Cuando Octavia Montaño se fue de su casa no recibió una virgen para que la cuidara del mal: recibió una botella curada. A todo hijo e hija de vichero le llega el momento de recibir su propio curado, un recipiente que debe alimentar el resto de su vida con bejucos y viche y guardarlo en un lugar íntimo a un sorbo de cualquier dolencia.
Las familias en el Pacífico les enseñan a sus hijos que la caña —cosechada, limpiada, molida y destilada por el sudor de su frente y la tenacidad de sus propias manos— es la única medicina de su tierra. Las distancias hacen imposible que los habitantes de lugares como San Antonio de Guajui, corregimiento de Guapi (Cauca), se desplacen a un centro médico en caso de emergencia. Por eso, la zaragoza, la nacedera, la ruda, el pipilongo, entre otras, y por supuesto, la caña, son parte fundamental del cuidado colectivo.
Octavia recuerda que de camino al colegio, todo el pueblo se embriagaba con el aroma de la caña molida, el viche destilado, el guarapo fermentado y el fogón encendido. «Yo siempre digo que el viche huele a amanecer en mi pueblo», dice en referencia a sus recuerdos de infancia. En lugar del café mañanero, bastaba medio pocillo de viche curado en ayunas para prepararse para las adversidades del día: picaduras de serpientes e insectos, dolores de cabeza y estómago. Para las mujeres, era suficiente en los días de cólicos.
«Para mí el viche nunca fue un licor, siempre fue un remedio», dice Natalia Bazán Montaño, sobrina de Octavia. Recuerda el día en que empezó a sentir cólicos menstruales: «Sentí como que celebraban que pasé de ser niña a mujer con mi vasito de viche. Realmente se sentía como una limpieza por dentro».
Su abuelo le sobaba los pies con viche para que el dolor pasara. Si era una cuestión del estómago, le untaban unas gotas de viche en el ombligo. Y en los procesos de partería, las mujeres mezclan viche con hierbas medicinales para limpiar el cuerpo de una mujer después del parto: un bebedizo con canela, especias, miel de caña, hierbas y viche. «Esto era para que el útero volviera a su lugar y la mujer quedaba muy sana», señala Octavia.
Hoy la empresa de la familia Montaño, Herencia Guapireña, ubicada en el barrio Nueva Base, en Cali, no solo guarda todas estas memorias de su territorio y conserva una práctica ancestral por la que muchos —como su abuelo Santiago y su padre Domingo— fueron perseguidos y ajusticiados en el pasado, cuando era ilegal. A través de Herencia Guapireña, los Montaño trabajan para que el viche se traduzca en dignidad y una vida mejor para su comunidad.
Mercedes Cuenú, una de las vicheras con más experiencia del municipio de Guapi, todavía recuerda la huída que emprendía para tomar los cantaritos donde su padre guardaba el viche para esconderlos bajo la tierra antes de que se lo llevaran. Todos sus hermanos y ella aprendieron desde muy niños a trabajar en la caña. Esta les brindaba panela para el consumo familiar y viche para las mingas, reuniones y para su sustento. Así, desde que su padre murió a los 102 años –con buena salud, insiste ella–, se ha hecho cargo del negocio de la familia con su marca Trapichón. «Nosotros siempre hablamos y recordamos a mi papá cuando estamos en el proceso de la molienda, la destilación, todo. Creo que él murió en paz porque sabía que esto no se iba a quedar allí. Desde donde nos esté viendo, sabe que estamos continuando con su sueño, él está muy contento», señala.
Su fuerza, su berraquera, vienen de las mismas prácticas del viche; de bebés les limpiaban el ombligo con viche y polvo de guayabo. «Así nacimos mis hermanos y yo. También lo usaban para los niños cuando no respiraban bien, tenían gripa o inflamación, se les daba un sobijo con viche y ceniza del tabaco. Yo recuerdo mucho eso».
A esto también se suman las mujeres de la asociación de Agrocaña, del Consejo Comunitario de la parte baja del río Saija, conformada por veintiocho mujeres de la región. «Nosotras las mujeres sostenemos a nuestra familia con este producto», dice Dora Candela Hurtado, y añade que los hombres antes permitían que las mujeres apoyaran en la práctica vichera pero no con suficiente protagonismo. «Decían “sí, pero allá”. Pero para nadie es un secreto que las mujeres son las que principalmente han venido trabajando la caña en la Costa Pacífica».
