija de la víctima e hija del agresor es una carga terrible»; y del duelo, porque, contrariamente a la imagen del «monstruo» que transmitió la prensa, su padre nunca mostró ningún indicio de ser un violador. El libro es una cruda narración del «doloroso desgarro entre mi necesidad de justicia, de verdad, y el amor que he podido sentir por él».

El diario empieza el 1 de noviembre de 2020, un día antes del «punto de inflexión», cuando Darian recibió la llamada de su madre contándole lo que la Policía había descubierto, y termina el 28 de noviembre de 2021, casi un año después de su primera audiencia en el juzgado de Aviñón. A lo largo de doscientas páginas, Darian intercala las entradas de su diario con los recuerdos de su padre, en los que aparece la imagen de un hombre bondadoso.

Su doble posición, tanto hija de la víctima como del agresor, le permite desacralizar la institución familiar y describir las tensas relaciones de poder que se dan al interior: «el equilibrio de una familia se ve sacudido hasta el fondo, no solo daña a la víctima directa, sino también a todas las personas que gravitan a su alrededor». Además, no solo nos recuerda que «la inmensa mayoría de las agresiones sexuales las cometen las personas cercanas a la víctima», sino que también nos habla de su propio drama: entre las fotos encontradas por la Policía hay unas en las que ella aparece desnuda. A pesar de que su padre negó haberla drogado y violado, ella está convencida de que también ha sido violada. Sin embargo, a diferencia de su madre, quien tenía unas pruebas irrefutables, ella, así como la mayoría de las víctimas, no las tiene. Por eso creó la asociación M’endors pas (No me duermo) y se ha convertido en la cara más visible de las víctimas de sumisión química en Francia.

La otra arista de su testimonio es igual de dolorosa. Se trata del paulatino distanciamiento de su madre, que nunca aceptó que su hija pudiese ser una de las víctimas de su exesposo, debido a la dominación que él siempre ejerció sobre ella, incluso después de conocer su modus operandi y las agresiones sexuales a las que había sido sometida. Un ejemplo de esta manipulación ocurre cuando su padre, ya en la cárcel, le escribe una carta a su madre y esta le cuenta a su hija: «Tu padre no está bien donde está. Lo está pasando mal, ¿sabes?, quizá haya hecho yo algo mal estos últimos años».

Esta dominación es resultado de una ambivalencia. El feminismo, a diferencia de otras luchas por la igualdad, es la única en donde hay una relación próxima, y, muchas veces, íntima con el opresor: el relato de Caroline Darian es la reafirmación constante de este dilema. El movimiento Me Too (Yo también), que en Francia no solo visibilizó casos de acoso y violación, sino de pedofilia e incesto, permitió que aquellos comportamientos, antes considerados banales o pertenecientes a la «esfera de lo íntimo», empezaran a ser vistos como producto de una enorme desigualdad. La revolución sexual de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, con la que las mujeres experimentaron una gran liberación sexual y entendieron que no estaban destinadas a procrear, no trajo consigo una mayor igualdad entre hombres y mujeres: la sexualidad sigue siendo uno de los lugares de la dominación masculina.

El relato de Caroline Darian, además de sensibilizar acerca del impacto de la sumisión química, es también un homenaje a los avances del movimiento feminista. Si no hubiera sido por la denuncia de las tres jóvenes, las violaciones habrían continuado. Así lo reconoce ella: «Mentalmente, doy las gracias a esas mujeres. Si no hubieran presentado una denuncia, las violaciones podrían haber durado mucho más tiempo, sobre todo entre dos periodos de confinamiento. A su manera, esas mujeres salvaron a mi madre. Hace falta mucho valor y resistencia para que las mujeres víctimas de delitos o agresiones sexuales se atrevan a cruzar las puertas de una comisaría. Sin ellas, la policía nunca habría tenido acceso al contenido del teléfono de mi padre».

Y aquí radica la importancia de alzar nuestra voz. Las mujeres denunciamos a nuestros agresores en la medida en que otras personas también lo hacen. Como todo proceso acumulativo, la lucha de las generaciones precedentes nos motiva, y motivará a las que vendrán. Y si además la denuncia genera un acto de reparación, es muy posible que otras mujeres se atrevan a contar sus historias. Solo alzando nuestra voz sacudiremos las estructuras de dominación que siguen obstaculizando el camino hacia la libertad.

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