ETAPA 3 | Televisión

Napalm Death 1997: historia de un concierto fallido 

9 de octubre de 2025 - 1:35 pm
Este 12 de octubre, la agrupación inglesa, pilar del grindcore y death metal, se presenta en el festival Altavoz, 28 años después de ese concierto cancelado de 1997. Su regreso cierra una herida abierta en la audiencia del metal extremo en Medellín.
La agrupación inglesa Napalm Death es un pilar del grindcore y death metal. Foto tomada del Bandcamp de la banda.
La agrupación inglesa Napalm Death es un pilar del grindcore y death metal. Foto tomada del Bandcamp de la banda.

Napalm Death 1997: historia de un concierto fallido 

9 de octubre de 2025
Este 12 de octubre, la agrupación inglesa, pilar del grindcore y death metal, se presenta en el festival Altavoz, 28 años después de ese concierto cancelado de 1997. Su regreso cierra una herida abierta en la audiencia del metal extremo en Medellín.

Aunque tenía dieciocho años, todavía era un niño. Físicamente era un chiquillo enjuto y desgarbado, una descripción que, curiosamente, no ha variado demasiado hasta el día de hoy. En mis manos llevaba, como un tesoro recién descubierto, una contraseña a medio estrenar. Junto con la emoción y el miedo de que, por mi juventud, no me dejaran entrar, llegué a la plaza de toros.

Afuera de la Macarena se dejaban ver cientos de camisetas negras con logos ilegibles y la noche olía a chalecos empapados en sudor. No era la típica brisa fría de la montaña, era ese aroma de la multitud y que años después se volvería inconfundible: un dulzor a marihuana, ropa viraguada y mucha expectativa. Era octubre de 1997 y Medellín iba a ver, por fin, a Napalm Death. 

Esa era la promesa. Grindcore puro e implacable estaba a punto de pisar este suelo, con una ferocidad que ninguna otra banda había logrado replicar, en una ciudad que, pese a su espíritu roquero y underground, seguía siendo, por mucho, la tierra más goda de Colombia.

A finales de los noventa, Medellín cargaba no solo con ese letargo interminable de la guerra contra el narcotráfico, sino que miraba con desconfianza a todo aquel que escuchara músicas más extremas. Ya bastante daño habían hecho las personas mayores de la época, al señalar a esos jóvenes de «satánicos», «viciosos» y «sospechosos por defecto». Así que, ante este ecosistema de prejuicio y represión cultural, que llegara Napalm Death era casi un milagro.

En 1997 la banda inglesa estaba de gira con Inside the Torn Apart, un álbum en el que su brutalidad clásica se mezclaba con una experimentación mucho más pulida. Sin embargo, para estas tierras, en las que poco o nada lograba cruzar las montañas, Harmony Corruption de 1990 era la gran novedad. Esto era un reflejo de la brecha temporal que marcaba el acceso a la música internacional en la época, donde la información y la distribución de material fonográfico eran absolutamente precarias. Por eso, la visita de Napalm Death, más allá de la promoción de su último trabajo, simbolizaba una apertura, un puente hacia un mundo musical que, para muchos jóvenes, solo existía en casetes piratas y fanzines mal impresos. Frente a esto, el realismo de un Zurbarán queda muy por debajo de nuestra cotidianidad.

La ansiedad se apoderó de mí esa tarde. Con la boleta comprada, una cámara Kodak Star 110 y una copia del Scum en mis manos, me dirigí hacia El paseo de la Playa, un pasaje comercial en el centro de Medellín. Según me habían contado, allí estaría la banda firmando discos y conversando con la gente. A medida que avanzaba hacia el lugar, me atragantaba cada vez más, anticipando el momento de compartir unas palabras y llevarme un recuerdo tangible de ese día.

Desde afuera de la popular tienda de discos, a través del escaparate cubierto de afiches y discos, se veía la imponente figura de «el hongo», el mismísimo Shane Embury, uno de esos pocos ídolos que he tenido y que han trascendido a lo largo del tiempo. Verlo allí, tan cerca, en la intimidad de aquel lugar, era un privilegio que solo unos cuantos afortunados estábamos experimentando. 

Con la parquedad que me caracteriza y mi timidez acostumbrada, emprendí la tarea de practicar en silencio lo que le iba a decir en esos pocos minutos de interacción. Como ya lo dije, llevaba mi copia del Scum en la mano, pero no quería que lo firmaran. Nunca he sido un apasionado de los rayones ni marcas en los objetos, ni siquiera si son autógrafos. Así que parte de esa corta conversación, lo sabía, debía implicar la explicación de por qué había cargado el disco hasta allí, y aun así, no quería que le pusieran sus nombres encima. 