Así como ellas, más de 650 vicheros y vicheras –408 mujeres y 242 hombres– a lo largo de los cuatro departamentos del Pacífico están avanzando en el fortalecimiento de sus prácticas ancestrales gracias al Decreto 1456 de 2024, expedido hace un año por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes. Este reglamentó la Ley del viche y estableció una hoja de ruta para dignificar su trabajo y reconocer sus saberes. El objetivo es que cada vichero consiga el documento que le permita comercializar el viche fuera del Pacífico y con ello convertirlo en un motor de desarrollo para su familia. El primer paso es la acreditación para llegar al Registro Artesanal Étnico, otorgado por INVIMA, cuyo proceso es asesorado por el Ministerio. Este último ha sido obtenido por siete vicheros pero entre ellos, solo una mujer: Octavia Montaño.
Si bien existen múltiples obstáculos para lograr obtenerlo, las mujeres vicheras han enfrentado estructuralmente ciertas violencias. Uno de los principales retos surge en el momento de salir de su tierra, cuando lidian con las expectativas de turistas atraídos por la idea de una bebida mítica con propiedades principalmente afrodisiacas y que las expone —para defender los saberes de sus antepasados— a situaciones de violencia y acoso. «No debemos permitir que la gente sexualice nuestros productos. La gente cree que tomando viche solo va a lo sexual, pero para nosotras tiene que ver con salud y nuestro cuidado. Por esa manera de divulgar el producto, muchos extranjeros llegan con una creencia de que uno hace parte del paquete, que cuando se tomen un trago de viche o un arrechón se tienen que buscar una negra».
Su sobrina, quien también ha trabajado en la preservación de los saberes de sus mayores, confirma que, en los espacios de comercialización, se han visto muy afectadas con esos comportamientos de los hombres. «Es una situación por la cual ninguna mujer debería pasar y las personas no entienden que esos nombres —pipilongo, arrechón— se les dieron teniendo en cuenta nuestros territorios, porque una persona “arrecha” es una persona alegre. Se les olvida que las características que tiene este producto están más como para un tema medicinal, no para un tema sexual».
Ambas coinciden en que parte de su tarea como mujeres vicheras es cambiar estas narrativas. «Hay que elevar el viche al nivel que se merece porque es un proceso bellísimo, totalmente artesanal. Estamos intentando cambiar todo ese vocabulario y que las personas conozcan la razón por la cual nuestros mayores crearon estos productos. Siento que las personas deberían darse la oportunidad de conocer un poco más el territorio antes de crear estos tipos de conceptos», comenta Natalia. Octavia confirma: «lo que queremos es mostrar sabiduría y resiliencia, que el viche es homenaje a nuestros mayores y hacer empresa con eso que nos dejaron y sacar familias adelante. No sexualicemos nuestros productos, dignifiquemos ese mensaje».
En el mercado, la desigualdad se nota desde la etiqueta. «La mujer produce, pero normalmente los mayores nombres de marcas que consigues son de hombres y la esposa es la que está produciendo», explica Natalia. Lo mismo pasa con los espacios de formación y fortalecimiento: cuando quieren encontrarse entre mujeres para hablar de sus procesos, muchas necesitan el permiso del esposo para asistir, aunque son ellas las que se «están quemando allá las manos destilando». Pero en el proceso de preparación del viche, también señalan que hay escenarios de machismo. «Siento que tenemos un papel bastante difícil en cuanto a por ejemplo, si una productora que vive actualmente, no sé, en Timbiquí, o en Saija, quisiera obtener su Registro y tuviese a su esposo que le impidiese salir. Sería imposible», agrega.
Octavia reconoce que esos patrones han estado ahí toda la vida pero que los procesos con la acreditación y el registro están permitiendo la dignificación del trabajo de ellas. «Es lo mínimo que se están mereciendo las mujeres, porque por más que ellas trabajaban, el machismo siempre estuvo en nuestra comunidad y siempre los hombres eran los que tenían la batuta», dice. En su pueblo, el prestigio masculino se medía por la capacidad de sembrar caña, labrar una canoa y tener un potrillo propio. Las labores de las mujeres —mantener las hierbas de azotea, cultivar caña, tejer sombreros, pilar arroz, atender la casa y la familia—, en cambio, no eran vistas como trabajo en la misma medida.
