El gesto de subrayar un libro —o de escribir en sus bordes, o de dejar un dibujo mínimo entre sus líneas— es casi tan antiguo como la lectura misma. Según la intención o el ánimo del lector, esas huellas reciben distintos nombres: pueden ser apuntes técnicos, marcas poéticas o señales de estudio. Pero marginalia es, quizá, el término más noble: así se designan los signos, notas, garabatos o subrayados que pueblan los márgenes de un volumen. Coleridge y Nabokov, por ejemplo, hicieron de sus anotaciones una poética secreta; y en Colombia, Nicolás Gómez Dávila llevó esa práctica al extremo: sus célebres escolios nacieron, casi literalmente, de los comentarios que escribía al margen de los libros que leía en la penumbra de su biblioteca.
En Gaceta queremos recuperar esa tradición. Durante los últimos meses hemos revisado nuestras propias estanterías para volver sobre lo anotado alguna vez en los márgenes de nuestros libros. No nos hemos limitado a las novedades ni a los hallazgos recientes: también hemos abierto volúmenes subrayados hace décadas, donde ciertas notas aguardaban a la manera de semillas dormidas entre las páginas, listas para reaparecer. Bajo la premisa de esta recuperación —esta pequeña arqueología de la lectura— adoptamos por emblema la antigua manicula: la mano diminuta con el índice extendido que, en los códices, señalaba lo que un lector consideraba imprescindible.
Los fragmentos que aquí rescatamos provienen, en buena medida, de la literatura y la cultura colombiana, aunque conviven con voces de otras geografías y otros tiempos. En esos bordes recuperados late un país, pero también la curiosidad universal por el gesto íntimo de un lector frente a cualquier página. Aparecen anécdotas jugosas, frases con chispa o juicios inesperados que, si bien parten de nuestra tradición, tienen la fuerza necesaria para trascenderla y abrirse a otros modos de entender lo que la lectura deja atrás.
La marginalia aparecerá a lo largo de toda la revista. No siempre dialogará con el texto que la acompaña: su lógica es la del polizón literario, la del fuego fatuo que ilumina una página desde el borde. Son interrupciones breves, una conversación paralela, una luz lateral que se filtra por entre las grietas de la lectura principal, acompañándola —a su manera— desde el principio hasta el final.
Sobre ser presidente de Colombia
Este cargo que yo tengo no es un puesto, sino una calamidad que cae encima de uno y lo va moliendo, hasta reducirlo al estado de bagazo en que saldrá de aquí.
—Carta de Eduardo Santos a Germán Arciniegas, 23 de junio de 1941.
La némesis de Manuel Mejía Vallejo
Con mi mujer, Vanna —que fue bautizada en la misma capilla florentina donde lo fue Dante—, y con mis hijos, Alejandro y Paolo, estuvimos todo un mes en la casa de campo de Manuel, en víspera de Navidad. Manuel quería vivir como en las fincas de su niñez, sin luz eléctrica ni agua caliente, y mi mujer, que venía de la cuna del arte y la civilización, se sentía incómoda. Y un día, con la franqueza que la caracteriza, le dijo:
—Manuel: usted no vive; acampa.
Inclusive mis hijos, demasiado ciudadanos y no acostumbrados a dormir junto a una arrulladora cascada, una mañana preguntaron si en las noches esa agua «no se podía apagar».
Solo más tarde, ya casado con Dora Luz, se empezaron a gozar en la finca las delicias de la luz eléctrica, mucho mejor para leer, la cocina no ahumada por la leña y el baño con agua caliente. Cuando llegamos nos presentaron a Pepito, un confianzudo pavo que habían comprado para sacrificar en Nochebuena y que, con gran tranquilidad, acabó parándose en la cabeza de mi mujer, seria y florentina.
Yo le expliqué a Manuel que no nos podíamos comer a Pepito, porque tenía nombre y, además, estaba viviendo con la familia. Era como comerse a un amigo. Que los pavos había que comprarlos en el supermercado, anónimos y desplumados.
