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De las erratas se aprende

7 de mayo de 2026 - 3:15 pm
Entre demonios medievales y gazapos digitales, las erratas nunca descansan. Durante la FILBo, Correcta, la Asociación Nacional de Correctores de Estilo, reunió a más de veinte especialistas en el Encuentro Nacional de Correctores. Hablamos con ellos para conocer sus peores historias de terror ortotipográfico.
Representación de Titivillus (demonio del que durante la Baja Edad Media se creía que introducía errores en el trabajo de los escribas) en una miniatura del siglo XIV.

De las erratas se aprende

7 de mayo de 2026
Entre demonios medievales y gazapos digitales, las erratas nunca descansan. Durante la FILBo, Correcta, la Asociación Nacional de Correctores de Estilo, reunió a más de veinte especialistas en el Encuentro Nacional de Correctores. Hablamos con ellos para conocer sus peores historias de terror ortotipográfico.

En la Edad Media, los monjes copistas cumplían la importante tarea de reproducir libros a mano. Avanzaban pacientemente letra por letra, coma por coma. Para no equivocarse, su concentración debía ser máxima. Sin embargo, por más cuidadosos o experimentados que fueran, de alguna manera en el texto final siempre se colaban errores. Una letra olvidada por aquí, una coma mal puesta por allá. Parecía cosa del diablo. Y quizás lo era. En los monasterios empezó a decirse que el responsable de esos yerros era un demonio llamado Titivillus, que hacía confundir a los monjes y, todas las mañanas, se llevaba al infierno un saco repleto de las letras que olvidaban en sus copias. 

Gutenberg inventó la imprenta a mediados del siglo XV, pero esto no significó el final de los textos con errores. En su libro Manual de edición y autoedición (2005), José Martínez de Sousa, santo patrono de la bibliología en español, cuenta que la primera errata de la cual se tiene registro en un libro impreso data de 1457 y se encontraba en la primera edición del Salterio de Maguncia. En ese salterio —un libro para el canto litúrgico que contiene únicamente los salmos—se escribió «Spalmorum» en lugar de «Psalmorum» (¿quién, si no un demonio, habría podido introducirse hasta en un libro sagrado?). 

Los siglos pasaron, llegó la era digital, pero Titivillus no dejó de hacer de las suyas. Hoy ya no tenemos monjes copistas, pero tenemos a sus ilustres herederos, los correctores de estilo. Su trabajo es revisar un texto, una vez que este ya pasó por la fase de edición, para asegurarse de que, al salir publicado, las frases sean claras y comprensibles y la obra tenga el menor número de errores y suciedades posible. Faltas ortográficas, paréntesis caprichosos que se abren pero no se cierran, extranjerismos sin cursiva: este tipo de erratas son las peores enemigas de los correctores de estilo, seres obsesivos y quisquillosos como pocos. Y, de cierta manera, también estoicos: saben que su trabajo no solo puede resultar frustrante, sino ingrato, pues casi nadie se preocupa por saber quién hizo la corrección de un libro. Pero no desfallecen. Poco les importa estar lejos de los reflectores. Con paciencia jobiana, perseveran en la búsqueda obstinada de cualquier gazapo. Y a Titivillus, por supuesto, le siguen temiendo, como un niño le teme al coco debajo de su cama. Porque esas escurridizas erratas, por más que revisen los textos una y otra vez, se siguen colando. 

Además de persistentes e impertinentes, las erratas pueden ser también muy traviesas. El simple cambio de una letra por otra ocasiona a veces los más divertidos malentendidos. El escritor mexicano José Esteban, gran compilador de erratas, refiere en su libro Vituperio (y algún elogio) de la errata que, en cierta ocasión, un crítico literario quería consagrarle algunos de sus trabajos a una distinguida dama y escribió: «Dedico estos artículos sobre estética de vanguardia a la Condesa, de cuyo exquisito gusto conocemos bien todos sus amigos». Para su mala suerte, al recibir el libro de la imprenta, y habiéndoselo enviado ya a la Condesa de marras, se encontró con que en vez de «gusto» en el papel se leía «busto». 

En la obra de Esteban se cuenta también que, tras un trágico naufragio en alta mar, un periódico publicó el siguiente mensaje: «A pesar de los esfuerzos de la marinería y de la oficialidad del barco siniestrado, que se comportaron heroicamente, perecieron ahogadas 34 personas. Descansen en pez». 

