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En una larga carta para su iglesia entera, y para todos los hombres y las mujeres que viven sobre la tierra, el papa León XIV habla de la magnificencia de la humanidad. La carta, que tiene la forma de un pequeño libro, se titula Magnifica humanitas. Como las cartas no suelen ir encabezadas por un título, sino por el nombre de su destinatario, se entiende que el título que aparece en la portada del libro es el nombre del destinatario: la humanidad magnífica, a quien el autor dirige la explicación de qué significa la humanidad y cómo es magnífica.
La carta contiene y a la vez da contenido a la humanidad, que la encabeza. Como el hombre, como la tierra, como las ciudades y los jardines, y como la Iglesia —y a diferencia de la inteligencia artificial—, es un cuerpo.
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Aunque la carta no se ocupa explícitamente de la conformación etimológica del adjetivo del título, en su planteamiento lo contempla. «Magnífica» no sólo quiere decir espléndida o excelente o grandiosa. La palabra latina está compuesta por otras dos: «magnus», que significa grande, y el participio «faciens», del verbo «facere», que significa hacer. La grandeza —la belleza— de la humanidad es relativa al hacer: a la obra y el trabajo. El ser humano es espacioso cuando se activa y realiza cosas; se engrandece al construir su mundo y al construirse a sí mismo. Y es grande, también, por haber sido hecho. Es la obra capaz de obrar: de relacionarse y de participar en la creación que la creó. En su vínculo constructivo —de gracia e imaginación— con el espíritu que la infunde, la persona humana desarrolla su dignidad, es decir, la posición que tiene en el universo y con respecto a todas las cosas.
El título de la encíclica anuncia lo que esta contendrá de nuevo y llamativo: la exhortación a custodiar el esfuerzo y la creatividad (la magnificencia) del ser humano ante la posible sustracción de humanidad por parte de la inteligencia artificial.
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Por medio del trabajo digno y libre que le es propio («un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura del encuentro en una pluriforme armonía», según el papa Francisco, citado por León XIV), el ser humano se construye y edifica su ciudad, que es su imagen y es el lugar donde puede alcanzar su plenitud. Para hablar de la morada y del cuerpo vivo de la persona, la encíclica Magnifica humanitas contrasta el relato de la reconstrucción de las murallas de Jerusalén, del libro de Nehemías, con el relato de la torre de Babel, del Génesis.
Babel, cuyos hacedores hablan una sola lengua, se alza hacia el cielo en un solo sentido. Es uniforme y unívoca. No tiene una altura prevista (ni lograda), sino que aspira a lo ilimitado, que es, también, no aspirar a nada. La torre de un solo sentido se pierde sin sentido en las nubes y, tras su interrupción, se revela como la construcción inútil y precipitada de una ruina. Podemos decir de ella que es una ciudad virtual y asimilarla a la inteligencia artificial.
Por su parte, Jerusalén constituye una protección. Es limitada y limita. Sus muros incluyen al circundar. Sus obreros son individuos con nombre propio y con labores precisas en puntos del espacio que a su vez tienen nombre —lo que no sucede con los constructores impersonales de la desubicada torre de Babel—, y eso hace que la ciudad aparezca en nuestra imaginación como un lugar habitable y descriptible: «La puerta de la Fuente la reparó Salún, hijo de Coljozé, jefe del distrito de Mizpá. La construyó, la cubrió y fijó sus hojas, barras y goznes. También restauró el muro de la alberca del canal, que está junto al huerto del rey, hasta las escaleras que bajan de la ciudad de David… Desde la puerta de los caballos repararon los sacerdotes, cada uno frente a su casa. Después de ellos reparó Sadoc, hijo de Imer, frente a su casa. Después de él reparó Semaías, hijo de Secanías, encargado de la puerta Oriental…» (Neh 3, 15-29).
La reconstrucción de Jerusalén, en la que todos participan, crea el espacio («la puerta de la alberca del canal, que está junto a…») y hace que surja el tiempo: «Después de él reparó Semaías…»). La ruina vuelve a albergar, y el pasado se une al presente y se dedica al futuro. La obra «reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras. La antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión», dice la encíclica.
