Evelio es un tipo que camina bajo la lluvia con un globo rojo que lo arrastra de pronto hasta las nubes. A veces pierde el globo y en sus ojos tristes se lee que anda buscando. Es el tipo que patea el paraguas y grita en la ventana: «¿Cuándo va a parar de llover?». Es el mismo que atropella un bote de basura al amanecer o arroja al aire el libro que preguntará más tarde o te ofrece café y escucha tus desdichas. Lo conocí hace seis o siete años. Ya entonces, a su casa uno se guiaba por el persistente rumor de la máquina de escribir y asomaban a la ventana de un tercer piso primero una mano y luego un rostro que no era de este mundo. Con otro escritor joven, con sueños de un primer libro y sin un peso en el bolsillo, la mañana que lo conocí visitamos una editorial. De regreso, de pie en el bus, pensaba, mirándolos, en todo cuanto haríamos, en todos los sueños que serían páginas escritas que la gente leería. Poco a poco los sueños se hacen ciertos, entre la terquedad y la larga paciencia, nos tomamos un espacio. Ahí vamos.
Evelio José Rosero Diago nació en Bogotá en 1958. Es piscis. Ya ha concluido la trilogía Primera vez: Mateo solo (1984), Juliana los mira (1987) y El incendiado (1988). Acaba de publicar todas sus narraciones breves: Cuentos para matar un perro (y otros cuentos) (Carlos Valencia Editores). Inéditas se encuentran una obra para niños y una pieza de teatro. Ahora escribe otra novela. Porque Evelio es un escritor que escribe, serio e infatigable, dedicado a su único oficio, su pasión mayor.
Ahora que está metido de cabeza en el pozo de la literatura, como dice, y de acuerdo a la tercera premonición, puede afirmar sin asomo de duda que es un gran escritor.
La poesía
Aún escribo poesía, pero no pretendo mostrarla. Muchos de esos poemas finalizan entretejidos en algún episodio de mis novelas, o en el fuego. Ya sabemos que la poesía tiene que estar presente en cualquiera de las manifestaciones del arte literario. De todas maneras, yo respeto demasiado a la poesía, en su forma más pura, para lanzarme a organizar un libro de poemas. Me considero un narrador nato. En la novela respiro.
El eterno monólogo de Llo (1981)
No lo escondo. Ese libro lo escribí a los veinte años, y se publicó dos años después. Era, al principio, la reunión de varios poemas escritos en el colegio y después en la universidad. Yo estudiaba Comunicación, y las clases de Lógica Matemática, Economía o Constitucional eran las precisas para escapar a través de la ventana. Los poemas tocaban motivos muy diversos. Decidí organizarlos, uno por uno, en torno a un mismo personaje: Yo. Después decidí entrelazarlos, creándoles una atmósfera de continuidad; los volqué a la prosa poética, y el Yo lo trasladé a la tercera persona: Él. Finalmente me decidí por esa tercera persona, solo que usando un personaje llamado Llo. En fin, fue un libro experimental. Lo volví a leer a los siete años de su publicación, y me gustó, a medias; quiero decir, no me pareció nada malo, pero tampoco me pareció muy bueno. Volvería a editarlo, sin ninguna duda, solo que en su primera versión: sin la prosa, en renglones cortos, sin el Llo.
Las primeras lecturas
Entre los siete y los nueve años, una Enciclopedia de la fábula, en cuatro tomos, enormes y vistosos, que me salvaron del mundo. Después, todo Julio Verne, por supuesto. Y finalmente el Robinson Crusoe, que me sacudió. Deseaba ser un náufrago a toda costa, y hacía inventarios de lo que debería llevar a mi isla; con la diferencia de que no quería irme solo sino con mi amiguita. Y claro, todo Poe, Conan Doyle, Dumas, Víctor Hugo.
Maestros y libros amados
Crimen y castigo. Cumbres borrascosas. Guerra y paz. En resumen, todos los narradores soviéticos del XIX. Los poetas franceses, los narradores: Balzac, Proust. Creo que todos los libros que uno ha tocado enseñan algo del oficio, unos más, otros menos. Libros amados: El Quijote, El Ulises de Joyce, Pedro Páramo, Historia universal de la infamia.
La decisión del escritor
Bueno, debía tener unos ocho años cuando llevaba una especie de diario, donde anotaba los sucesos familiares. «Esta mañana Armandito se levantó de mal humor y le dio una patada al perro, sin ton ni son», cosas así. Pero no pensaba todavía que tenía que ser irremediablemente escritor. Leía mucho, demasiado; los ojos me lloraban, no solamente de la fatiga, sino de la emoción. Cuando se murió el Quijote fue como si se murieran todos mis abuelos y mis padres y mis hermanos, todos al tiempo, de pronto, los seres más amados.