Pero él quería primero emborracharlo y luego corretearlo, como hacían en su finca, porque —decía— así sabían mucho mejor. La idea del no sacrificio empezó a darle vueltas en la cabeza a Manuel y un día me dijo:
—Maistro: He estado pensando en lo de Pepito. Imagínate que me trajeron los primeros seis ejemplares de Soledumbres, mi libro de poesía y Pepito se encaramó en ellos y, con todo desprecio, se cagó en mi poesía. No es que me importe lo que piense Pepito de mis versos, pero van a pensar que matarlo fue una venganza contra un crítico exigente. Respeto a los críticos, aunque no esté muchas veces de acuerdo con ellos.
—En Gabo + 8, de Guillermo Angulo.
Cadillacs
Era costumbre, cuando el general Álvaro Obregón asumió la primera magistratura del país, que la General Motors le regalara al nuevo presidente un lujoso Cadillac último modelo. Así sucedió, naturalmente, en el caso de Obregón. Llegaron con un flamante vehículo, pero Obregón, lejos de agradecer el obsequio, montó en cólera y gritó:
—Pero ¿cómo se atreven ustedes a regalarle a un presidente un automóvil tan caro? ¿No ven que eso es soborno?
Un poco más calmado, Obregón agregó:
—Todavía, si ustedes le pusieran precio, aunque fuera bajo, la cosa sería distinta, porque entonces ya sería simplemente una venta.
El representante de la GM, comprendiendo, sonrió y volvió a insistir:
—Señor presidente, este Cadillac vale un peso, ¿quiere comprarlo?
—Como no —dijo Obregón—. ¡Deme tres…!
—En Nosotros, los mexicanos, de Aníbal Galindo.
Abogados
Frank Riley es el representante británico de una de las filiales de la United Fruit Company en Colombia. Hombre sangriligero, espiritual, jovial, gracioso, todo lo sabe aprovechar para sus donaires y burlas. Un día en que, como representante de la Magdalena Fruit Co daba una gran fiesta en su casa, al acercarse los criados con bandejas llenas de sándwiches y golosinas, seguidas por las que llevaban las alegres copas de cocktail y whisky, nos dijo a quienes formábamos un pequeño grupo donde se estaban contando chascarrillos: «Todo esto es robado. Aquí lo único que hay comprado son los abogados».
—En una columna de Luis Eduardo Nieto Caballero publicada en El Tiempo.
Noche de confidencias
Laureano Gómez es el tipo perfecto del arribista con talento, orador grandilocuente y político sin convicciones. Personalmente carece del sentimiento masculino del valor. No es que sea cobarde, sino que no tiene sensibilidad de macho. Hay que oírle a Carlos José Gaviria el relato de cierta escena, digna de Oscar Wilde. Habían comido juntos, Gómez, Francisco Carbonell, José Camacho y Gaviria, en casa de este. El anfitrión es generoso y la buena comida en compañía de gentes inteligentes predispone el ánimo a la expansión y la confidencia. Era noche de luna, propicia a las evocaciones amorosas. El arrullo de las palmeras acariciaba con música de selva los oídos y los ojos se recreaban con el espectáculo maravilloso del mar cercano y ululante. Camacho y Gaviria contaron regocijados y deshonestos cuentos de amor fácil, con la impúdica intención de llevar a su huésped, en correría nocturna, a caza del «eterno enemigo del hombre». Cuál no sería su indignación burlona cuando vieron y oyeron, asombrados, que su convidado se levantaba de su asiento y, con ademán tribunicio, sinceramente emocionado, con el corazón angustiado por el recuerdo lacerante de la bien amada ausente, les hacía con sugestiva elocuencia la descripción de cierto mancebo alemán, del cabaret El Dorado, de cuerpo apolíneo y cara preciosa, que en los ocios de las noches berlinesas servía de confidente a sus acres nostalgias de la patria y la política. Camacho y Gaviria se miraban sorprendidos, y la luna pudorosa se escondió tras una nube.