Puesto que no conduce a nada ni puede habitarse, Babel —la ciudad de la insalvable distancia— existe en la imaginación como una acumulación uniforme e infinita de desperdicio. Jerusalén —la ciudad de la presencia—, en cambio, es una casa que integra. En tanto que tiene límites y rasgos, puede albergar un corazón y ser un cuerpo. Su recuperación promete, además, el regreso al jardín de Edén: el lugar que guardamos en nosotros, de donde decimos provenir y al que hemos de volver, y donde somos más nosotros mismos, más humanos.
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Por medio de la inteligencia artificial, la tecnología que hemos ideado tiene la pretensión de superar al ser humano. «Edifiquemos una ciudad y una torre con la cúspide en el cielo y hagámonos famosos» (Gn 11, 4), dicen los constructores de Babel. Aspiran a transformarse, ellos mismos, en una torre cuyo final sea invisible. Solo si se identifican con la torre inerte se harán famosos, que es una forma de no morir. Su plan es deshumanizarse para durar.
A la opción babélica de la deshumanidad se contrapone la idea de superar la muerte buscando la plenitud de la condición humana. El papa Francisco dice, citado por León XIV, «La humanidad magnífica y herida no debe ser sustituida ni superada», y nos recuerda que en la definición del ser humano está ya la superación del ser humano: «Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos; cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero».
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La manera como el ser humano se descubre a sí mismo y llega a ser una plena obra y un cumplido artífice es inseparable de la manera como imagina e incorpora a todos los demás. La integridad de la persona humana comprende la unificación de todas sus partes, dimensiones y posibilidades, así como la consideración de todas las demás personas. A este propósito, Magnifica humanitas recuerda lo dicho por Pablo VI, que «describe el desarrollo como el paso de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas y lo entiende como un proceso que atañe “a todos los hombres y a todo el hombre”. Es decir, a todas las dimensiones de la persona y a todos los pueblos, sin excepción».
La limitación conforma, junto con la integridad, la dignidad humana. El límite de la persona (la encarnación, el nacimiento, la mortalidad, el padecimiento, la vulnerabilidad) es un espacio de pureza «en el que el ser humano madura y se abre a la relación». A través del límite suscitador de la relación, el hombre alcanza paradójicamente la infinitud de su dignidad —es «introducido en el seno de una vida inextinguible», como explica la encíclica recordando a santo Tomás—. Es en relación como el ser humano muestra que ha sido creado a imagen del Dios del cristianismo que, siendo tres personas, es también el vínculo entre las tres: «amor en relación, que se da recíprocamente y se comunica al mundo».
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Mientras que el hombre es la imagen completa y misteriosa de Dios y de la creación, los sistemas automatizados de la inteligencia artificial aspiran a remedar un fragmento del hombre (sus operaciones mentales). El lenguaje de la máquina, que no escucha ni procede de un ser completo, es el simulacro de un lenguaje. «Cuando la palabra es simulada, no constituye una relación, sino una apariencia», dice León XIV.
De acuerdo con el papa Francisco, nuevamente citado por el papa León, los sistemas automatizados «no conocen la compasión, la misericordia ni el perdón, ni, sobre todo, la apertura a la esperanza de cambio en el individuo». La inteligencia artificial, que desconoce el desarrollo del hombre en el tiempo (su capacidad de desarrollarse y ser más que humano y, por supuesto, más que la inteligencia artificial), sería entonces un producto de la ignorancia del hombre con respecto a su propia magnificencia.
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El adjetivo «magnífica» del título de la encíclica papal hace pensar en «Magníficat», el nombre que se ha dado al himno que la virgen María canta en el episodio de la Visitación, en el evangelio de san Lucas. El episodio de la Visitación, que el papa León invoca al final de su carta sobre la custodia de la persona humana frente a la tecnología y la inteligencia artificial, puede ponerse en el corazón de la empresa que debe acometer el ser humano para cuidar la humanidad y humanizarse.