Como se ve, las erratas aparecen en todas partes, por lo que en todas partes se necesitan valientes soldados para combatirlas. En Colombia hay una entidad que agremia a muchos de los más juiciosos correctores: se trata de Correcta, la Asociación Nacional de Correctores de Estilo. Cada año, durante la Feria del Libro de Bogotá, la asociación organiza el Encuentro Nacional de Correctores. El de este 2026, que tuvo lugar el pasado 30 de abril en el centro de convenciones Corferias, fue especial porque se trató de la edición número 15. Ese día, más de una veintena de correctores se reunieron a debatir asuntos vitales relacionados con su oficio que iban desde el uso de la coma en textos periodísticos hasta el monto justo a cobrar por sus servicios de acuerdo con la naturaleza y la extensión de un texto. 

Fue una jornada larga, que arrancó en la mañana y terminó en la noche con un coctel de celebración. En Gaceta, aunque sabemos muy bien de la importancia de su trabajo, fue como si Titivillus nos hubiera poseído y por allá nos aparecimos para aguarles la fiesta. Emboscamos a cinco correctores y les preguntamos cuáles han sido las peores erratas que se les han pasado en sus carreras.  

A continuación, sus respuestas, verdaderas historias de terror ortotipográfico.  

Ella Suárez Pérez (25 años de experiencia, vicepresidenta de Correcta)  

En ese entonces yo trabajaba en una editorial y estaba corrigiendo un libro de optometría. Ya había revisado el libro muchas veces, incluidas varias revisiones de carátula, y le dije a una practicante que le diera una última mirada al archivo porque yo ya estaba cansada de revisar. Ella lo miró y me dijo que no había encontrado nada extraño. Luego llegó el libro de la imprenta y nos dimos cuenta del error: en la carátula había quedado «optometria», sin tilde en la «i». No recuerdo exactamente cómo era el título completo, pero sí que esa palabra aparecía gigante con el error. Era imposible no verlo. Lamentablemente, tocó mandar a descaratular, es decir que la editorial tuvo que pagar por el proceso de mandar a quitar carátulas y poner las nuevas corregidas. Para rematar, justo en ese momento había empezado a trabajar con un nuevo jefe y creyó que yo siempre hacía ese tipo de errores básicos… No, es que un error en una carátula, eso duele en el alma. 

Guillermo Peña Quimbay (4 años de experiencia, actualmente trabaja con el programa Crea de Idartes) 

Yo estaba encargando de la corrección de una antología de cuentos y cometí un error garrafal: me equivoqué poniendo el nombre de una de las autoras. En el encabezado de un cuento, en vez de poner su nombre, me confundí y puse el de otro autor —de un hombre, además— y así se imprimió. De hecho, el libro se lanzó en un evento de la FILBo del 2025 y hubo que corregirlo con una fe de erratas. Entonces tuve que mirar a la autora a la cara y pedirle disculpas. Por suerte, no se enojó mucho porque había otros dos cuentos de ella en la antología y entendió que esas cosas, aunque no deberían pasar, pueden pasar.  

Fernando Alviar Restrepo (32 años de experiencia, presidente de Correcta) 

Inicié mi carrera como corrector en la revista de la Facultad Nacional de Salud Pública de la Universidad de Antioquia. Me gustaba mi trabajo y empecé a aprender mucho. Así, poco a poco, me fui ganando cierto prestigio. Un día tuve que corregir el artículo de un médico que era absolutamente críptico y yo no entendí nada. Era una cosa muy científica, de matemática pura, con un montón de gráficas y de ecuaciones. En fin, que yo corregí eso, se diagramó, se imprimió y luego se fue a distribución. Poco tiempo después, el director de la revista me llamó una mañana y me dijo: «Fernando, tenemos un problema. El doctor está furioso porque dice que su artículo salió repleto de errores». Y sí, hermano: eso salió cuajado de errores. Afortunadamente tenía los recursos a la mano para inmediatamente llamar al diagramador y corregir. Revisé el texto cuatro, cinco veces y, al final de la tarde, ya estábamos sacando la fe de erratas, que fue un plegable que se insertó en la revista (y que tuve que pagar yo). Nada deseable, claro, pero al menos se pudo remediar. Uy, pero todavía me acuerdo de eso y sudo, porque, además, yo sabía que el autor era un señor iracundo. En cualquier caso, fue un gran aprendizaje: si uno tiene que corregir textos de temas que no domina, pues tiene que aprender de eso, hacer una doble mirada, perfeccionar el mecanismo de corrección. 

