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Gonzalo Arango: el hombre antitodo busca a Dios

19 de mayo de 2026 - 1:48 pm
Hace cincuenta años murió el profeta del nadaísmo: el hombre que quemó libros en la Universidad de Antioquia, arrojó cápsulas fétidas contra congresos católicos y pasó por la cárcel por burlarse de la moral de su tiempo. Esa furia iconoclasta, sin embargo, enmascaraba una crisis espiritual que el escritor se reservó durante décadas y que se agudizó en un viaje tormentoso al Chocó: allí entendió que necesitaba creer en algo más grande que él.
Gonzalo Arango en Cromos
Imagen extraída de la edición de julio de 1965 de la revista Cromos.

Gonzalo Arango: el hombre antitodo busca a Dios

19 de mayo de 2026
Hace cincuenta años murió el profeta del nadaísmo: el hombre que quemó libros en la Universidad de Antioquia, arrojó cápsulas fétidas contra congresos católicos y pasó por la cárcel por burlarse de la moral de su tiempo. Esa furia iconoclasta, sin embargo, enmascaraba una crisis espiritual que el escritor se reservó durante décadas y que se agudizó en un viaje tormentoso al Chocó: allí entendió que necesitaba creer en algo más grande que él.

Gonzalo Arango volaba hacia Quibdó atrapado en un cielo de nubes densas y electrizadas. El avión revoloteaba entre relámpagos que parecían poder partir en dos sus alas. Abajo no había tierra firme, sino un río verde sin orillas. Con el miedo oprimiéndole la garganta, pensó en Sandra, la novia a la que antes de despegar había autorizado a reclamar su calavera y hacerse un cenicero de recuerdo si algo salía mal. Entonces el profeta nadaísta que se declaraba ateo se dijo: «Para no perecer en este pánico irracional, hay que tener fe en algo, en lo que sea». Aquel día de 1965, Arango se descubrió buscando a Dios, según narra en El Chocó, una crónica publicada en la revista Cromos.

El avión no pudo aterrizar en Quibdó. Bajó en picada sobre un potrero abierto en la selva. Lluvia, fango, ranchos de paja, una vegetación tupida que parecía tragárselo todo: estaba en Condoto, el corazón minero del Chocó. A las cinco de la tarde, la cabina era un horno. El hombre que optó por escribir crónica periodística para poder pagar el arriendo salió a buscar cigarros y vio una imagen de velorio: pasajeros apretados bajo una choza, con los ojos vacíos, sin ganas de hablar. Poco a poco, la niebla fue esparciéndose hasta borrar el avión del paisaje. Para esquivar la ansiedad, Arango se internó entre los árboles corpulentos y después avanzó hacia un caserío. Pasó una procesión de hombres y mujeres embarrados y sintió que él mismo se disolvía en el grupo: no era más que una molécula de oscuridad perdida en la noche.

A la mañana siguiente decidió entrar a la iglesia, pero el templo, con sus muros corroídos por la humedad y su aire de tumba helada, no le ofreció consuelo. Tampoco Dios estaba allí. La epifanía llegó después, cuando amainó la tempestad y por fin pudo aterrizar en Quibdó. Sentado de noche en un balcón frente al Atrato escuchó el susurro del agua, el remo lejano de una piragua, el aire saturado de cantos animales. Entonces entendió que lo que había buscado entre las paredes enfermas de la iglesia no estaba encerrado en ninguna parte: estaba afuera, en aquella intemperie suprema hecha de río y de selva. La naturaleza, pensó, no había sido expulsada del paraíso.

Crónica El Chocó Gonzalo Arango
La crónica El Chocó de Gonzalo Arango fue publicada originalmente el 5 de julio de 1965 en la revista Cromos.

Al otro día subió a una canoa, bebió chicha y pasó la noche ebrio en una estera bajo las estrellas. Pensó que el Chocó le estaba arrancando, uno a uno, sus vicios de ciudad: los «racionalismos amargos», la rumiación mental, la costumbre de ahogarse en la angustia antes de entregarse a vivir. Arango no vio a Dios como una aparición milagrosa. Lo sintió, más bien, en la fuerza que permite la continuidad de lo vivo: en los pájaros que regresan al nido, en los monos aulladores que se escuchan más de lo que se ven, en los peces que todavía chapotean en las canoas. Encontró un Dios de la inmanencia, no del dogma: una fuerza que fecunda la materia, enlaza a las criaturas y respira en el barro, en el agua y en los animales.

«Me tiendo sobre la tierra y la oigo germinar como un vientre. Es el amor de Dios quien la fecunda. Soy hijo natural de ese amor. De cara al cielo celebro mi vida como un milagro. Los últimos pájaros emigran a sus nidos en la selva. También ellos celebran con sus cantos la gloria de Dios. Mi corazón, como un petardo, estalla de dicha. Rezo en silencio a los dioses que ignoro. Dios debe ser este himno de adoración que sale del corazón de todo lo viviente», escribió en el cierre de su crónica El Chocó.

