ETAPA 3 | Televisión

El día que Uruguay discutió sobre la muerte 

4 de marzo de 2026 - 3:11 pm
Tras seis años de debate, en octubre de 2025 Uruguay fue el primer país de América Latina en legalizar la eutanasia. Actualmente el Ministerio de Salud Pública trabaja en el decreto para que la ley pueda aplicarse mientras el país debate sobre justicia, muerte, dolor y dignidad, y Florencia Salgueiro espera que la primera eutanasia legal tenga lugar.
Florencia y Pablo Salgueiro. Foto del archivo de la familia Salgueiro.
Florencia y Pablo Salgueiro. Foto del archivo de la familia Salgueiro.

El día que Uruguay discutió sobre la muerte 

4 de marzo de 2026
Tras seis años de debate, en octubre de 2025 Uruguay fue el primer país de América Latina en legalizar la eutanasia. Actualmente el Ministerio de Salud Pública trabaja en el decreto para que la ley pueda aplicarse mientras el país debate sobre justicia, muerte, dolor y dignidad, y Florencia Salgueiro espera que la primera eutanasia legal tenga lugar.

El miércoles 15 de octubre de 2025 fue un día claro en Montevideo. Florencia Salgueiro se despertó muy temprano. No había dormido bien la noche anterior, pero no se sentía cansada. Poco antes de las ocho de la mañana salió desde su casa en el barrio Pocitos y caminó alrededor de una hora hasta el Palacio Legislativo. Estaba nerviosa, eufórica, ansiosa. Necesitaba mover el cuerpo, sacar algo de la energía que tenía acumulada, poder respirar antes de empezar la jornada.

Avanzó por la calle Juan D. Jackson. Tal vez haya doblado por Fernández Crespo, por República o por Arenal Grande. Tal vez haya pensado en cuántos despachos de legisladores visitó, en cuántas entrevistas dio, en cuántos correos envió, en cuántas investigaciones leyó. Tal vez haya pensado que, cinco años después de haber empezado a militar por la legalidad de la eutanasia, justo el 15 de octubre, el día en el que su padre Pablo Salgueiro hubiese cumplido sesenta y tres, el camino, al fin, estaba a punto de terminar.

Estaba previsto que ese día el Senado votara la ley de muerte digna y eutanasia, que el 12 de agosto pasado había sido aprobada en la Cámara de Representantes. El proyecto de ley presentado tenía como objetivo «regular y garantizar el derecho de las personas a transcurrir dignamente el proceso de morir en las circunstancias que ellas determinan».

El artículo dos lo explica mejor. Dice: «Toda persona mayor de edad, psíquicamente apta, que curse la etapa terminal de una patología incurable e irreversible, o que, como consecuencia de patologías o condiciones de salud incurables e irreversibles, padezca sufrimientos que le resulten insoportables, en todos los casos con grave y progresivo deterioro de su calidad de vida, tiene derecho a que, a su pedido y por el procedimiento establecido en la presente ley, se le practique la eutanasia para que su muerte se produzca de manera indolora, apacible y respetuosa de su dignidad».

También establece algunas condiciones: que la solicitud de eutanasia debe ser realizada por el propio paciente a través de un escrito que deberá firmar delante de un médico; que en caso de que no sepa o no pueda firmar lo hará otra persona, mayor de edad, delante del paciente y del médico; que el profesional puede hacer objeción de conciencia y negarse a seguir con el proceso; que de lo contrario, deberá informarle al enfermo sobre los tratamientos disponibles para su patología, incluidos los cuidados paliativos, regulados por ley desde 2023; que si la persona cumple con los requisitos que indica la ley y mantiene la intención de poner fin a su vida un segundo médico evaluará la solicitud; que si este está de acuerdo el proceso continúa; que de lo contrario el caso será evaluado por una junta médica de tres profesionales — uno debe ser psiquiatra y otro especialista en la patología del paciente—; que si la junta aprueba, la persona solicitante deberá volver a expresar su voluntad ante dos testigos y que, entonces sí, la eutanasia deberá ser aplicada cuando y donde el paciente lo requiera.