Alguna tarde, en la biblioteca de la casa, no sé exactamente por qué, todo un enorme estante repleto de libros se ladeó peligrosamente cuando abrí la puerta. Fui a tratar de enderezarlo y conseguí lo contrario: todos los libros cayeron encima mío. Alguno me dio un fuerte derechazo en la mandíbula y caí. El libro que logró derribarme cayó parado. Yo, aún en la lona, lo abrí por la mitad y leí al azar algo que nunca olvidaré: «Ahora tienes que levantarte». Esto puede parecer un cuento, pero no lo es, te lo juro. Y fue como una premonición, una primera identidad con los libros, no como seres físicos, cuadrados, de papel, sino como espíritus burlones, golpeadores, malvados, amorosos, habladores. Lamento solamente no recordar el título del libro que habló.
Y bueno, la segunda premonición fue más directa. En el colegio, en tercero de primaria, estaba colgado de una barra, mediante las piernas, y de pronto perdí las fuerzas y seguí directo hacia abajo. Fíjate, también aquí un buen golpe. Un amiguito se desternillaba de risa después de verme caer. Enseguida, en la clase, traté de explicar al amiguito los motivos de mi caída. Nada. No hacía sino reír y señalarme. Me enfurecí. Y entonces le escribí una carta explicándole las causas de mi caída: no había sido torpeza mía, era que de repente había visto flotando en el aire un demonio azul que me mostraba la lengua y me arañaba la cara y me daba patadas en el estómago y me quemaba las pestañas con su aliento. En fin. Mi amigo me miró estupefacto, pálido, después de leer. Y me creyó. ¡Me creyó! Y yo me asombré peor, porque sentí de inmediato que yo era capaz de convencer escribiendo; no era persuasivo verbalmente, pero las cosas me salían mejor si las escribía. De manera que si había algún problema y yo tenía que explicarme, o justificarme, usaba papel y lápiz, y listo. A mis padres les metía debajo de la puerta cartas larguísimas, desmenuzando y repasando y defendiendo alguna acción.
Pero la tercera y definitiva premonición ocurrió en la misma biblioteca. Cerré un libro que había acabado de leer. Sentí una felicidad enorme, y al mismo tiempo un gran terror, un escalofrío: de pronto entendía que yo era también un escritor. No sé cómo explicarlo. Sentí que yo era capaz de escribir libros como ésos. Y acaso era capaz de escribirlos mucho mejor. Que yo era un gran escritor. Que iba a vérmelas con los libros durante toda mi vida. Cerré los ojos y di un grito, frente a la soledad de todos los libros. Pero alguien entró y me descubrió en la mitad de ese trance (como si te abrieran la puerta del baño y tú en la taza limpiándote), y me preguntó que si me estaba volviendo loco. No respondí nada, y salí corriendo como alma en pena. Ahora pienso que esa persona debía tener algo de razón. Decidir que uno es un escritor es algo parecido a decidir el peor de los caminos para llevar a cuestas la peor de las locuras: la de la literatura, es decir, hablar con todo el mundo a través de uno mismo, hablar y hablar consigo mismo y entender que en definitiva uno no es uno mismo sino todo lo de uno, incluyendo los huesos y pelucas y gestos de los antepasados, y seguir y seguir hablando a través de un arte que es completamente inútil en el momento de su elaboración, que es tan demasiado solitario, que, finalmente, está condenado a desaparecer. Y esa decisión se me ocurrió poco antes de los diez años, creo.
Y empecé a escribir, a diario. Las lecturas disminuyeron, y aumentaron mis novelones tremendos, que me convencieron progresivamente de que escribir no es precisamente un grito de felicidad. Si ahora pudiera retroceder en el tiempo, no sería escritor, no, nunca, jamás. Me hubiera metido a estudiar piano, o guitarra clásica, o saxo; hubiera preferido ser bombero, o vendedor de paletas, o carpintero, todo menos escritor. Ya es tarde. Estoy metido de cabeza en el pozo de la literatura, que es como un pozo de miel, pero pozo al fin y al cabo, y uno de cabeza, hasta que el aire se pierda.