Octavia agrega que una de las cosas que más le ha sorprendido en los últimos años es que su madre, Esperanza, que siempre asumió esa estructura como algo normal, ha empezado a cuestionarla. «No porque mi papá haya sido malo, porque es un tipazo», aclara; pero cree que su madre tal vez guardaba en el corazón desacuerdos que no nombró y solo exteriorizó después de un proceso delicado de salud. Hoy sus padres viven juntos en Cali por cuestiones de salud. Siguen acompañando a sus hijos como consejeros y sabedores. «Son siameses, el uno no se separa del otro», señala.
Las mujeres en la elaboración del viche
Pero trabajar en la caña no es un proceso fácil. La jornada podía iniciar a las tres de la mañana para los Montaño si decidían ir a los cañaduzales de la vereda de El Rosario, en el Alto Guapi. Eran nueve hermanos. Toda la familia tenía un rol en la siembra de la caña, la limpieza, la molienda, la destilación. Junto a su casa, salían al río a tomar los potrillos –la canoa pequeña– y el trayecto podía durar entre seis horas o veinticinco minutos si iban a los más cercanos. El camino se les hacía fácil una vez empezaban a bogar y a competir por versos. En la memoria de Octavia, algunos sonaban así: «”Amorcito de mi vida, amorcito de mi encanto, dime qué yerba me has echado, para yo quererte tanto”. Y rum, roncaba uno el canalete», recuerda Octavia entre risas, refiriéndose al golpe del “remo”, característico del Pacífico. Los versos se lanzaban entre la familia pero si pasaba un vecino, una comadre, un amigo, se compartía con ellos.
Una de sus tareas era limpiar la caña para que el sol le diera desde la raíz. «Que no coja monte, pues. Entre más sol le da a la caña, más dulce es y si es más dulce, mejor va a ser el viche». Pero también se confiesa: «Cuando éramos pequeños, íbamos sobre todo a chupar la caña mientras veíamos a nuestros padres trabajar». A veces, en el trapiche matacuatro, le gustaba descargar la caña. «Mi mamá era una riera trabajando, muy berraca. Ella salía del monte a la máquina de coser a hacer sus sombreros. Vivió toda la vida de eso. Y este sueño que tenemos hoy con la empresa lo visibilicé desde niña viéndolos a ellos trabajar».
La elaboración del viche es un proceso en el que cada miembro de la familia aporta. Sin embargo, las tareas femeninas han estado ligadas a las actividades de paciencia y detalle. Según explica Natalia, las mujeres tradicionalmente se encargan del raspado de la caña —la limpieza de la cosecha—, en algunas ocasiones de la limpieza del guarapo durante los quince días de fermentación y del proceso de destilación, sacando el agua caliente y poniendo agua fría durante cuatro horas seguidas. «La tarea de destilación siempre ha estado más asociada a la mujer, ya que cuenta con esa paciencia, esa sabiduría, ese amor, porque para producir viche influye mucho su energía. Podían ser dos comadres que se reunían para sacar su viche mientras los esposos estaban en otra actividad y las hijas se movían alrededor del fogón –que es bien amplio– en ese espacio», señala. Para Natalia, esta labor se transmitió más a las mujeres que a los hombres por la paciencia que se requiere para este proceso. Y en el caso de la familia: «Porque, como hijas, de cierto modo siempre tuvieron más conexión con mi abuelo», agrega.
Natalia Bazán trabaja hoy en el Centro de Estudios Afrodiaspóricos de la Universidad ICESI en el proyecto Viche para el Buen Vivir, patrocinado por Open Society. Una de las principales tareas del proyecto consiste en acompañar a doscientas maestras productoras de viche para obtener su registro INVIMA y ofrecer otros beneficios que implican el diseño de etiqueta y los pagos necesarios. Para estos proyectos, ha trabajado con múltiples vicheras. «Lo que más he mirado en estos recorridos por el territorio es que hay muchas asociaciones y son de mujeres. Entonces, entre ellas mismas se están fortaleciendo. La mayor preocupación que ellas han expresado es que cumplen con todos los requisitos pero de pronto no tienen un espacio adecuado. Siento que sí se requiere mucho fortalecimiento, puesto que muchas productoras de viche son madres cabezas de familia y se apoyan en medio de asociaciones», señala.