El proyecto generó adhesiones y críticas de todos los partidos políticos. Aunque contaba con el apoyo de legisladores del Frente Amplio —coalición de izquierda en el gobierno—, del Partido Colorado y del Partido Nacional —sectores tradicionales—, el proceso de debate y discusión fue largo y tuvo distintas puntas.

Quienes apoyaban la ley hablaban, sobre todo, de libertad. Federico Preve, diputado por el Frente Amplio y médico neurólogo, integró un colectivo de profesionales de la salud llamado Muerte Asistida Digna Uruguay para aportar información al debate. En una entrevista con el diario El País en 2023, dijo:

—Como médicos vemos sufrir. La medicina no cura siempre, no alivia siempre. La medicina, con sus avances, ayuda a calmar, pero no siempre. Desde un punto de vista más humano, la medicina tiene que acompañar (…) Cuando hay un caso extremo en el que la persona está pidiendo la muerte, es un acto de empatía como profesional poder dársela. Este proyecto consagra el derecho humano a morir con dignidad. No obliga a nadie, sino que otorga libertad a las personas que, en determinadas circunstancias, pueden decidir sobre su vida. Proyectos como este amplían nuestras libertades individuales.

Uno de los principales opositores del proyecto fue el diputado de derecha Rodrigo Goñi, que sostenía, en cada entrevista y debate, que «el valor de la vida hay que defenderlo siempre, protegerlo siempre. Sin vida no hay nada; todos los demás derechos, sin vida, se caen».

Otra crítica fuerte la hizo el doctor en Filosofía Miguel Pastorino, quien sostuvo que, al contrario de lo que decían sus defensores, la ley atentaba contra la libertad. 

—En Uruguay los cuidados paliativos están regulados por ley, y esa ley dice que tienen que llegar a toda la población. Un paciente que está sufriendo no tiene libertad de elegir, porque siempre va a decidir morir. Al paciente primero hay que aliviarle el dolor y después recién puede decidir, dijo en entrevista con Radio Sarandí. 

La opinión de los médicos sobre el tema nunca fue uniforme. Incluso dentro del Sindicato Médico del Uruguay no hubo una postura formal, aunque sí estuvieron de acuerdo en que, de legalizarse la eutanasia, había que derogar el artículo 46 del Código de Ética Médica que «considera una falta ética participar en el proceso de eutanasia de un paciente». La derogación estaba prevista en el artículo 12 del proyecto de ley de muerte digna. 

A pesar de las críticas y de que en el período de gobierno anterior el proyecto no había sido aprobado en el Senado, Florencia había hablado con distintos senadores y sabía que esta vez los votos para la aprobación estaban. Sabía, cuando llegó al Palacio Legislativo poco después de las ocho y media de la mañana, cuando dejó sus cosas en el despacho del senador por el Partido Socialista Gustavo González, cuando se encontró en las barras del Senado con sus familiares, amigos y compañeros de militancia, que esa noche Uruguay tendría una ley que permitiría y regularía la eutanasia.

Aun así, aun con la tranquilidad del deber cumplido, el día fue largo y pasó lento. Ella, que llevaba un vestido anaranjado, unos aros y una cinta del mismo color que recogía su pelo oscuro en una media cola, estuvo en el Palacio todo el tiempo: dio entrevistas, acompañó a familiares de personas que esperaban por esta ley desde hacía mucho, saludó a legisladores, transmitió en vivo en X lo que iba pasando en el Senado, escuchó las exposiciones de todos los senadores, se emocionó con algunos y sintió una bronca descomunal con otros.

Para ella, estar ahí tenía que ver con una ley, con un derecho, pero, sobre todo, tenía que ver con su historia. Florencia empezó a militar por la eutanasia en 2021, poco después de la muerte por esclerosis lateral amiotrófica (ELA) de su padre.

