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El sol sale de nuevo: una conversación con Dorcy Rugamba 

6 de marzo de 2026 - 1:15 pm
Hablamos con el autor, director y actor ruandés, que presentará en el FIAV Bogotá 2026 su obra Hewa Rwanda. Carta a los ausentes, en la que invita al público a conversar con su familia, asesinada en 1994 en el primer día del genocidio de su país. 
Dorcy Rugamba presentará en el FIAV Bogotá 2026 su obra Hewa Rwanda. Carta a los ausentes , en la que el genocidio de Ruanda de 1994 se cruza con su historia familiar. Foto de Christophe Pean.
Dorcy Rugamba presentará en el FIAV Bogotá 2026 su obra Hewa Rwanda. Carta a los ausentes , en la que el genocidio de Ruanda de 1994 se cruza con su historia familiar. Foto de Christophe Pean.

El sol sale de nuevo: una conversación con Dorcy Rugamba 

6 de marzo de 2026
Hablamos con el autor, director y actor ruandés, que presentará en el FIAV Bogotá 2026 su obra Hewa Rwanda. Carta a los ausentes, en la que invita al público a conversar con su familia, asesinada en 1994 en el primer día del genocidio de su país. 

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Dorcy Rugamba (Kigali, Ruanda, 1969) perdió a casi toda su familia a las diez de la mañana del 6 de abril de 1994. Su padre, Cyprien, su madre, Daphrose, y seis de sus hermanos fueron de las primeras víctimas del genocidio de Ruanda, en el que ochocientas mil personas, entre tutsis y hutus moderados, fueron asesinadas durante cerca de cien días por extremistas hutus y miembros de milicias. Sus padres tenían un centro en Kigali, su ciudad, la capital, donde alimentaban, educaban y les daban techo a los niños que vivían en las calles. Todo eso, como tantas vidas, tantísimas vidas, se cegó ese 6 de abril. 

Rugamba estaba en la casa de su tía, al sur de Ruanda, y decidió emigrar a Europa, primero a París y luego a Bruselas, donde finalmente se estableció. Allí, continuó su formación como hombre de teatro y de danza, un camino que ya había empezado a andar junto a su padre, especialista de las danzas tradicionales de su país. Las enseñanzas de sus padres y el arte son las dos fuentes de las que Dorcy Rugamba bebió y todavía bebe para encontrar esperanza en el mundo luego de tanto dolor.  

Cuatro años después de perder a su familia, coescribió Ruanda 94, una monumental obra de seis horas de duración que se estrenó en Bélgica. En 2004, una década después del genocidio, Rugamba llevó Ruanda 94 a Kigali y a otros pueblos de su país, generando una catarsis que aún hoy lo conmueve. «La protagonista era una actriz belga y en medio de la obra ella empezaba a llorar, a llorar muy fuerte. En una de las funciones en Ruanda, una de las sobrevivientes, una mujer muy anciana, saltó al escenario solo para consolarla. Fue un momento muy poético, pero increíble. De alguna manera, fuimos más allá del teatro», recuerda. 

Rugamba también escribió el libro Hewa Rwanda. Carta a los ausentes, que describe su costumbre de regresar cada año a la casa de sus padres, en la que la hiedra aún trepa por las paredes y en cuya entrada aún se sostiene una palmera y un papayo. En esas páginas consigna cómo pudo aceptar lo inaceptable y, además, entabla una conversación con su padre, su madre, sus hermanos y tantos compatriotas que fallecieron durante esos cien días.  

Aquel libro se convirtió en un montaje teatral homónimo, en el que Rugamba comparte escenario con el músico senegalés Manjun y que se presentará en la segunda edición del FIAV Bogotá 2026. 

«Hablo sobre una historia muy particular de Ruanda, pero es una historia familiar y por esa razón es universal. Sé que en Colombia también ha existido violencia política, eso es algo que tenemos en común, y estoy seguro de que hay otras cosas y vínculos que pueden conectar al público con la historia, con la música», anticipa Rugamba sobre esa especie de ceremonia que es Hewa Rwanda. Carta a los ausentes, que se presentará del 30 de marzo al 1 de abril en el Planetario de Bogotá. 