—En El parlamento en piyama, de Pedro Juan Navarro.
El Quijote y el telégrafo
Don Alejandro Ángel paraba con frecuencia yendo hacia Honda en una pensión en el corregimiento de Florencia, en el municipio de Samaná, Caldas, población cercana ya a Girardot, por donde llevaba mercancías al río Magdalena, donde los dueños de la posada recibían a don Alejandro como a un familiar de tanto verlo en sus correrías.
Un día Miguel Murillo, dueño de la pensión, le pidió a don Alejandro que llevara una muestra de tierra para analizar a Medellín, donde existía la Escuela de Minas que había sido establecida desde 1888, pues él tenía la sospecha de la existencia de oro en la zona. Don Alejandro lo hizo y, efectivamente, la muestra confirmó la suposición del posadero, pero esta información se la reservó Alejandro. Al tiempo, y varios viajes después, cuando el dueño de la tierra extrañado por el silencio volvió a preguntar por los resultados de la muestra, él les dijo no conocerla, pero le propuso hacer una sociedad para buscar oro en su finca, donde él pondría el capital para la maquinaria necesaria. El posadero, sin sospechar, aprovechó la oferta pues nada perdía. La mina empezó a operar en sociedad con el aporte de capital que don Alejandro hizo, y fue exitosa pues se explotaron vetas de muy buena calidad. Sin embargo, con el tiempo, sus socios se enteraron de lo sucedido y demandaron a don Alejandro por «enorme engaño».
Dicho pleito lo perdió don Alejandro, primero en la corte municipal y luego en la departamental, y, finalmente, ante la Corte Suprema de Justicia. Su defensa la llevaba Ñito Restrepo —Antonio José Restrepo—, político liberal, senador de la república, de reconocidos debates políticos con Guillermo Valencia y, además, espectacular coplero. A Ñito, don Alejandro le prometió proveerle todo el aguardiente y el tabaco que requiriera mientras permaneciera en Bogotá para atender su caso. Pero a pesar de tener tan prestigioso abogado, don Alejandro también perdió la instancia presentada ante la Corte Suprema, de lo cual se enteró estando en la ciudad de Medellín. Cuando supo del resultado negativo para sus intereses, corrió al telégrafo y allí ordenó telegrafiar el libro Don Quijote de La Mancha a Sonsón, y luego de haber establecida esta tarea —que buscaba tener ocupado el telégrafo a fin de que se evitara transmitir el fallo de la corte—, reventó tres caballos para llegar lo antes posible al pueblo. La ocupación del telégrafo había surtido el efecto pretendido: buscó a su socio que no conocía el resultado del fallo y lo convenció de que dicho pleito no los estaba llevando a ninguna parte y arregló con él.
—En La sombra del general, de Mónica Gómez.
Pasan cosas
Esta mañana, temprano, preparándome para ir al psiquiatra de nuevo, llegó tu paquete. Junto a él venía un certificado, atados ambos por una banda de goma. Abrí tu paquete y era tu libro. Abrí el otro sin siquiera mirar la dirección y era un envío de Bogotá que contenía una carta escueta, una relación de cuentas y un hatillo de páginas, en blanco, muchas páginas y en medio, pegados con sellotope, créeme, ¡unos miles de dólares! Busqué el destinatario y era un nombre que no podía ser suramericano y el remitente bogotano. ¿Qué puede ser? ¿Un plazo para pagar un hit-man surafricano? ¿Un cobro de coca vendida? No tengo la menor idea y mañana voy a poner todo el sobre en manos del correos. No de la policía porque sería una delación; pero sí devolverlo al cartero que cometió el error, ya que la dirección es al otro lado de Londres. Como ves, pasan cosas, pasan cosas.
—En una carta de Guillermo Cabrera Infante a Umberto Valverde, 6 de enero de 1982. Fue publicada en El Tiempo el 24 de enero de ese mismo mes.
