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Historia de un bastón

17 de julio de 2025 - 1:32 pm
El bastón de palabrero wayuu que recibió en 2005 simboliza la relación profunda de García Márquez con La Guajira. Este ensayo hace parte de Todo se sabe: el cuento de la creación de Gabo, expuesta en la Biblioteca Nacional hasta el 2 de agosto.
Todo se sabe

Historia de un bastón

17 de julio de 2025
El bastón de palabrero wayuu que recibió en 2005 simboliza la relación profunda de García Márquez con La Guajira. Este ensayo hace parte de Todo se sabe: el cuento de la creación de Gabo, expuesta en la Biblioteca Nacional hasta el 2 de agosto.

En los primeros días del mes de febrero de 2006, el escritor Gabriel García Márquez asistió en Cartagena a un homenaje que le ofreció el Observatorio del Caribe Colombiano (OCC). El escritor era el presidente honorario de ese centro de investigación regional. Su constante y oportuno respaldo había contribuido a mantener la estabilidad financiera de dicha entidad. Meses atrás, ante una situación que ponía en riesgo su continuidad, García Márquez había enviado una misiva al alto Gobierno de Colombia en la que exaltaba la labor del OCC y reconocía su contribución a la academia y a la cultura de la región Caribe. La carta del premio nobel era tan breve como contundente y finalizaba con una frase lapidaria: «lo cierto es que el Observatorio no requiere ayuda, lo que necesita es plata».

Como muestra pública de gratitud, los directivos de ese centro de investigación prepararon un homenaje a su presidente honorario, en el que participaron destacadas figuras de la literatura, la música y el periodismo de la región y del país. Surgió, sin embargo, un interrogante en los círculos del Observatorio: ¿cómo hacer ese reconocimiento a la trayectoria fulgurante de Gabo como escritor y hombre caribe sin incurrir en estereotipos predecibles e intrascendentes?

El año anterior, en 2005, se había declarado como bien de interés cultural de la nación la figura del palabrero y el sistema normativo wayuu. Dado que los antepasados maternos de García Márquez eran guajiros, tomando en cuenta también la significativa presencia de esta región indígena en su obra, y considerando su dedicación disciplinada y rigurosa al oficio de escritor, se decidió hacerle entrega de un bastón de palabrero wayuu. Este simbólico artefacto tenía una empuñadura de plata[1] con la figura del pájaro Utta, un ser mitológico que en tiempos transhistóricos había enseñado los principios del parentesco y las normas de justicia a los primeros wayuu.

El acto de entrega, que se llevó a cabo en el apartamento del destacado investigador Alberto Abello Vives, fue emotivo y solemne. Como miembro del pueblo wayuu, y a la sazón director del Observatorio del Caribe, quien esto escribe fue el encargado de hacer entrega de ese mítico artefacto, junto con un sombrero indígena con su nombre, el cual encarna la dignidad de una persona. Mercedes Barcha recibió un cirio con la imagen de la Virgen de los Remedios.

Las palabras dirigidas al homenajeado enumeraban las funciones del bastón. Este bastón es considerado el vehículo de la palabra, se le percibe como un punto de apoyo del cuerpo y de la memoria y permite la comunicación con la tierra que alimenta el mensaje del palabrero. Se le dijo que este preciado artefacto le era entregado por su condición de palabrero mayor, de pütchipü’ü, que en la lengua de ese pueblo indígena traduce literalmente «persona que tiene por oficio la palabra». García Márquez, cuya bisabuela era wayuu, agradeció el significativo gesto, tomó el bastón con notorio entusiasmo y dijo a quienes se encontraban a su lado: «eso que él ha dicho de mí es lo que he querido ser toda la vida».

Una pluralidad de ontologías

El mítico bastón fue conservado y valorado por García Márquez hasta su muerte y sus descendientes lo preservan hasta hoy. Es un dispositivo de memoria que condensa y artículo de historias, quehaceres y rituales. En sí mismo entrelaza la saga familiar de García Márquez y las ontologías y cosmologías wayuu presentes en su obra.

En su libro autobiográfico, Vivir para contarla, Gabo reafirma sus raíces guajiras, pues su infancia transcurrió al lado de sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán Cotes. Gabo relata que en un momento de su juventud marcha hacia La Guajira: la tierra de sus mayores. «Era exactamente el camino contrario al recorrido por mi familia, porque ellos eran guajiros, eran de Riohacha, y de La Guajira se vinieron a la zona bananera, era como el viaje de regreso, el viaje a la semilla».