También me acuerdo de otra historia. En cierta ocasión, corregí un libro sobre administración de un ejecutivo de Medellín. El tipo era muy querido y le metió toda el alma al proyecto. Durante la corrección, me di cuenta de que a uno de los títulos, que estaba escrito en forma de pregunta, le faltaba el signo de interrogación de apertura. Entonces lo agregué y revisé que quedara bien. Pero, cuando se imprimió el libro, ¡el berraco signo ya no estaba! Misterio total. Yo creo que ahí fue Titivillus el que obró. O algún otro demonio. ¡Horrible! 

Fabián Andrés Gullaván Vera (14 años de experiencia, trabaja principalmente para instituciones educativas y públicas) 

Hace unos años yo trabajaba en una editorial universitaria y el libro que corregí, que trataba temas de ciencias sociales, salió con un error en el título de la tabla de contenido: en vez de decir «Contenido», decía «Contents», como contenido en inglés y en plural. Así pasó todos los filtros y las revisiones, y así se fue a impresión. En ese caso me ayudó que fue un tiraje más bien reducido, de unos 200 ejemplares, entonces pocas personas vieron el error. Con el tiempo, uno aprende a tomar estos casos con humor. Pero no niego que, a veces, en las noches, me despierto a las tres de la mañana gritando: «¡No, no! ¡Contents no!». 

Amparo Polanía (20 años de experiencia, actualmente trabaja como independiente) 

Mi primera gran errata me pasó en la primera corrección que hice en mi vida profesional. Se trataba de un texto religioso, una novena al arcángel San Rafael que tomaba pasajes del libro de Tobías de la Biblia. En ellos se mencionaba varias veces la antigua ciudad de Ecbatana, que quedaba en lo que hoy es Irán. El problema es que en los textos originales que corregí estaba escrito «Ectabana». Y yo simplemente no confirmé cómo se llamaba la ciudad, di por hecho que el nombre estaba bien y así quedó escrito muchísimas veces. Cuando el libro se publicó, yo estaba feliz con el trabajo que había hecho, hasta que me llamó uno de los superiores, un sacerdote, y me dijo: «Mira, Amparo, aquí dice Ectabana». Y yo: «Claro que sí, padre». Y él: «Aquí también dice Ectabana». Y yo nuevamente: «Claro, padre». Ya entonces se impacientó y me dijo: «¡Es que la ciudad no se llama así!», y me explicó el error. Ya no había nada que hacer: el libro ya se había vendido así y solo se pudo corregir en la segunda edición. Eso fue terrible. Era mi primer trabajo y pasé una humillación grande. Me hizo sufrir mucho. Incluso le cogí miedo a ese librito, no quería ni mirarlo para no pensar en el error. Pero también me sirvió para aprender mucho. Aprendí a no dar por buenas las cosas que veía escritas. Aprendí a dudar de ellas. Aprendí que siempre tenía que confirmar e investigar. Fue horrible, pero fue una lección.  

Ñapa 

No todas las erratas son escritas. Algunos traumatizados correctores, como si de recuerdos de guerra se tratara, no logran olvidar aquellas que cometieron en la oralidad. Es el caso de Edith Carrasco, una correctora peruana con más de treinta años de experiencia, que asistió al congreso de Correcta en Bogotá y nos confesó lo siguiente: 

Hay una errata que me atormentó por mucho tiempo y que fue la burla de mis amigos. Resulta que una vez me pidieron que presentara un libro, que era una historia muy bonita que había escrito una amiga. El día de la presentación, para referirme al lugar en el que estaba hablando, me equivoqué y, en vez de decir «en este centro», dije «en este antro». En el Perú, como aquí en Colombia, esa palabra tiene una muy mala connotación. Yo, mientras la decía, ya me di cuenta de que me estaba equivocando. Fue una cuestión de una fracción de segundo, pero ya era muy tarde. Miré a mis compañeros, que me habían escogido porque se suponía que yo podía hablar mejor, y movían la cabeza de un lado al otro con reprobación y con una que otra risa.  

—Nota del entrevistador y transcriptor: le ruego a Titivillus, por la salud de mi alma y la defensa de mi honor, que me absuelva y conceda que este artículo salga publicado sin errata alguna.  

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