Hewa Rwanda. Carta a los ausentes primero fue un libro, que describía la costumbre de Rugamba de regresar cada año a la casa de sus padres, en la que la hiedra aún trepa por las paredes y en cuya entrada aún se sostiene una palmera y un papayo. En esas páginas consigna cómo pudo aceptar lo inaceptable y, además, entabla una conversación con su padre, su madre, sus hermanos y tantos compatriotas que fallecieron durante esos cien días. Aquel libro se convirtió en un montaje teatral homónimo, en el que Rugamba comparte escenario con el músico senegalés Manjun y que se presentará en la segunda edición del FIAV Bogotá 2026. Foto de Dominique-Houcmant-Goldo.
Hewa Rwanda. Carta a los ausentes primero fue un libro, que describía la costumbre de Rugamba de regresar cada año a la casa de sus padres, en la que la hiedra aún trepa por las paredes y en cuya entrada aún se sostiene una palmera y un papayo. En esas páginas consigna cómo pudo aceptar lo inaceptable y, además, entabla una conversación con su padre, su madre, sus hermanos y tantos compatriotas que fallecieron durante esos cien días. Aquel libro se convirtió en un montaje teatral homónimo, en el que Rugamba comparte escenario con el músico senegalés Manjun y que se presentará en la segunda edición del FIAV Bogotá 2026. Foto de Dominique-Houcmant-Goldo.

¿Cómo cree que el arte puede contribuir a lidiar con estas cicatrices, con las secuelas de estos conflictos?  

Tras una violencia así, uno de los retos es saber por dónde empezar para continuar con tu propia vida. Necesitas conectar con algo y el arte puede ser muy útil por muchas razones: para poner palabras a lo que ha pasado, para tener una narrativa, también para lidiar con tus emociones. Además, es un lenguaje universal, es una forma de conectarse con otras personas, de compartir tu propia historia. Tras una masacre o un genocidio, necesitamos encontrar una manera para que el mundo pueda sanar y crear una especie de empatía en la población, y para eso necesitamos desinstalar los tabúes de la sociedad. Esto es algo muy difícil de lograr y creo que el arte es probablemente una de las formas de lograrlo. 

Sí, hay muchas cosas que hacer tras el genocidio, los abogados tienen que hacer su trabajo, también la justicia, pero el mundo del arte tiene mucho que aportar a la curación del mundo.  

En concreto, en Ruanda, ¿qué papel desempeñó el arte tras el genocidio?  

Ruanda es un país muy pequeño, sin salida al mar, y es muy particular en África porque sólo tenemos una lengua, la mayoría de la población habla kinyarwanda. Y, por esa razón, el arte, a través de la música, la poesía y las artes escénicas, fue realmente una forma de reconectar a las personas. Sigue siendo una forma de informar, de lograr que las nuevas generaciones tengan una idea de lo que ocurrió hace 30 años y de reconstruir la unidad de la nación, que quedó completamente destruida.  

El arte es un vehículo de valores y una forma de ver a los demás como parte de una nación, y para ello es necesario crear una nueva narrativa, porque el genocidio es un crimen ideológico.  

Justamente, como parte de ese proceso artístico, usted trabajó en la obra ‘Ruanda 94’, que se estrenó cuatro años después del genocidio. ¿Cómo recuerda esa experiencia?  

La compañía tenía su sede en Bélgica y fue prácticamente la primera obra teatral que se hizo sobre el genocidio de Ruanda. En aquella época, el término “genocidio” aún se debatía en la Asamblea de la ONU y muchos países no lo reconocían como tal. Y eso es muy significativo, porque si no se le daba el nombre adecuado al suceso, todo cambiaba. Durante muchos años se habló de guerra civil, pero no es una guerra civil. Cuando se habla de guerra civil, se da a entender que las víctimas son personas que luchan en el frente y eso no pasó.  