Pablo Salgueiro era un hombre alegre. Había estudiado arquitectura, pero trabajaba en el taller de arte de la familia de su esposa, Rosina. Daba clases allí. Y le encantaba. Disfrutaba de estar en su casa, de pasar tiempo con sus dos hijas, de cocinar; le gustaban la historia, el mate, los libros, la radio y el carnaval.

Cuando tenía cincuenta y cuatro años, después de empezar a perder progresivamente la movilidad en un pie, Pablo fue diagnosticado con ELA, una enfermedad del sistema nervioso que afecta a las células nerviosas en el cerebro y la médula espinal y causa pérdida del control muscular. Él sabía de qué se trataba. Conocía el paso a paso de la enfermedad, por la que habían muerto su padre y su hermano. 

Desde el comienzo, Pablo supo que quería vivir todo lo que pudiera. Siguió trabajando en el taller, compró un terreno en Los Titanes, en la costa uruguaya, donde habían veraneado toda la vida, y construyó una casa a la que le hizo una rampa; buscó terapias alternativas. De a poco la enfermedad avanzó a las dos piernas y entonces ya no se pudo mantener parado. Así que, con la ayuda de su familia, reformaron la casa de Montevideo: sacaron el escalón de la ducha, agregaron una baranda en el baño, contrataron a profesionales que lo ayudaban en todo lo que necesitaba. Y vivía. Quería vivir.

Pero entonces empezó a tener dificultades para mover las manos y tuvo que dejar de dar clases. Después perdió la movilidad en los brazos y después en el resto del cuerpo y un día ya no pudo toser, ni estornudar, ni hablar, ni tragar, ni respirar por su cuenta. Eso le pasaba, sobre todo, en las noches.

Siguieron los cuidados paliativos, que ayudaron a mejorar su calidad de vida por un período corto de tiempo. Entre esos cuidados, el equipo médico le consiguió un BiPAP —un dispositivo que ayuda a la respiración— y le enseñaron, a Florencia y a su hermana, a darle rescates de morfina: cuando Pablo se ahogaba durante las noches y se desesperaba al punto de entrar en crisis de pánico, sus hijas sabían exactamente cómo aplicarle la morfina para calmarlo.

Fue exactamente durante esas noches cuando Pablo decidió que no quería seguir viviendo. Que ya había vivido lo suficiente y que había tenido una buena vida. Primero se lo dijo a su familia. Después les pidió a los médicos de cuidados paliativos que lo sedaran. Les dijo que, si él pudiera matarse por su propia cuenta, lo haría, pero que ni siquiera eso podía hacer, que por favor. Los médicos se lo negaron. Lo que pedía era, entonces, ilegal.

Pablo murió a causa de la ELA el 19 de marzo de 2020, pocos días después de que Ope Pasquet, entonces diputado por el Partido Colorado, presentara en el Parlamento un proyecto de ley para legalizar la eutanasia. Él llegó a conocer la noticia. El último mensaje que Florencia tiene en la conversación de WhatsApp con él dice: «Qué bueno que esto exista, qué bueno que alguien más tenga la posibilidad que yo no tuve».

El 15 de octubre de 2025, sobre las diez y media de la noche, el Parlamento aprobó, con veinte votos a favor en un total de treinta y un senadores, la ley que garantiza una muerte digna y regula la eutanasia. No es el mismo proyecto que Pasquet había presentado cinco años atrás, sino uno del Frente Amplio, que tomó a ese como base.

Uruguay se convirtió, entonces, en el primer país de América Latina y en uno de los pocos países del mundo en legalizar la eutanasia.

Esa noche, cuando Florencia regresó a su casa después de haber estado más de doce horas en el Palacio Legislativo, se dio una ducha, se secó el pelo, se acostó en su cama y estuvo dos horas mirando el techo. Por su cabeza iban y venían demasiados pensamientos. Desde el último mensaje de WhatsApp de su padre hasta ese momento habían pasado muchas cosas.