Sus abuelos y su progenitora, Luisa Santiaga Márquez, lo familiarizaron con la devoción ancestral a la Virgen de los Remedios, a quien García Márquez menciona con frecuencia en varios pasajes de Cien años de soledad. Cuando el joven José Arcadio regresa a su casa, Gabo nos dice que: «Sus espaldas cuadradas apenas si cabían por las puertas; tenía una cadenita de la Virgen de los Remedios colgada en su cuello de bisonte». En otro pasaje se nos cuenta que el general Moncada, antes de su fusilamiento, «se quitó el anillo matrimonial y la medalla de la Virgen de los Remedios y los puso junto con los lentes y el reloj». Uno de sus personajes más emblemáticos de Cien años de soledad se llama Remedios y otro es designado por el hipocorístico de este nombre, Meme, el amor desaforado de Mauricio Babilonia.

Gran parte de la memoria familiar en la casa de sus abuelos en Aracataca se recreaba en la preparación de la cocina guajira. Gabo declara en Vivir para contarla que «nada se comía en la casa que no estuviera sazonado con el caldo de las añoranzas, la malanga para la sopa tenía que ser de Riohacha, el maíz para las arepas del desayuno debía ser de Fonseca, los chivos eran enviados con la sal de La Guajira y las tortugas y las langostas las llevaban vivas de Dibulla».

El investigador Juan Moreno propone en su libro La cepa de las palabras[2] una hermenéutica pluritópica de la obra de García Márquez. Esta tarea requiere un ejercicio filológico que ayude a comprender prácticas culturales y sus respectivas conceptualizaciones en distintas tradiciones y configuraciones culturales. Se trata de hacer inteligible las cosmologías, la organización social y el parentesco que perduran en su interior. Ello permitiría una mirada más profunda a figuras que nos revelan un universo geocéntrico como Úrsula Iguarán, examinar las asociaciones entre muerte y territorialidad, comprender la dimensión onírica de la vida y acercarnos a la noción indígena de los avatares del amor más allá de la muerte.

El tema de las transformaciones de los seres es relevante en las ontologías de diversos grupos humanos. En uno de los cuentos de García Márquez, «Un hombre muy viejo con unas alas enormes», se describe a un ser alado y decrépito cuyo estado es de una divertida ambigüedad ontológica. Se le toma inicialmente por un ángel extraviado, o bien, según advertían desde el Vaticano, podría tratarse simplemente de un noruego con alas. Nada de esto es extraño en el Caribe culturalmente diverso en el que García Márquez vivió su infancia, escuchando relatos de este tipo en su entorno social y hogareño. La presencia indígena en la casa de sus abuelos guajiros es notoria y el escritor mantuvo a lo largo de su vida los vínculos con sus parientes wayuu. Gabo vivió bajo una pluralidad de ontologías y cosmologías criollas e indígenas que permanecen como claves subyacentes en su obra.

La lengua wayuu actuaba en la casa de sus abuelos como una barrera frente a los extraños. Con los indígenas que acompañaban a sus abuelos, el escritor aprendió retazos del wayuunaiki. García Márquez señala que «La abuela se servía de ella para despistarme sin saber que yo la entendía mejor por mis tratos directos con la servidumbre», y resalta el término alijuna como una expresión que su abuela «usaba en cierto modo para referirse al español, al hombre blanco y en fin de cuentas al enemigo». Gabo promovió una extendida metáfora, la de ver Cien años de soledad como un vallenato de 350 páginas. Un wayuu la vería como un glorioso jayeechi, un canto indígena épico y monumental.

Desde esta perspectiva, García Márquez fue un gran merecedor de ese bastón reservado a los pütchipü’ü como parte de su indumentaria, pues puede ser considerado como el palabrero mayor de las letras colombianas. Lo que pretendió y alcanzó a lo largo de su fructífera vida fue ser simplemente eso: un hombre que tuviese por oficio la palabra.

[1] Fue la joyera Adriana Henao, quien había estudiado las alhajas wayuu, la encargada de diseñar el bastón siguiendo los patrones tradicionales indígenas.

[2] Ver al respecto Moreno, J. (2002). La cepa de las palabras. Ensayo sobre la relación del universo imaginario wayuu y la obra literaria de Gabriel García Márquez, Blanco, J. M. (2015). Transculturación narrativa: la clave wayúu en Gabriel García Márquez (vol. 2), y Bravo Mendoza, V. (2009). La Guajira en la obra de Gabriel García Márquez.

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