Era necesario contar con este equipo de personas de muchas nacionalidades diferentes, franceses, suecos, belgas, estadounidenses, ruandeses, senegaleses, para reunirnos e intentar construir algo tan fuerte y crear una narrativa alternativa a la de los medios de comunicación convencionales, que hablaban de guerra civil. Y además tener esa música, esa puesta en escena y esa literatura tan poderosa para decir no y tomarse realmente el tiempo, porque era una obra de seis horas, para escuchar y juzgar por uno mismo.  

Fue un momento increíble para todos nosotros en Europa y también fuimos a Ruanda. Actuamos en Kigali, la capital, pero también en el campo, en las montañas y en las cimas de las colinas. Fue algo increíble, un momento muy espiritual para nosotros.  

¿Cómo fue la reacción del público de Ruanda ante esa obra?  

Solo habían pasado diez años desde el genocidio y muchos sobrevivientes seguían muy traumatizados. Incluso en mitad de la obra, algunos sobrevivientes, la mayoría de los cuales eran mujeres, se sentían abrumados. Teníamos una ambulancia preparada en todo momento fuera de la sala para poder evacuarlos, y algunos de los que la utilizaban regresaban solo para decir: “Está bien, es horrible de escuchar, pero lo necesito”.  Sé que el público ruandés se emocionó mucho al ver a un elenco diverso en el escenario, al ver a personas de diferentes países.  

Regresando a ese 6 de abril de 1994, imagino que le preguntan mucho sobre lo que estaba haciendo ese día, pero, ¿cómo era la vida en Ruanda en aquellos días antes de que comenzaran las masacres? 

Ahora, 30 años después, puedo decir que sí, que había señales, estábamos en un país que se enfrentó a una guerra civil cuatro años antes de que se produjera el genocidio. La atmósfera estaba llena de odio porque la, en ese entonces, famosa emisora RTLM (Radio Télévision Libre des Mille Collines) llamaba abiertamente al asesinato. Pero no teníamos la impresión de que íbamos a enfrentarnos a un genocidio porque es algo que supera la imaginación, está completamente más allá de lo imaginable.  

Recuerdo que yo estaba en el sur, en la segunda ciudad de Ruanda, Butare, donde estudiaba en la universidad. Recibimos una llamada de mi hermano menor, él lloraba y decía que habían venido los militares y habían matado a todo el mundo. Esto ocurrió el primer día del genocidio, muy temprano por la mañana, y la idea de que una turba de militares pudiera realmente matar a todo el mundo, a toda mi familia, me dejó completamente paralizado, sin ningún tipo de emoción. Porque era algo inimaginable, no lo esperábamos, y después de eso, todo pasó muy, muy, muy rápido. El genocidio duró solo tres meses, no tuvimos tiempo de darnos cuenta de lo que estaba pasando. La urgencia era encontrar una forma de escapar del país, porque se convirtió en una locura de inmediato.  

Su padre y su madre hicieron una labor admirable ayudando a otras personas o recibiendo a niños que vivían en la calle. ¿Cuáles son las lecciones más importantes que ellos le dejaron?  

Tengo suerte de venir de esta familia. Vivíamos en una época muy difícil, pero mis papás tenían una fe muy fuerte, tenían una idea clara de los tiempos peligrosos y se prepararon a sí mismos y a todos los que los rodeaban para ser fuertes, para aferrarse al amor. Mi papá era compositor musical; la mayoría de sus canciones hablaban del amor. La última canción que compuso se tituló ‘Amor’, era como si dijera que el único remedio para esto es el amor, que necesitamos el amor más profundo para los momentos más oscuros.  

Ellos empezaron con todas sus obras de caridad, recogían a los niños de la calle y a mucha gente, y todas sus acciones decían: “Actuemos de manera que el amor pueda triunfar realmente en estos tiempos oscuros”. He dicho que necesitamos el arte, lo necesitamos como vehículo para algo, pero creo que el mensaje supremo es el amor, porque incluso ahora estamos viviendo en tiempos muy oscuros, el fascismo está surgiendo por todas partes y necesitamos ser más poderosos, necesitamos reconectarnos con nuestro yo interior para crear amor, porque es el único remedio posible.  