***

Integrantes del colectivo Empatía hablando sobre el proyecto de ley de la eutanasia en el Palacio Legislativo de Uruguay.
Integrantes del colectivo Empatía hablando sobre el proyecto de ley de la eutanasia en el Palacio Legislativo de Uruguay.

La conversación pública sobre eutanasia en Uruguay empezó a mediados de 2018, cuando Fernando Sureda, contador y exgerente de la Asociación Uruguaya de Fútbol, expuso públicamente que había sido diagnosticado con ELA y manifestó su deseo de tener una muerte digna, es decir, de dar fin a su vida cuando el sufrimiento por la enfermedad se volviera insoportable.

En una entrevista con el programa de Teledoce Esta boca es mía realizada el 10 de junio de 2019, el contador habló desde su casa. Hacía tres años que estaba con los síntomas de la enfermedad y había empezado a investigar, a leer, a mirar películas y todo lo que encontrase con respecto a la ELA. 

—A mí la muerte me avisa que me tumba todos los días, a través de un calambre, a través de un corte de energía en una pierna, a través de la imposibilidad de peinarme o de lavarme los dientes.  Yo conozco el final de todo esto y por eso me quiero adelantar y pedir la eutanasia. Yo no quiero estar enchufado a una máquina para poder respirar, enchufado a otra máquina para comer, y fundamentalmente tampoco quiero ver a mi familia sufrir. 

Sureda fue uno de los primeros en comunicarse con legisladores de distintos partidos políticos para contarles sobre su caso y pedirles que le dieran una respuesta. Fue él quien un día llamó a Ope Pasquet y le pidió que trabajara en el tema a nivel parlamentario.

El entonces diputado presentó el proyecto el 11 de marzo, dos días antes de que surgiera el primer caso de COVID-19 en Uruguay. El tema quedó en el aire, pero no avanzó. La prioridad era, entonces, enfrentarse a una pandemia.

Sin embargo, en 2021, un grupo de ciudadanos nucleados en torno a un nombre, Empatía Uruguay, volvió a traer la eutanasia a la discusión pública. Eran personas comunes y corrientes, militantes de distintos partidos políticos, miembros de organizaciones civiles, estudiantes y profesionales unidos con el objetivo de conseguir que la muerte digna fuese un derecho en el país.

Como la pandemia persistía, empezaron a reunirse en un grupo de WhatsApp, a recabar información sobre el tema, a hablar con expertos, a leer sobre los países que ya la habían legalizado y a armar una carpeta de materiales y referencias. Les enviaron mails a todos los legisladores y, de a poco, empezaron a reunirse con ellos.

Una de las personas que estaban detrás de la iniciativa era Florencia Salgueiro. Había pasado un año desde la muerte de Pablo, su padre y, todavía en pedazos, sintió que tenía que hacer algo, que, de alguna manera, necesitaba ayudar a que se cumpliera su voluntad. Como ella, varias de las personas que se acercaban a Empatía tenían una historia personal o familiar para pedir la legalización de la eutanasia. 

Jennifer Velasco, por ejemplo, hubiese preferido no ver a su abuela sufrir como lo hizo después de ocho años de vivir con una fibromialgia pulmonar que la dejó tumbada en su casa en Caraguatá, un pueblo del departamento de Tacuarembó, en el norte de Uruguay, hasta que murió a los ochenta años. 

Durante cuatro años, un grupo de alrededor de ciento veinte personas reunidas en WhatsApp y lideradas por Florencia, Jennifer, Florencia Pires y Agustín Gerosa hablaron del tema en programas de televisión y de radio, dieron entrevistas a diarios y revistas y a canales de streaming, debatieron, visitaron despachos de legisladores, volvieron una y otra vez a la comisión de Salud del Senado, dieron charlas, contaron lo que sabían, lo que habían estudiado sobre el tema y también hablaron de sus historias.

