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La huella de Pepe Mujica o cómo hacer política con sueños y flores

18 de mayo de 2025 - 9:24 am
El expresidente del Uruguay murió el pasado martes 13 de mayo a los 89 años. Su despedida fue una de las más convocantes de la historia del país. Su legado no tiene que ver con la política, sino con la forma de entenderla. Su forma de pensar, de vivir y de comunicarse hicieron que trascendiera las fronteras y lo convirtieron en un hombre al que todos, en todas partes, querían escuchar.
Pepe Mujica murió el martes 13 de mayo de 2025, a los 89 años.
Pepe Mujica murió el martes 13 de mayo de 2025, a los 89 años. Foto tomada de Señal Colombia.

La huella de Pepe Mujica o cómo hacer política con sueños y flores

18 de mayo de 2025
El expresidente del Uruguay murió el pasado martes 13 de mayo a los 89 años. Su despedida fue una de las más convocantes de la historia del país. Su legado no tiene que ver con la política, sino con la forma de entenderla. Su forma de pensar, de vivir y de comunicarse hicieron que trascendiera las fronteras y lo convirtieron en un hombre al que todos, en todas partes, querían escuchar.

Entre las anécdotas, las despedidas y los textos, los programas especiales, las fotografías, los carteles y los cantos, el llanto, la tristeza y los abrazos, las banderas y los recuerdos, hay una historia.

Era 1958 y José Alberto «Pepe» Mujica Cordano trabajaba cultivando flores en la chacra de su familia, en Paso de la Arena, un barrio alejado del centro de Montevideo. Mujica tenía 23 años y acababa de comprar una moto para repartir el cultivo. Ya era un joven con algunas ideas claras. Creía, por ejemplo, en el respeto hacia la naturaleza, en la solidaridad como valor supremo, en la comunidad. Hacía un tiempo su madre, militante del Partido Nacional, uno de los bandos de la derecha tradicional del Uruguay, le había presentado a Enrique Erro, un diputado nacionalista que defendía, por sobre todas las cosas y ampliando los bordes de su partido, los derechos de los trabajadores. Aunque Mujica se decía de izquierda, encontró en Erro a un primer referente y empezó a militar con él. Nada de esto importaría demasiado si no fuese porque en esa campaña Mujica anduvo tanto, hizo tantos kilómetros de militancia en la moto de las flores que terminó por fundirle el motor.

Así —hasta fundir motores— vivió la vida Pepe Mujica, último líder de la izquierda uruguaya, uno de los políticos más importantes de la historia latinoamericana, el hombre que fue guerrillero, diputado, senador, ministro y presidente de la República, el de las ideas y las contradicciones, el de las utopías y los sueños, el cultivador de flores, el de la perra de tres patas, el del campo, el esposo de Lucía, el que un día dijo:

«Esto que se llama vida, todas las formas de vida, hay que cuidarlas. Es hermosa la vida. ¿Sabés por qué? Porque la vida es sentimiento, se sienten cosas. (…) Y por eso hay que amar y vivir con intensidad. Gozar de la vida. Gozar de los colores, de los sentimientos, de la esperanza. Sufrir la frustración, doler, amar y llorar, sacudir la piel, sentir nervio, hambre, frío, esperanza. La vida es la diferencia a lo inerte».

En la despedida de Pepe Mujica, escribe Soledad Gago, «hubo lágrimas, abrazos, besos, carteles, rezos, banderas, hubo políticos, militantes, oposición, hubo Lula y Gabriel Boric y Axel Kicillof, hubo poemas, canciones y flores».
En la despedida de Pepe Mujica, escribe Soledad Gago, «hubo lágrimas, abrazos, besos, carteles, rezos, banderas, hubo políticos, militantes, oposición, hubo Lula y Gabriel Boric y Axel Kicillof, hubo poemas, canciones y flores». Foto de Ricardo Stuckert / PR.

El martes 13 de mayo, cerca de las cinco de la tarde, el Frente Amplio hizo el anuncio oficial: murió José Mujica. El expresidente del Uruguay había sido diagnosticado de un cáncer de esófago en abril de 2024, se había sometido a un tratamiento de radioterapia que le debilitó la salud y en el último tiempo había estado bajo cuidados paliativos en la chacra de Rincón del Cerro, en las afueras de Montevideo, en la que vivía con Lucía Topolansky —exsenadora y vicepresidenta de la República— su esposa.