Primeras publicaciones y libros
Un poema de amor a los catorce años, en el Magazin de El Espectador. Un cuento titulado «Juliana», en El Tiempo, a los veinte. Hubo para mí un premio muy importante: el de la Gobernación del Quindío, en 1979. Escribí un relato sobre la llegada del Papa a Colombia, «Ausentes». Lo mandé. Pensé: «Voy a ganar». Una de mis hermanas se enteró de que en el concurso participaban seiscientos escritores. Los jurados eran Manuel Mejía Vallejo, Adel López Gómez y Fanny Buitrago. «Entre esos seiscientos, tú eres la cola», me dijo mi hermana. Le dije: «Andate a la porra». Me alegró la noticia del Primer Premio, me estimuló mucho. Después vinieron otros premios, en México, en España, tal vez más importantes, pero ya no me emocionaron. Era como recoger un sueldo atrasado, que se me debía desde hacía varios años. Ahora, si me ganara el premio más codiciado, me encogería de hombros. Me importan un bledo los malditos premios, te lo garantizo.
Tres años en España
No recuerdo muy bien los motivos del viaje. Supongo que uno de ellos fue París. «Bueno», les dije a mis amigos, «me voy a París», y nadie me creyó. A los pocos meses ya tenía el equipaje y el pasaje y el pasaporte. Casi no tuvieron tiempo de despedirme. Permanecí unos meses en París y pasé a Barcelona. No voy a hablar de los resultados ahora. Las cosas fueron bastante difíciles (es jodido tener que tocar flauta en los metros), pero no me derroté, y seguí escribiendo. Por supuesto que voy a volver. Por poco vuelvo en enero de este año. Creo que en el 90 regreso, con seguridad. solo que no regreso a París.
Escritores jóvenes
Los escritores jóvenes de España poseen las mejores editoriales, pero no creo que esas editoriales posean una gran literatura en esos escritores. Reconozco que no he leído mucho de la narrativa contemporánea española; admiro a sus poetas, los nuevos. En cuanto a los narradores, los que pude conocer, los recomiendo como un buen antídoto contra el insomnio.
La trilogía Primera vez
Terminé Mateo solo y comprendí que aún faltaban muchas cosas por explicar al respecto. Imaginé, someramente, la posibilidad de una trilogía; dos novelas más, donde ahondara en el mundo del colegio de Mateo, y el otro mundo alucinado de la hermana de Mateo. La idea me asustó un poco. Estaba pensando en una trilogía. Una trilogía no es la reunión arbitraria de tres novelas de un mismo autor. No. Tiene que existir una relación directa e interna entre las tres obras; son una sola obra. En fin, vi esa posibilidad como una montaña enorme, un obstáculo insalvable que yo mismo elevaba ante mí, casi que por capricho. Pero empecé. Para llegar a la cima de cualquier montaña solo hay que dar un paso, y dos, y tres, y de día en día, de semana en semana, de año en año, la montaña desapareció. Y ahí están, después de casi cinco años de trabajo, las tres novelas, y mientras tanto yo estoy aquí, yo sigo aquí, inventándome otra montaña, más atroz.
Las tres novelas no se publicaron tan pronto las iba finalizando. Tal vez Mateo solo, por iniciativa de otros escritores, no de una editorial. Juliana los mira no se editó sino un año después de finalizada. Y ocurrió igual con El incendiado, y tuve que ganar un concurso internacional en España y una beca en Colombia para lograr la edición de esas dos obras. No hay suerte en estas cosas, tú lo sabes. Hay obstinación, o terquedad, hay calidad, creo yo; la suerte es asunto de los casinos de Montecarlo.
Obras inéditas
En el colegio organicé varios grupos de teatro. Yo escribía las obras, las dirigía, las protagonizaba. El «putasboy», mejor dicho. Pero sufría, sufría al ver que las cosas no se llevaban a escena tal y como yo las había imaginado. Daba puñetazos contra las paredes. Los muchachos que trabajaban conmigo no me soportaban demasiado. Uno de ellos, recuerdo, tenía que hacer de policía, y yo de asesino (¿o ladrón?) recién atrapado. En plena presentación este «policía» comenzó a darme una palera real, demasiado real, tremenda, para vengarse de todas las imprecaciones e insultos con que yo lo había convertido en actor. En fin, nos fuimos a las manos, y en plena representación, frente a todo un colegio de niñas que pateaban de la risa. Mi tragedia finalizó en comedia. Hoy siento una sincera envidia por el teatro y el cine. Son artes de elaboración colectiva; el cine, por ejemplo, es una empresa de muchos; no solo existe la imaginación, sino que se puede palpar esa imaginación. Nadie está solo. El cine es el arte del presente y del futuro.