Pistolas
El México de aquel tiempo era más pistolista que pistolero. Había un culto al revólver, un fetichismo de la «cuarenta y cinco». Los pistolones salían a relucir constantemente. Los candidatos a parlamentarios y los periódicos iniciaban campañas de «despistolización», pero luego comprendían que era más fácil extraerle un diente a un mexicano que su queridísima arma de fuego.
Una vez me festejaron los poetas con un paseo en una barca florida. En el lago de Xochimilco se juntaron quince o veinte bardos que me hicieron navegar entre las aguas y las flores, por los canales y vericuetos de aquel estero destinado a paseos florales desde el tiempo de los aztecas. La embarcación iba decorada con flores por todos lados, rebozante de figuras y colores espléndidos. Las manos de los mexicanos, como las de los chinos, son incapaces de crear nada feo, ya sea en piedra, en plata, en barro o en claveles.
Lo cierto es que uno de aquellos poetas se empeñó durante la travesía, después de numerosos tequilas y para rendirme deferente homenaje, en que yo disparara al cielo con su bella pistola, que en la empuñadura ostentaba signos de plata y oro. En seguida, el colega más cercano extrajo rápidamente la suya de una cartuchera y, llevado por el entusiasmo, dio un manotazo a la del primer oferente y me invitó a que hiciera los disparos con el arma de su propiedad. Al alboroto acudieron los demás rapsodas: cada uno desenfundó con decisión su pistola, y todos las enarbolaron alrededor de mi cabeza para que yo eligiera la suya y no la de los otros.
Aquel palio movedizo de pistolas, que se me cruzaban frente a la nariz o me pasaban bajo los sobacos, se tornaba cada vez más amenazante, hasta que se me ocurrió tomar un gran sombrero típico y recogerlas todas en su seno, tras pedírselas al batallón de poetas en nombre de la poesía y de la paz. Todos obedecieron, y de ese modo logré confiscarles las armas por varios días, guardándolas en mi casa. Pienso que he sido el único poeta en cuyo honor se ha compuesto una antología de pistolas.
—En Confieso que he vivido, de Pablo Neruda.
Puntada sin dedal
Mi padre era el mejor clarinete de la República Dominicana, dirigía la orquesta Santa Cecilia, pero también era sastre, y cosía a mucha velocidad. Llevaba el ritmo con la puntada, y silbaba la melodía. Cuando llegaba a la solapa del saco, retardaba la puntada, y yo le preguntaba: «¿Qué ritmo estás cosiendo, papá?». Y él me respondía: «Un bolero».
—En una entrevista a Johnny Pacheco, publicada en el portal Herencia Latina.
Beatriz González y las tejas Eternit
En mayo de 1942, en el municipio de Sibaté, la multinacional belga Eternit abrió su primera planta de producción. Durante décadas allí se fabricaron las tejas de fibrocemento, tristemente célebres por su relación directa con una enfermedad rara y silenciosa llamada asbestosis.
A partir de 1965, la boyante empresa premió anualmente a su clientela con la serie Melodías eternas, editada hasta 1990 por discográficas como Sonolux, Codiscos y CBS. La colección se caracterizó —además de sus antologías de «música brillante», músicas tropicales orquestales, tunas, coros y estrellas de la balada hispanohablante— por simular el color de las infames tejas en los vinilos y por las fundas de lujo en las que reprodujeron obras de artistas plásticos locales como Leopoldo Combariza Díaz, Roberto Angulo García, Jorge Herrera Pontón, Andrés de Santamaría, Libardo Parrado Oñate y Beatriz González. Esta última aportó Siga usted (1977), un acrílico sobre tela que adornó cubierta y contracubierta del volumen XIV (1979), cuyos surcos contienen algunos de los números más recordados en la programación de Melodía Estéreo, interpretados, entre otros, por Gunter Norris y su orquesta, The Manzano Dreamers, Aldemaro Romero y su Onda Nueva o la Electric Mood Orchestra de Pierre Spiers.