Para Florencia fue, también, una manera de sacarle al mundo al menos una pequeña parte de todo lo que le había quitado cuando murió su padre. De alguna forma se convirtió en una de las voces referentes de una lucha que hoy, después de aprobada la ley, ve como un «acto de confianza en la democracia».

—La verdad, yo aprendí mucho en este proceso y me gustó mucho y, además, si sos una persona como yo, que creés en la política y creés en la democracia, te ves reivindicada; o sea, yo vi mis esperanzas cumplidas en el hecho de que, en este caso, la política (no la partidaria, sino la política en general) y la democracia, es decir, el sistema por el cual los legisladores representan la voluntad de los representados en la ciudadanía organizada, funcionó.

La ley  N° 20431 de muerte digna y eutanasia  aún no está vigente en Uruguay. El Ministerio de Salud Pública tiene ciento ochenta días desde su aprobación para hacerle los últimos ajustes y publicar un decreto regulatorio. La fecha límite es a fines de abril y, desde el ministerio, sostienen que una comisión está trabajando en el tema y que el decreto estará en la fecha estipulada.

Florencia sabe que una cosa es la ley escrita y otra es su aplicación. Es consciente de que será un proceso difícil. Federico Preve, médico y diputado, uno de los principales impulsores del proyecto, sostiene algo similar, sobre todo, en la forma en la que esta ley complejiza el vínculo médico – paciente. 

—La implementación de la ley va a tener desafíos concretos en cuanto al cuerpo médico, a los cuidados al final de la vida, ya sea en la internación, en los domicilios de las personas, en los cuidados paliativos, en el desarrollo de esos cuidados donde haya más o menos sectores conservadores o progresistas internamente en los equipos. También traerá desafíos en las discusiones que tengan los profesionales con sus pacientes, porque esto implica la apertura dentro de la entrevista clínica entre el médico y el paciente y también con la familia; se ponen en juego aspectos muy vinculados a las creencias, discusiones mucho más personales que el diálogo profesional sobre una enfermedad. Eso va a hacer que emerjan el respeto, la empatía y la autonomía de los pacientes en esa díada que tiene el vínculo médico-paciente. De alguna manera son desafíos porque son cuestiones que vamos a tener que aprender, tanto usuarios como médicos y profesionales. Por otro lado, en la eutanasia el poder se transfiere totalmente hacia la persona que está sufriendo, que es quien decide, obviamente bajo las circunstancias que la ley así determina, si quiere seguir viviendo. Esto es un cambio grande, porque ya no es el médico quien decide.

***

Florencia y Pablo Salgueiro. Foto del archivo de la familia Salgueiro.
Florencia y Pablo Salgueiro. Foto del archivo de la familia Salgueiro.

Cuando atiende la llamada para esta entrevista Florencia está trabajando en su tesis de doctorado. Dice que se siente bastante orgullosa porque, a pesar de tener tres trabajos y de haber dedicado la mayor parte de su tiempo a Empatía, le faltan dos exámenes y defender la tesis para ser Doctora en Relaciones Internacionales. La militancia por la eutanasia fue casi como un cuarto trabajo para ella. 

—Por ejemplo, solo al otro día de aprobada la ley hice nueve entrevistas, la mayoría para medios internacionales. 

La llamaron de Argentina, de Chile, de Brasil. Querían saber, conocer, entender. A nivel mundial, solo seis países tienen una ley que regula la eutanasia —Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, España, Canadá y Nueva Zelanda— y en América Latina, Colombia y Ecuador la tienen despenalizada, pero no regularizada por ley. Es decir que, en ambos países, la posibilidad existe, pero el marco de aplicación depende de decisiones judiciales y normas administrativas, ya que la eutanasia fue despenalizada por fallos de sus cortes constitucionales. En Uruguay, en cambio, la aprobación de una ley crea requisitos, plazos y responsabilidades con rango parlamentario, lo que otorga un procedimiento uniforme dentro del sistema de salud y un marco jurídico que lo ampara. 