Después de interminables minutos de interacciones imaginarias, en los que mi mente repasaba una y otra vez cada posible escenario, finalmente tomé la decisión de entrar. Mi intención era clara, expresarles la profunda admiración que sentía y, por supuesto, mostrarles mi disco, tesoro personal que representaba mi escucha devota. 

Hablar de Scum es hablar de una piedra angular en la trayectoria de Napalm Death y del grindcore en general. Ese disco, con su sonido crudo y caótico, definió los límites de la música extrema. Grabado en dos sesiones con alineaciones distintas, muestra una velocidad demencial con canciones que apenas duran segundos y una rabia política que hablaba de corporaciones, explotación y deshumanización. En apenas 33 minutos y ventiocho canciones —incluyendo el himno mínimo «You Suffer», de 1.316 segundos— Napalm Death no solo creó el grindcore, inauguró una estética sonora y conceptual que influyó en miles de bandas y abrió la puerta a futuros proyectos de sus miembros en Godflesh, Scorn o Cathedral. 

Luego llegó From Enslavement to Obliteration, que llevó esa furia todavía más lejos, con canciones cortísimas que parecían burlarse de cualquier estructura convencional. Con Harmony Corruption, Napalm Death se alejó un poco de ese concepto grindcore y dio un giro hacia el death metal, sin perder la esencia, pero sumando un filo más técnico y brutal que amplió sus horizontes. Esos tres discos son, en buena medida, la trinidad sagrada del grindcore: caos, furia y evolución. Tener uno de ellos en las manos en la década de los noventa era como sostener un manifiesto, un pasaporte a una comunidad que existía mucho antes de que las redes nos conectaran.

Por eso mi plan iba más allá de la mera exhibición. También quería intercambiar un par de palabras y tomarme un par de fotos. Así que me acerqué a ellos y les hablé en ese inglés chapucero que podía ofrecer. No fue mi mejor intercambio de palabras, pero pude expresarles mi admiración y concluir mi breve disertación con la pregunta que había estado rondando en mi cabeza: «¿Sería posible tomarme una foto con ustedes?».

No mencioné nada de autógrafos. Como lo dije, las firmas siempre son secundarias, casi al punto de ser irrelevantes frente a lo que yo llamo interacciones genuinas. Además, ellos no lo sugirieron tampoco, lo cual me alivió y permitió que la atención se centrara únicamente en la fotografía. Así que cuando nos preparábamos para posar, uno de ellos tuvo la genial idea de levantar el disco y así lo hicimos. Ese día, en ese preciso instante, sonreí para la foto. No fue la sonrisa forzada que a menudo acompaña los eventos sociales, ni la mueca habitual que uno adopta frente a una cámara. No, ese día, realmente sonreí para una foto. 

Llegó la hora del concierto y el bullicio de la multitud ya era palpable. Allí, me encontré a un par de amigos del colegio y junto a ellos comencé a hacer la fila para el ingreso. Desde el comienzo algo se sentía extraño, el tiempo pasaba y la fila no avanzaba. Estábamos estáticos en el mismo sitio, y de un momento a otro, la impaciencia se empezó a apoderar de todos los que nos rodeaban. ¿Qué pasaba? ¿Por qué no ingresaba nadie? Las preguntas surgían en voz baja entre la gente, la frustración comenzaba a apoderarse de la multitud. La espera se hacía insoportable y la incertidumbre empezaba a teñir lo que prometía ser una noche inolvidable.

La incertidumbre fue creciendo. Entre los asistentes, las preguntas hacia la gente de logística pasaron de la curiosidad al reclamo abierto. El concierto se estaba retrasando, no se daba ingreso y nadie sabía por qué. De un momento a otro, comenzaron a llegar rumores: señoras de la alta sociedad habían pedido al muy cuestionado alcalde de entonces, Sergio Naranjo, que suspendiera el evento. También se hablaba de miembros de «tradición, familia y propiedad» involucrados en la situación. Otros decían que la hermana del exalcalde Juan Gómez Martínez, en ese momento directora de El Colombiano, había movido hilos. En fin, la especulación no paraba, las teorías se multiplicaban, pero todas apuntaban hacia el mismo costado: el ala conservadora y tradicionalista de este país, esa élite que desde siempre ha querido que se hagan las cosas a su manera.