Es muy probable que para quienes ya superamos la cuarentena y media, nuestro primer asomo a la obra de la artista bumanguesa haya sido con este disquito promocional.
—Luis Daniel Vega
Producto estrella de exportación
Conferencia dictada en la Sorbona de París, a mediados del año 24, por el huraño y estrafalario don Pío Baroja. Se titulaba «Divagaciones de autocrítica» y estaba dirigida a los estudiantes de literatura española que a la sazón leían su novela Zalacaín el aventurero. Sabrosa conferencia, salpicada de anécdotas como de garbanzos un buen cocido madrileño, con apuntes y juicios urticantes sobre la generación anterior a la suya. Para él su generación no era la del 98, ni como ella se sentía prolongado y proyectado en las generaciones hispanoamericanas posteriores. Decía don Pío:
La verdad es que la gran genialidad española acabó en Goya. Después no hemos tenido más que hombres de segunda fila. Algunos esperan un refuerzo de la prolongación de España en América, es decir, de gran parte de la América Latina. Yo no lo espero. A pesar de las adulaciones interesadas de algunos escritores de aquí y de allá, creo que, con relación a la cultura, la América Latina actual no es nada, y que si llega a ser algo con el tiempo, cosa que no lo parece, su aportación, probablemente, no tendrá nada que ver con España ni con los demás países latinos de Europa.
En Madrid vi varias veces a don Pío asomado a la ventana de una clínica vecina de la calle de Maldonado donde yo vivía. Boina vasca a la cabeza, pesado abrigo que le quedaba grande y una barbita rala y entrecana. Se parecía cada día más a la caricatura que le hizo Bagaría. Pues este don Pío de la conferencia de 1924 en la Sorbona, cascarrabias, deslenguado y socarrón, era el mismo que cincuenta años después en una aldea a orillas del Bidasoa fue condecorado por mi amigo el embajador Gilberto Alzate Avendaño. Don Pío, cuando esto de la condecoración, pasaba el verano en una casa que tenía en aquel pueblo, rodeada de un jardín y por dentro tapizada de libros. Alzate llegó con su señora y una comitiva de diplomáticos hispanoamericanos que pasaban el verano en San Sebastián y deseaban conocer al viejo. Llevaba Alzate unas botellas de champaña para remojar la ceremonia que comenzó con un discurso, brillante y larguísimo como solían ser todos los suyos.
Don Pío se hallaba sentado en un sofá al lado de la embajadora de Colombia. Boína vasca en la cabeza, abrigo demasiado grande y pesado aunque fuera verano, una barbita rala y entrecana, era un Bagaría sentado. Al cabo de un rato y en mitad del discurso volvió don Pío Baroja a mirar a la embajadora y le preguntó:
—¿Quién es el señor que está hablando?
—El embajador de Colombia, don Pío.
—¿Y qué está haciendo en mi casa?
—Viene a condecorarlo con la Cruz de Boyacá que le ha concedido mi gobierno.
—¿Colombia, dice usted? Pues yo preferiría que en lugar de darme esa condecoración me regalaran unas libras de café.
Eduardo Caballero Calderón en Hablamientos y pensadurías.
Un dechado de defectos
A comienzos de los años cuarenta, el Centro de Cultura Femenina de Nuestra Señora de las Mercedes abrió la que sería la primera facultad de periodismo en Colombia. Apenas se enteró de la noticia, la periodista Emilia Pardo Umaña escribió una columna en la que —con dotes clarividentes— anticipó cuál sería el resultado de tan loable iniciativa. ¡Si alguien le hubiera parado bolas a la niña Emilia!
«La idea tendría el mayor de los éxitos, no lo dudo. Las muchachas acudirán a aprender periodismo, se matricularán, irán llenas de seriedad, escucharán técnicas, exposiciones y saldrán a los periódicos. Son mis rivales del futuro, y con las mejores perspectivas, porque ellas acudirán a estas redacciones nuestras muy estudiadas.