Pero antes de llegar a estos proyectos, Natalia ya había trabajado arduamente para la preservación del saber de su familia. De hecho, su primera experiencia fue en Bogotá durante la universidad. Siempre recuerda que mientras la gente consumía café, ella llevaba su botella curada. «Para mí era algo totalmente natural y para la gente era sorprendente. Como que lo normalizas tanto y no asumes la importancia que tiene en transmitir el saber a otras personas», reflexiona.
El camino de los Montaño
Para Octavia Montaño, obtener el Registro INVIMA no fue un camino sencillo. Llegó a Cali siendo muy joven a trabajar en casas de familia y, a los dieciocho años, cuando tuvo a su hija, su padre Domingo Montaño empezó a enviarle viche para que lo vendiera de manera ocasional. Una lesión en un tendón le impidió continuar en el trabajo doméstico y entonces el viche dejó de ser un ingreso extra para convertirse en su proyecto de vida.
En 2012 empezó a asistir a festivales como el Petronio Álvarez. «Me encantó tanto esa conexión de decir “vea, yo vengo de aquí, hacemos esto”, recuerda. Mientras soñaba con sacar adelante a sus hijos y con que su hija llegara a la universidad, su esposo trabajaba en construcción. Con el crecimiento de Herencia Guapireña, él dejó la obra para acompañarla en el emprendimiento familiar.
Aunque siempre le gustaron los negocios, nunca se imaginó como empresaria del viche: durante años había sido una práctica escondida. Pero empezó a recorrer municipios y departamentos llevando la bebida a nuevos espacios. Su sobrina Natalia también hizo parte de ese proceso y recuerda que en su familia todos aprendieron desde niños a producir viche, aunque muchos se alejaron del oficio. «Luego volvimos a nuestras raíces», dice. Su abuelo nunca dejó de producir: enviaba el viche para que se comercializara en la ciudad y, cuando enfermó, su madre regresó al territorio para continuar el proceso con él.
«La gente en mi comunidad se dio por vencida porque no era un comercio regular y además había persecución», recuerda Octavia. «Pero estoy muy orgullosa de que mi papá nunca se rindió. Siempre estuvo ahí. Incluso la juventud volvió al proceso porque él fue siempre su maestro».
Mientras para muchas familias diciembre era sinónimo de reuniones y descanso, los Montaño recorrían el país de feria en feria. «Íbamos con una cajita de bebidas a dar a conocer estos productos. Nuestros diciembres no eran familiares: éramos regados por ferias en todas partes», recuerda Natalia. “Siempre recuerdo hacer la maleta e irse a Manizales o Medellín o a cualquier parte sin conocer a nadie. Así también conocimos Colombia. Y yo solo hablaba de viche, porque en nuestra tierra eso era lo único que conocíamos”.
Y en el camino vino la sorpresa: «Te dabas cuenta de que, en lugares como Bogotá, donde jamás se había escuchado de esto, la gente conectaba. En tu tierra a veces no se valora lo que se tiene, pero llegábamos a otras ciudades y se nos acababa la mercancía. La gente nos decía: “¿Por qué yo no conocía esto? ¿Por qué no tengo acceso a este producto?’”.
Para Natalia, ese recorrido fortaleció a las mujeres de su familia: aprender a llegar a territorios desconocidos con tres o cinco cajas y hablar no solo de una bebida, sino de toda una comunidad. «Fuimos creando esta alianza como familia y como comunidad. Ya es como una cadena: unos cortan, otros cultivan, otros destilan y otros venden. Mi tía Octavia es una de las pocas personas que puedo decir que su producto se hace en el territorio y se lleva directamente hasta Cali», dice Natalia.
Octavia sueña con que se siga avanzando en la implementación de la reglamentación para que el viche «esté en todos lados y la gente lo pueda encontrar donde quiera». Pero advierte que el registro no es suficiente: «No es obtenerlo y ya. Ahora nosotros tenemos la responsabilidad de hacerlo con cuidado, con respeto y no solo pensando en el dinero, sino en hacer las cosas bien». Cuando piensa en sus ancestros, lo resume así: «Ellos que la pasaron tan duro, perseguidos… hoy lo que están dejando son empresas que se conocen incluso a nivel nacional y mundial. Creo que nunca soñaron tanto, pero menos mal no se rindieron, porque por ellos estamos aquí».