Volviendo con nuestro tema, también leí mucho teatro, disfruté a Ibsen, los trágicos griegos, Shakespeare. Hace un año, en Chía, volvió a asaltarme de nuevo el demonio del teatro. Escribí Helena quiere un café. Parece que Arango Editores la va a publicar. Uno de los asesores de esa editorial me dio sus puntos de vista. No estaba muy seguro de la calidad de la obra, no lo está. Me propuso que la revisara. Sucede que yo, después de poner un punto final a la versión final de cualquier obra no le cambio nada, no la vuelvo a leer. Como un hijo cuando se va. Qué le podemos hacer. Él sabrá cómo vuela o se entierra. Pensé en las buenas intenciones del asesor y, contradiciendo mis principios, me encerré de nuevo con Helena. No le cambié ni un solo punto. No creo que sea una mala obra de teatro. No. Defiendo esa obra como si se tratara de cualquiera de mis novelas. Si algún día la representan, nadie se aburrirá, estoy seguro. Acaso únicamente yo, que me la sé de memoria.
Asuntos varios
Los concursos son necesarios, claro, pero no se debe escribir para concursos. Uno debe escribir al margen de los concursos. Si no hay editorial, o dinero, o medios de enfrentar la obra a su público, entonces hay que acudir de vez en cuando a la hípica literaria. Pero entiendo, sobre todo, que un concurso no determina nada nunca. solo es un criterio de selección, que puede ser cierto o fallido. Ahí tienes toda la historia del Nobel. Es todo un chiste, con algunos aciertos y muchos desaciertos. Ese premio vale un huevo. Y lo entregan (aparte de los intereses políticos) cuando el marrano de turno ya tiene un zapato en la tumba. Lo mejor es no aceptarlo nunca, jamás, hasta que se muera, por falta de escritores que lo acepten.
En cuanto a la Feria del Libro, es muy importante. Se ven chicas muy lindas y cada noche hay una fiesta, con once o quince escritores zigzagueando de la juma. Todo un circo. Tigres epilépticos, domadores, payasos, equilibristas, y, de tanto en tanto, un muerto, un atrevido que se puso a hacer malabarismo sin usar red. Ahora bien, no entiendo cómo un escritor podría promocionarse a sí mismo, aparte de la calidad de su obra, de la responsabilidad con que asuma su oficio. A mí me sudan las manos cuando estoy frente a un periodista y su grabadora. Charlar contigo es otra cosa. Eres otro escritor, y un amigo, claro. Pero en la feria uno se encuentra (feriándose) una gran cantidad de escritores peculiares. Son diplomáticos. Brillan en la televisión y gritan por la radio. Sus jetas todos los días en las culturales de los periódicos. Estrategas de una actividad nada literaria. Sus resultados, en cuanto al arte, son mediocres. Y tienen la sartén por el mango, eso es lo paradójico. Y ve tú a leer lo que escriben. Puaf. Pura miércoles. Deberían ser senadores. ¿Por qué diablos se les ocurrió pensar que son escritores? ¿Cuáles son esos animalitos que se alimentan a expensas de otros? Hay muchos de esos aquí, reduplicándose.
La escritura
Madrugo mucho, cuando trabajo en firme. Café, muy cargado, y cigarrillos. Las mañanas las uso para enfrentar la hoja en blanco, para crear, únicamente. Las tardes para corregir. Hago hasta quince o dieciséis versiones de una misma página. Por la noche leo en voz alta la última versión, para afinar las palabras y romper las disonancias. No tengo manías. Bueno, el silencio. Silencio. Silencio, malditos sean. Y también, que a veces, intempestivamente, me asaltan unas ganas tremendas de hacer el amor, a toda máquina. Necesito, entonces, que ella esté cerca, muy cerca. Naturalmente, los cambios de casa son terribles. Ese es el motivo por el cual no he podido avanzar a mis anchas con la última obra. Desde que llegué de España he vivido en muchas partes, sin mesa ni máquina de escribir estables. Pero también tenía que vivir esta etapa. Por algo ocurrió.
Lecturas de estos días
Ahora no leo. Trato de escribir.
¿Qué escribes ahora?
Una novela de ciencia ficción. No es exactamente de ciencia ficción, pero es para dar una idea. Se titula: Señor que no conoce la luna. Está el amor, sobre todo, el amor, en cada página, el amor como la contraparte del odio brutal, amor como el significado del equilibrio y la libertad.
¿Muy enamorado?
Muy decepcionado. Pero no tanto. En alguna página de mi última novela hay un personaje que dice, o me dice, o les dice a todos ustedes: «Estar dispuesto a amar intensamente, con la misma intensidad con que se debe estar dispuesto a olvidar».