María, con Jesús en el vientre, llega a pasar un tiempo donde su prima Isabel, que a su vez está embarazada con Juan el Bautista. Al escuchar el saludo de María, el niño que está dentro de Isabel salta de alegría. Isabel, entonces, bendice emocionada a su prima, quien al oírla prorrumpe en su cántico: «Alaba mi alma la grandeza del señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava. Desde ahora, todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso. Santo es su nombre, y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen» (Lc 1 46-50).
La oración se ha llamado «Magníficat» por su primera línea en latín: «Magnificat anima mea Dominum». María dice que su alma alaba a Dios. Lo dice, en la traducción de la Vulgata, con el verbo magnificare. El alma de María magnifica a Dios; lo reconoce como magnífico — lo hace magnífico— por cuanto él la ha magnificado a ella (ha hecho en ella «cosas grandes»).
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La escena en la que surge el «Magníficat» nos emociona —nos amplifica, realiza algo grande en nosotros— porque ofrece a nuestro entendimiento el misterio de la transmisión y del tiempo: el momento en que María se da cuenta de que se extenderá a través de las repeticiones y las renovaciones de la historia («Las generaciones me llamarán bienaventurada»). La permanencia y la transformación de María son inseparables de su existencia de generación en generación. Con el himno que compone, ella se da cuenta de que su extensión (su magnitud) consiste en vivir, a través de la gracia de su obra (no solo de la gestación y la crianza a Jesús, sino también del mismo poema del «Magníficat»), en los que vendrán —en otros que no serán ella misma—. María celebra el límite y la relación que, según la encíclica Magnifica humanitas, son definitorios del ser humano. Su pequeñez, recibida en la altura, la hace grande.
En la escena de la Visitación, sucede que María se aparece en nuestra imaginación —en nuestro interior— al tiempo que Jesús —el Dios encarnado en ella— aparece en la imaginación de Juan y de Isabel. La encarnación da lugar a la inclusión de la imagen del otro en nuestro seno, y esa inclusión da paso a la composición poética, que bendice. En cuanto siente a su futuro niño saltar de gozo por la intuición de la presencia extraña y familiar, Isabel exclama: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre» (Lc 1, 42).
Lo humano, que es lo divino, se custodia en lo que —a diferencia de la inteligencia artificial— crece interiormente: en su propio corazón y en la consciencia de sí mismo —como María en su cántico— o dentro de otro cuerpo —como Jesús en María—.
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El himno con el que María reconoce la magnificencia de Dios y la propia no solo surge con la condición de lo que crece interiormente sino también con la condición de la relación entre los cuerpos. El «Magníficat» surge como respuesta a la bendición de Isabel, que a la vez responde al salto de Juan, que reconoce a su primo Jesús de vientre a vientre (pues los seres humanos pueden saber lo que no se sabe, a diferencia de la inteligencia artificial, que solo puede saber lo sabido).
Para que el futuro Jesús y el futuro Juan se presientan en sus ciudades respectivas, protegidos y circundados por la carne, María e Isabel tienen que estar en presencia la una de la otra y mirarse mutuamente el rostro. «Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado», dice la Magnifica humanitas.
La escucha mutua, la visita y el saludo —los gestos de la hospitalidad— permiten la dicha, la celebración, la amistad y la consciencia de trascendencia. La relación de intimidad de la Visitación contrasta con la cercanía sin intimidad de la inteligencia artificial, transmisora de mensajes que no proceden de cuerpo alguno.
María custodia «la humanidad habitada por Dios» (que es nuestra naturaleza, expresada en la frase con la que se concluye la encíclica). En su vientre, donde crece un nuevo cuerpo —donde el humano se hace más humano—, se reconstruye la morada de la gente: la Jerusalén del libro de Nehemías y el jardín del Génesis. Como la carta que nos ocupa, María contiene a la magnífica humanidad. ¿Contendrá en su profundo vientre también la torre de Babel de la inteligencia artificial, en tanto que también ella es creación del hombre y de Dios?