Gonzalo Arango, quien murió hace cincuenta años en un accidente de tránsito en Gachancipá, Cundinamarca, se hizo célebre por fundar en 1958 el nadaísmo, un movimiento contracultural empeñado en sabotear la moral conservadora, la solemnidad literaria y las buenas formas del país. Su método fue singular: propuso una revolución espiritual mediante la falta de respeto. Quemó libros canónicos en la Universidad de Antioquia, arrojó cápsulas fétidas contra congresos intelectuales católicos y pasó temporadas en la cárcel por ofender a las autoridades. Para un país educado en la reverencia al poder, Arango fue una anomalía: para unos, un ídolo del desacato; para otros, un pobre diablo con talento para el escándalo.

Nunca fue un periodista clásico. No llegó al oficio por vocación ni le interesó someterse a la disciplina de los reporteros acuciosos. En 1953, invitado por Alberto Aguirre e impulsado por la necesidad económica, debutó en la sede de la Agencia France Presse (AFP) en Medellín traduciendo cables en francés al tanteo, confiando más en el oído que en el diccionario y escribiendo noticias parcialmente falsas. Cuando lo despidieron por sus faltas éticas, no pidió indulgencia: «Libre otra vez para nada… ¡salvado!».

Después tuvo columnas de opinión en varios medios colombianos —Signo de Escorpión y Bolsa de Valores en El Tiempo, Todo y Nada en La Nueva Prensa, El Callejón de las Chuchas en El País, Heraldo Negro en El Heraldo y Última página en Cromos —. Pero fue a comienzos de los años sesenta, en esta última revista, donde encontró un campo abierto para desplegar su espíritu vagabundo, irónico, juguetón. En esta publicación de circulación masiva, leída en peluquerías y salas de espera de aeropuertos y clínicas, narró sus aventuras de la errancia y escribió algunas de las mejores piezas periodísticas de su generación, como señaló el maestro del oficio Juan José Hoyos.

Un retrato de Gonzalo Arango por Hernán Díaz.

De Arango no se podían esperar investigaciones exhaustivas sobre conflictos sociales, pero sí exámenes íntimos de conciencia a través del encuentro con otros. Se hizo cronista al exponer al poeta: lo sacó de la cueva y lo lanzó contra la realidad exuberante y agreste, la del Chocó, la de la Costa Caribe, la de San Andrés y Providencia, la del Amazonas. Entrevistó a deportistas, bandoleros, políticos, artistas, a sus propios compañeros nadaístas. A pesar de la diversidad de personajes, se repitió una constante: en sus icónicos Reportajes en onda corta, firmados con el seudónimo de Aliocha —en alusión al joven místico de Los hermanos Karamazov de Dostoievski—, las conversaciones suelen desembocar en Dios, el infierno, el suicidio, la culpa, la salvación, el agotamiento perpetuo de estar vivos.

Arango llevaba la reportería a un territorio existencial que conocía bien. Cada trabajo de campo era, en el fondo, una oportunidad para interrogar lo invisible. No se metió en el pantano de la realidad para explicar el mundo. Lo hizo para constatar si el mundo le daba una señal divina.

La revelación del Chocó fue más que una experiencia mística aislada. Anticipó la forma en que Arango elaboró una fe propia al final de su vida. A comienzos de los años setenta, cuando el escándalo nadaísta empezaba a apagarse y la provocación se había vuelto estéril, tomó una decisión: retirarse. Se apartó de los escenarios públicos y se replegó hacia la vida interior, el pacifismo hippie y la búsqueda de Dios. Cambió los zapatos de cuero por alpargatas, las camisas sobrias por telas encendidas, el ron y los cigarros sin filtro por la buena comida. Junto a Angelita, su último amor, quiso fundar en San Andrés y Providencia una suerte de comuna artística. De esa deriva nació Providencia, un libro publicado en 1972 en el que el antiguo incendiario escribe para afirmar lo que había descubierto. La revolución, ahora, consistía en neutralizar al ego y restablecer una armonía interior a través del sacrificio.

«Donde termina la razón empieza el infinito. Los libros son trampas de ratones con queso podrido de razones, alimento de ego y agonía. Es mejor saber vivir que saber escribir. El hombre solo puede nacer del parto con dolor de su propio ego», escribió.

Gonzalo Arango, al final, no encontró a Dios en las estructuras que había combatido —la moral católica, la familia tradicional, la respetabilidad burguesa—. Lo halló en una fuerza más elemental: aquello que hace germinar la materia y permite la continuidad de lo vivo. Su Dios, más que una autoridad, fue una energía de fecundación. Por eso cambió la razón por el sentir. Pensó que seguir acumulando lecturas solo prolongaría el aturdimiento. En Providencia escribió contra los «egos literarios hartos de razones» y dejó una instrucción que parece cerrar, años después, la epifanía del Chocó: «¡Escribe con sangre verde, que es la savia de la vida!».

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