Ahora Florencia está un poco más tranquila, esperando a que el Ministerio de Salud publique el decreto que permita la aplicación de la ley. Sabe, sin embargo, que nada terminará entonces. 

—Para mí esto va a terminar cuando la primera persona que solicite eutanasia en el Uruguay la tenga.

CONTENIDO RELACIONADO

Array

2 de marzo de 2026
Una semblanza personal escrita por la libretista, espectadora y protagonista de la historia de la televisión, tanto en México como en Colombia, sobre la evolución de los relatos que moldearon la educación sentimental de una generación desde los años cincuenta hasta el presente.

Array

27 de febrero de 2026
Hablamos con la dramaturga brasileña —que estará en el Festival Internacional de las Artes Vivas de Bogotá 2026 con Julia, al mismo tiempo una obra de teatro y una película filmada en vivo— sobre los límites entre el teatro y el cine, la vigencia de los clásicos y el ascenso de la extrema derecha.

Array

26 de febrero de 2026
Willie Colón (1950-2026) cruzó un sonido que combinaba el aguaje callejero con una vena experimental. Nadie como él encarnó la salsa en toda su complejidad como fenómeno sociocultural. «El Malo del Bronx» plasmó las vivencias cotidianas de tantas personas latinoamericanas, puso a bailar a jóvenes y viejos y fue un arreglista audaz, un cantante de expresividad memorable y el trombonista más emblemático de todos. ¡Guapea, Willie Colón, por toda la eternidad!

Array

25 de febrero de 2026
La artista Liliana Angulo, directora del Museo Nacional desde 2024, murió el pasado 21 de febrero a los 51 años. En esta introducción de Retratos en blanco y afro, ensayo que Sol Astrid Giraldo publicó sobre la obra de Angulo en 2014, se delinean sus cuestionamientos a nuestros imaginarios nacionales y el racismo y sexismo de nuestra representación corporal.

Array

23 de febrero de 2026
La multiplicación de prácticas sexuales mediadas por el teléfono nos permite ver cómo la sexualidad se instala en un espacio en el que se valora y se experimenta la libertad personal. Notas sobre el deseo, el placer y el celular.

Array

20 de febrero de 2026
Tras el Carnaval de Barranquilla, publicamos un fragmento de la novela Altasangre, editada por Laguna Libros en 2025. En este gótico afrocaribeño, poblado de vampiros y familias que defienden su posición social, una matriarca prepara a su nieta para que se convierta en la próxima reina del carnaval.

Array

18 de febrero de 2026
Jeffrey Epstein fue un agresor sexual infantil y también un curador de encuentros excepcionales. Sentó en la misma mesa a figuras artísticas e intelectuales que rara vez coincidían, como Woody Allen y Noam Chomsky. La abundante correspondencia entre el magnate financiero y el lingüista muestra cómo el poder corteja, ofrece pertenencia y convierte esos encuentros en experiencias de reconocimiento que neutralizan el juicio. ¿Qué estamos dispuestos a callar con tal de no quedar fuera de la mesa?  

Array

16 de febrero de 2026
Desde la década de 1980, el arte colombiano ha problematizado las influencias estéticas y económicas derivadas del narcotráfico. Santiago Rueda propone una lectura del país de los hipopótamos afrocolombianos, del reguetón, del lujo kitsch y de la microdosis psicodélica en la que examina las mutaciones de un imaginario donde lo ilícito y lo sagrado se confunden.

Array

12 de febrero de 2026
Incluso si la presentación de Bad Bunny en el Super Bowl, un escenario atravesado por la tensión entre arte y política, probablemente no tenga ninguna consecuencia política real, ¿qué hacemos con su redefinición de nuestro continente, la rabia que tanto reggaetón en español provocó en Trump y todo lo que queda por fuera de este relato americano?