Entonces se activaron los protocolos, los homenajes, las despedidas. El gobierno —que pertenece no solo al Frente Amplio, sino al MPP, el sector fundado por Mujica a comienzos de los años setenta— decretó tres días de duelo nacional, hubo un cortejo de miles de personas que caminaron detrás suyo por distintas zonas de Montevideo y un velorio a puertas abiertas en el Palacio Legislativo.

Durante el miércoles y el jueves miles de personas se acercaron a despedirlo. No hay un número exacto, pero desde el Parlamento hablan de unas cien mil personas. Las puertas del Palacio Legislativo permanecieron abiertas desde las tres de la tarde y hasta la media noche. Al otro día se abrieron a las diez de la mañana.

Hubo lágrimas, abrazos, besos, carteles, rezos, banderas, hubo políticos, militantes, oposición, hubo Lula y Gabriel Boric y Axel Kicillof, hubo poemas, canciones y flores. Sobre todo, hubo flores. A sus pies, su pueblo —al que defendió, por el que luchó, al que le dijo, el último día de su presidencia, «me iré con el último aliento, y donde esté, estaré por ti, estaré contigo, porque es la forma superior de estar con la vida»— lo llenó de flores.

La despedida de Mujica fue, tal vez, una de las más masivas en la historia reciente del Uruguay. Ninguna muerte —tal vez— había generado el movimiento, la congoja, la angustia y el llanto colectivo que provocó la suya. Porque ninguna vida fue como la suya. Porque ninguna historia es como la suya.

No hay otro político del Uruguay que se haya transformado en una referencia social y cultural, en un líder reconocido —y escuchado— en todo el mundo.  En un país sin estrellas —más allá de algún futbolista y del actor Enzo Vogrincic— Pepe Mujica no fue solamente un hombre de política. Fue, en sus luces y en sus sombras, un ícono popular, una figura a mitad de camino entre viejo sabio y estrella de rock.

Pepe Mujica fue presidente de Uruguay entre 2010 y 2015.
Pepe Mujica fue presidente de Uruguay entre 2010 y 2015. Foto de Ángel Camarano.

Si hubiese que trazar una línea, ir hacia atrás y buscar los antecedentes que llevaron al momento en el que la figura de José Mujica empezó a constituirse, a tomar forma, podrían enumerarse algunas cosas: la influencia de su madre, una militante convencida del Partido Nacional que luchó por varias causas, como la aprobación del voto femenino; los años en los que estudió en un liceo público y aprendió sobre sindicatos, huelgas y derechos; los libros de la biblioteca de la Facultad de Humanidades a la que iba como oyente y en los que leyó sobre socialismo, comunismo, anarquismo, marxismo; la influencia y militancia con Enrique Erro; un viaje a Cuba, el Che Guevara y el triunfo de la revolución; un viaje a la Unión Soviética, la Guerra Fría y la polarización del mundo; el Uruguay de los sesenta; la crisis económica por la caída de precios de las exportaciones; la inflación, el desempleo, la pobreza, el descontento, la desilusión, las movilizaciones estudiantiles y obreras, la represión del Estado, la violencia, la convicción de que la única manera de cambiar la realidad era la lucha armada.

Ese es el comienzo: el momento en el que Mujica, junto a obreros, estudiantes y representantes sindicales crearon el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN), un grupo guerrillero inspirado en la Revolución Cubana que creyó que para que algo cambiara la acción tenía que ser radical. Robaron, asaltaron, secuestraron, asesinaron, operaron en secreto, tuvieron utopías, creyeron en un mundo más justo, más igual, quisieron cambiarlo, fueron perseguidos, encarcelados, desaparecidos, torturados, exiliados, asesinados.

A él lo atraparon en 1972. Un año después el presidente Juan María Bordaberry disolvió el parlamento y los militares tomaron el poder.  Mujica estuvo preso durante doce años. Fue torturado, mental y físicamente. Recuperó la libertad en 1985, con el regreso de la democracia.