Su papá también fue un hombre de teatro y de danza. ¿Eso influyó en su decisión de seguir ese camino del arte? 

Sí, creo que sí. Éramos diez hermanos en casa y mi papá no nos obligaba a hacer lo mismo, éramos libres de formar parte de su grupo. Desde muy joven, yo estuve en este círculo de bailarines y de poetas, fueron momentos realmente increíbles para mí y verlo como poeta, escritor, músico, coreógrafo, fue una escuela increíble; de alguna manera, era mi padre y mi maestro al mismo tiempo.  

Después del genocidio, tras perder a mi familia allí, tuve que encontrar otra familia y la encontré en las compañías de teatro, porque en la escuela de arte dramático descubrí que se respiraba el mismo tipo de ambiente que cuando yo era joven en Ruanda, y sigo considerando el teatro como mi familia y mi hogar. Estoy muy agradecido a mi padre por haberme introducido en este hermoso mundo.  

‘Hewa Rwanda. Carta a los ausentes’ nació como un libro. ¿Cómo fue el proceso para decidir que estaba listo para escribir su historia de esta manera?  

Necesitaba una forma de hablar con mis tres hijos sobre sus tíos y sus abuelos, y descubrí que la mejor manera era simplemente escribir un libro. Con Majnun, un músico de Senegal, trabajé en otra obra, que no tenía nada que ver con Ruanda, y lo considero un amigo y un hermano. Él leyó el libro y se emocionó mucho, justo yo estaba dirigiendo la Triennial de Kigali y uno de los curadores propuso una lectura musical. Majnun dijo que tenía que hacerla con él, así que empezamos con un ensayo, solo para compartir la historia; él propuso la música y fue un momento increíble. Seguimos trabajando y ahora tenemos esta forma definitiva.  

Veo muchas conexiones con la tradición del griot, especialmente porque la obra se convierte en una experiencia ceremonial en la que usted está acompañado por Majnun y también por el público…  

Sí, aunque en Ruanda no tenemos griots como en África occidental. La tradición de los griots y su instrumento de la kora es increíble; Majnun es de allí, de Senegal, de la cultura mandinga, y canta en serer, que es uno de los idiomas de su país. Su música va más allá de las palabras y creo que contar una historia a través de la música es lo más universal que podemos encontrar en todas las culturas. En Ruanda también tenemos un instrumento llamado inanga, que es el que utilizan los poetas para compartir la narrativa de la nación, como la kora, y estoy seguro de que en Colombia hay alguna forma de hacerlo, como en Grecia con Homero. 

Yo en la obra hablo de mi familia, una familia típica, con un padre, una madre, hermanos y hermanas, y por eso es algo realmente universal. También podemos decir que el escritor es una especie de griot, porque no es como un historiador académico, con una forma científica y objetiva de contar una historia. Yo veo, por ejemplo, a Cien años de soledad, la novela de Gabriel García Márquez, como una saga de una comunidad y él encontró el ritmo para eso; no hay ningún instrumento, pero es esta idea de compartir una historia de una comunidad lo que puede ser realmente más poderoso, más popular, como el estilo griot.  

Esta obra es una carta a los ausentes. ¿Qué les diría hoy a su madre, a su padre, a sus hermanos y a sus hermanas que perdió ese día? 

Lo primero sería darles las gracias a mis padres, decirles que ahora los entiendo, porque ahora tengo hijos, estoy en el otro lado y los entiendo muy bien. Es una tradición en Ruanda compartir nuestras historias con nuestros antepasados, nos gusta darles buenas noticias, y yo les diría que seguimos vivos, que he encontrado el amor, que tenemos hijos, que algunos se parecen a ellos, que somos felices. Es algo que también quiero compartir con el público: que, incluso después de una masacre, incluso después de un genocidio, todavía hay esperanza de que el sol pueda volver a salir.  

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