Pero… ¿servirán? ¿No sería mejor que las y los profesores del Centro se dieran una vuelta por las redacciones de nuestros diarios, a fin de que se convencieran de que el sistema de preparar gente para el periodismo en Colombia no da el menor resultado?…
El periodismo, en su esencia, consiste en tener todos los defectos inimaginables; al menos, si va a practicarse en Colombia. En realidad, el periodista —y la periodista, por lo tanto— ha de ser lo que se llama un dechado de defectos.
Y, ¿cómo es posible que se fomenten los defectos de las alumnas, a ciencia y conciencia de que sin ellos van a perder su carrera y con ellos cada día se volverán peores?…
Para triunfar en el periodismo, hay que tener desde el día del nacimiento un defecto esencial: la facultad crítica. Ver, mucho antes que la cualidad, el defecto; fijarse en él, sacarle punta y lanzarlo a la calle.
Hay que tener cierta facilidad para decir mentiras sin mentir nunca. Por ejemplo: todos los novios o personajes conspicuos que nos visitan son seres eminentes, letrados, hombres de trabajo, de una erudición a toda prueba, etc. Pero, al escribir tales cosas, el público debe tener la sensación inmediata y muy nítida de que eso son mentiras.
Hay que perder la noción del respeto, porque los superiores —es decir, el señor director, el gerente y el jefe de redacción, tres calamidades en todo periódico que se aprecie— no hacen otra cosa que dar a sus redactores los peores temas. Y si no se contesta en forma de diatriba tremenda, hay que escribir la nota.
No se puede olvidar que todo aquello que solicita se trate muy bien a un amigo del director, diciendo que es de interés nacional, no tiene ningún interés, y viceversa. Para saber si marcha bien la economía se toma un reportaje al ministro de la materia, se copia textualmente, no se le cree una palabra y luego se pregunta al público de la calle, que es el que sabe. Y entonces se comenta acremente lo que dijo el ministro…
El periodismo, pues, es un desorden cuidadoso y variado. Y un colegio es una disciplina seria y sin variaciones.
Deseamos el mejor éxito en sus estudios a las colegas del Colegio de Nuestra Señora de las Mercedes. El mejor éxito… y la peor memoria, porque si después se acuerdan de lo que aprendieron, no las colocan».
—Emilia Pardo Umaña En El Siglo, el 4 de abril de 1941.
Un fan fatal
Una noche terminé un recital en el teatro Metropolitano de Medellín, me fui al camerino y me estaba cambiando de traje cuando llegó mi hijo Alfredo con un grupo de amigos y amigas a saludarme y a invitarme a celebrar en un lugar nocturno.
Con ellos me fui y empezó la reunión muy normalmente. De improviso, uno de los contertulios que estaba frente a mí se quedó mirándome y me dijo:
–Maestro, muy lindas sus canciones y especialmente son lindas sus letras. Lo que usted dice en ellas es verdaderamente encantador, créame.
–Muchas gracias, es usted muy amable.
–Maestro, realmente yo no le había puesto cuidado a las letras, pero hoy quedé maravillado al escuchar las bonitas figuras literarias que usted tiene.
–Muchas gracias… (mi estupidez en estos casos es increíble). Me encanta que le gusten las letras de mis canciones.
–Bueno Maestro, yo lo felicito porque usted es un gran poeta. Todas sus letras encierran un enorme sentimiento; mejor dicho Maestro, su entierro va a ser algo muy lindo porque el pueblo va a estar presente con gran sentimiento.
Yo no sabía qué decir, estaba atónito, ¡estupefacto!
–Muchas gracias –le dije sin saber por qué.
–Sí, Maestro, su entierro va a ser algo grandioso. Yo soy especialista en entierros y me atrevo a asegurarle que el suyo va a ser mucho mejor que el del maestro Carlos Vieco. Me acuerdo que yo asistí a ese; fue algo nunca visto, pero el suyo, le aseguro, ¡va a ser mucho mejor!