La hora del concierto llegó y todos seguíamos varados en la fila. La gente, además de enojada, estaba cansada de no saber nada con certeza. Finalmente, empezó a circular una versión «oficial»: la productora no había tramitado los permisos necesarios. Puede ser cierto. Con los años me ha tocado organizar varios eventos de este tipo, y sé lo angustiante que resulta llegar a último minuto sin todos los documentos firmados. La burocracia en Colombia para sacar adelante un espectáculo público, es un laberinto interminable. Cualquiera se siente como Josef K, atrapado en trámites que nadie explica. Por eso, no es descabellado pensar que una productora nueva estuviera naufragando en ese pantano.

La versión oficial, entonces, fue simple: no había permisos. Las autoridades aseguraron que los organizadores nunca terminaron de recoger los papeles necesarios y que la seguridad no estaba garantizada. Resultado: puertas cerradas. Aquella noche, sin embargo, nadie quería creer que el freno viniera solo del papeleo. Era más fácil pensar en la mano invisible de los de siempre, moviendo las piezas para que Medellín no se contaminara con tanto ruido y tanto pecado. 

En cuestión de segundos, la tensión, la impaciencia y la incredulidad se tradujeron en rabia, y los desmanes no se hicieron esperar. Botellas estallando contra el pavimento, gritos y vandalismo sin dirección. Un caos afuera de la Macarena como nunca había presenciado. En un momento ocurrió lo más insólito: la estatua en homenaje a Pepe Cáceres fue derribada y arrojada sin clemencia a las aguas del río Aburrá-Medellín. Cuenta la historia que la cabeza de la escultura apareció días después en el sector de Barrio Triste, como un trofeo macabro de una noche que terminó siendo recordada más por la furia que por la música.

Un par de días pasaron y la televisión seguía machacando la misma noticia, el «desmadre» que, según decían, habían provocado cientos de metaleros en la Macarena. Las pantallas repetían imágenes de caos y vandalismo, sin detenerse un segundo en el dolor y la frustración que había detrás. Tampoco se hablaba de los intereses ocultos que seguramente habían movido los hilos para sabotear el concierto. En cambio, se insistía en un libreto ya conocido, señalar a los jóvenes como violentos e irresponsables, reduciendo todo a un estigma conveniente.

En medio de ese eco mediático enzorrador, el dolor que sentía no se iba. Sin embargo, me quedaba una pequeña satisfacción, haber hablado con ellos y una foto que lo atestiguara. Por esa razón, me dirigí hacia Magifoto, el pequeño local donde se revelaban los rollos, ansioso por tener en mis manos la prueba tangible de aquel encuentro. Pero la vida, tan dada a la ironía cruel, me tenía preparada otra estocada. El dependiente, con ojos de disculpa, me lo dijo en voz baja, como si buscara amortiguar el golpe: «El rollo se veló. Ninguna foto salió». La frase se me vino encima como una ola gigante, arrasando con la última pizca de consuelo que guardaba. 

La tragedia no paró ahí. Vinieron luego los enredos para la devolución del dinero, meses de espera, promesas incumplidas y, al final, apenas una parte de lo pagado.  Recuerdo que nos hicieron ir a un pasaje comercial en donde nos entregaron dos casetes malísimos de bandas locales, buscando una compensación que nunca iba a llegar. Ese gesto fue, quizás, el último acto de Clinic, la productora que se embarcó en esta fallida empresa.

Tiempo después supe que la fecha en Bogotá sí se realizó. Allí fue un concierto más de los que a diario suceden en la capital. Para Napalm Death, Medellín-1997 quedó archivado como una anécdota: el show que el gobierno de turno canceló y en el que la gente se enojó. Para nosotros, los que lo vivimos, fue un hito fantasma, un concierto fallido que nos marcó más que muchos que sí ocurrieron. 

Hoy sé que ese concierto fallido de Napalm Death se convirtió en parte de la mitología local. Blogs y fanzines han mantenido vivo el recuerdo, narrándolo como una de tantas leyendas urbanas. En cada versión cambia un detalle, pero el núcleo sigue siendo el mismo. Es por eso que este 12 de octubre, celebraré el día de la raza, cumpliéndole la cita pendiente a Napalm Death y a ese chiquillo de dieciocho años. 

Estoy seguro de que ese día también hará presencia cierta franja etaria que, de una u otra forma, compartió conmigo el peso de aquella noche frustrada. Será un concierto en el que, juntos, recibiremos por fin ese sosiego que llevamos aguardando durante veintiocho años. Un día en el que recordaremos esa noche sin blast beats ni voces guturales en vivo, pero marcada por un recordatorio brutal: lo difícil que era abrirle espacio a una escena estrecha y asediada, el metal en los años noventa.

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