De ese tiempo vinieron sus sueños. Y aunque cambió las formas —incluso las cuestionó públicamente, fue autocrítico— cuando en 2010 asumió como presidente de la República, persiguió el mismo norte.

Por ejemplo: creó el Plan Juntos, un programa que buscaba facilitar el acceso a la vivienda a personas en situación de pobreza y vulnerabilidad, que era financiado por el Estado y por capitales privados. A ese programa Mujica donaba el setenta por ciento de su sueldo; siguió viviendo en la misma chacra en la que vivía; creó, durante su gobierno, la Universidad Tecnológica, (UTEC), para garantizar el acceso a la educación terciaria en el interior del país; aprobó la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, que despenaliza los abortos realizados antes de las doce semanas de gestación; en la misma línea aprobó el matrimonio entre personas del mismo género y legalizó la producción, distribución y consumo de marihuana; recibió a expresidiarios de la cárcel de Guantánamo en calidad de refugiados e hizo lo mismo con familias sirias.

Su gobierno estuvo marcado, además, por un crecimiento económico ayudado por el contexto internacional favorable, redujo la pobreza y el desempleo.

Tampoco estuvo exento de polémicas.

El cierre de la aerolínea estatal Pluna por ejemplo, que terminó en un juicio al Estado uruguayo por parte de accionistas y el procesamiento del entonces ministro de Economía y Finanzas, Fernando Lorenzo, y del expresidente del Banco República Fernando Calloia; la no concreción del proyecto Aratirí,  un complejo minero con un puerto de aguas profundas en el departamento que iba a permitir extraer y exportar mineral de hierro; o no haber conseguido una reforma profunda de la educación del país le valieron críticas de propios y ajenos.

Sin embargo, el legado de Mujica no tiene que ver con su gobierno, que, según Mauro Casas, politólogo, fue «absolutamente normal, un gobierno más». La marca de Mujica en la política y en la cultura uruguaya tiene que ver con que, en el encuentro y en el desencuentro, logró que todos lo escucharan.

Gonzalo Puig, politólogo, lo sintetiza así: «Mujica en su faceta de político, luego de un pasaje por la guerrilla y sobre todo la prisión ha sido un referente del pragmatismo pero sobre todo de la búsqueda de acuerdos. En su legado como senador, presidente y sobre todo como expresidente, a Mujica se lo veía en una incansable búsqueda de tender puentes, tanto para políticas concretas como en defensa de la democracia. Esta imagen, que muchas veces pecó de parecerse más a un filósofo que a un estadista, debe ser transmitida. Las futuras generaciones de militantes tienen que poder reconocer esta actitud, más allá de las preferencias políticas, se trata de la forma de hacer política».

A nivel internacional, Mujica no solo fue el político que puso a Uruguay en el mundo como nunca antes —«En la ciudad de Valencia en el año 2020, una multitud hace cola durante horas para escuchar a José Mujica. En el año 2016, más de veinte mil personas —en su mayoría jóvenes— se reúnen en el estadio Gasmart de Tijuana (México) para escuchar a Mujica. Libros para niños con Mujica como protagonista posan en las estanterías de las librerías de Japón. Desde sus conversaciones con Noam Chomsky y Yuval Harari hasta ser parte de la letra de un rap en Chile, pasando por un congreso de filosofía en España o un programa emitido en la televisión turca», repasa el libro José Mujica, otros mundos posibles (Planeta, 2024), coordinado por el historiador Gerardo Caetano— sino que también fue un pensador y un orador escuchado, buscado, admirado.

«No solo Uruguay, sino también el mundo, se queda sin uno de los grandes pensadores y últimos de este tiempo», dice Mauro Casas.

Eso se repetía entre quienes, el miércoles 14 de mayo, caminaban despacio en la caravana que recorría Montevideo para despedirlo. Decían: sin su presencia faltará la sensatez, la lucidez, la reflexión, la palabra sencilla, la palabra justa. No habrá quien hable de sueños, de mundos mejores, del amor, de las flores. No habrá quien diga que no se vive de nostalgia, sino de porvenir, que la vida es hermosa, que los únicos derrotados son los que bajan los brazos.

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