Yo no daba crédito a mis castos oídos.
–Gracias, muchas gracias, no sabe usted cuánto le agradezco su opinión. Lástima que yo no pueda comparar el entierro mío con el del Maestro Vieco porque yo no asistí a ése.
–Pues mire Maestro, mañana mismo le voy a ordenar a mi secretaria que si yo estoy fuera de Medellín cuando usted se muera, ella me tiene que avisar para venirme inmediatamente porque yo no me puedo perder su entierro.
–Muchas gracias de nuevo por sus opiniones –y sin darme cuenta de mi estupidez agregué–: No tenga cuidado, que si su secretaria no le avisa lo de mi entierro, yo me encargo personalmente de avisarle. ¡Esté tranquilo!
En ese momento le trajeron a mi interlocutor el pollo asado que había pedido, y esa fue la única manera de dar por terminado tan macabro diálogo.
—En Mis canciones, de Jaime R. Echavarría.
El gringo de la gruta simbólica
Y aquí viene como anillo al dedo el relatar una de las más curiosas escenas que pasó en la Gruta con un americano. Andaba éste a eso de las diez de la noche buscando la Legación de los Estados Unidos, cuando tropezó con dos contertulios de la Gruta que a toda prisa iban un sábado para ella. Preguntoles en su lengua, porque la nuestra no la sabía, las señas de la legación, y uno de ellos, que hablaba la de Shakespeare, le dijo que siguiera con ellos, lo que hizo el gringo de buen grado, y cogieron con él para la Gruta. A estas horas precisamente estaba allí cierto socio leyendo una parte de un estudio sobre la decadencia y el simbolismo, que era un ataque en forma contra la nueva escuela de simbolistas criollos. Habíanle puesto al pequeño conferenciante una larga casaca de Reg [Rafael Espinosa Guzmán], de la cual le sobraba la mitad; lucía unos guantes blancos de este mismo dueño; se le había acomodado una larga y empolvada peluca a lo Luis XV, y se le había pintarrajeado el rostro, a fin de que apareciera con el aspecto de un viejo sabio, singular y huraño.
De súbito los pícaros socios entraron en la Gruta con el americano, y éste al ver al frente tan extraña panoplia y tan extravagantes símbolos, creyó estar en un antro de feroces comunistas o revolucionarios. Turbose todo y no sabía cómo huir. Calmáronlo un tanto, y por pronta medida le quitaron su magnífico bastón de empuñadura de oro. La sorpresa del pobre americano iba en aumento, hasta que al fin le dijeron que expresara con franqueza sus ideas. Hízolo así, y con viva emoción dijo, entre muchas otras cosas, que él era socia lista y que en Cuba pertenecía a una sociedad semejante a la nuestra. A más de que tartajeaba mucho, el miedo hacía más trémula y entrecortada su voz. Nombráronsele dos intérpretes, que maldito lo que sabían de inglés, y éstos por turno daban las más graciosas versiones del discurso del americano. Toda la Gruta resonaba con los aplausos y las carcajadas de los oyentes, lo cual le daba más brío al americano para seguir, hasta que, por último, se le llevó al punto en que la serpiente abría sus fauces para arrojar los brillantes topacios de su ron.
El tal americano era un corresponsal de cierto diario de Nueva York, y había venido de su país con el objeto de inquirir en el nuestro el estado de la guerra que azotaba a Colombia. Se daban pasos para la separación de Panamá. Más tarde publicó en aquella ciudad una tétrica relación de lo que le había acontecido en Bogotá con una sociedad de bandidos. Estaba de cónsul en Nueva York Eduardo Espinosa Guzmán, hermano de Reg, y él hizo una festiva publicación en que descubrió cómo la sociedad de facinerosos en donde el corresponsal americano había estado, con tanto peligro de su vida, era una mera tertulia de risueños literatos.
—En La Gruta Simbólica y Reminiscencias del ingenio y la bohemia en Bogotá, de J. V. Ortega y «El Jetón» Ferro.