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Arquitortura bogotana: el hueco

7 de junio de 2025 - 1:20 pm
Entre grandes edificios, grietas subyacentes y una ciudad que no para de crecer, los principales hitos del urbanismo contemporáneo en Bogotá reflejan los intentos de darle orden y sentido a una ciudad hostil, dinámica y en contradicción con sí misma.
El hueco, de Santiago Reyes Villaveces. Cortesía del artista.
El hueco, de Santiago Reyes Villaveces. Cortesía del artista.

Arquitortura bogotana: el hueco

7 de junio de 2025
Entre grandes edificios, grietas subyacentes y una ciudad que no para de crecer, los principales hitos del urbanismo contemporáneo en Bogotá reflejan los intentos de darle orden y sentido a una ciudad hostil, dinámica y en contradicción con sí misma.

Una de las visitas guiadas más reveladoras a la exposición El Hueco, de Santiago Reyes, en la Galería Santa Fe, fue protagonizada por un grupo de personas ciegas. Paso a paso, a un ritmo cauteloso y bajo un palpitar expectante, los visitantes recorrieron los accidentes geográficos de esta muestra de realismo urbano.

Con sus bastones como extensiones táctiles y el acompañamiento de los guías —ahora doblemente guías: de la exposición y del espacio—, las personas ciegas exploraron este escenario teatral y radical, montado a ras de suelo y dispuesto como un almacén disfuncional de materiales para construcción de grandes superficies: un museo del hueco que atesora todos los huecos de nuestra pobreza urbana. Una detallada antología de lo hecho, maltrecho y rehecho; una obra cívica tan anónima como colectiva, una hechicería de todos y un hechizo de nadie.

Nuestro espacio urbano, locuaz en el discurso inaugural del político de turno, mendaz y sufriente en su mantenimiento posterior, es una cicatriz continua y fracturada que atraviesa la cotidianidad dolorosamente bogotana, donde hay tanto de vandalismo como de venganza: la catarsis anárquica de la ciudadanía desmemoriada se rebela ante la pedagogía embrutecedora del espacio maltratador como maestro.

<i>El hueco</i>, de Santiago Reyes Villaveces. Cortesía del artista.
El hueco, de Santiago Reyes Villaveces. Cortesía del artista.

Bogotá como una ciudad que vive en el apremio de una obra —en estado de construcción y destrucción permanente— es una enseñanza urbanita en jungla de asfalto, donde la educación entra —literalmente— con el hueco.

Al final del recorrido por este parque de desagradables atracciones, uno de los asistentes invidentes confesó que, ante el desafío de las calles, había optado por resguardarse en su casa y no volver a salir. Frente a este retrato realista de la desventura cotidiana, ese caminante bogotano —y de Bogotá como el miedo hecho materia— confesó que sentía terror, pánico, ante la aparición impredecible —pero certera— de estas trampas mortales. Ese territorio minado es su amenaza vital.

Este escenario —producto de una sucesión descoordinada de actos deliberados de constructores formales e informales, contratistas avaros, subcontratistas a destajo, arquitectos del render, diseñadores del «horrender», y políticos que van a tomarse la foto pero nunca vuelven a pisar un terreno por donde no se pasea el poder— produce ruinas instantáneas y convierte cada paso en una lotería mortal para la integridad física.

Otra persona ciega hizo una revelación táctil: nunca había «tocado» un hueco. En esta exposición, donde se camina sobre el arte —contrario al clásico «favor abstenerse de tocar las obras»—, pudo palpar los materiales, advertir los bordes, sondear el vacío, sentarse al borde del abismo invaginado y tantear la dimensión de sus miedos.

Esta experiencia sensorial reveló una paradoja inesperada: mientras la ciudad real los había expulsado de sus calles por la amenaza invisible de los huecos, el arte les ofrecía un espacio seguro para explorar y comprender esos mismos peligros. La exposición se transformó así en un territorio de reconocimiento, donde el miedo podía ser tocado, medido y, quizás, vencido.

<i>El hueco</i>, de Santiago Reyes Villaveces. Cortesía del artista.
El hueco, de Santiago Reyes Villaveces. Cortesía del artista.
<i>El hueco</i>, de Santiago Reyes Villaveces. Cortesía del artista.
El hueco, de Santiago Reyes Villaveces. Cortesía del artista.

II.

En el corazón de la exposición El Hueco se encontraba una locuaz recreación de una de las obras cumbre de la arquitortura bogotana: la baldosa escupidora. Ese paradigma de la renovación urbana hecha a punta de pequeños y económicos ladrillos rectangulares, dispuestos y dormidos sobre una cama de arena, pretende imitar al adoquín antiguo, aunque carece de su forma de prisma trapezoidal —esa que, cuanto más peso recibe, mejor encaja como una cuña—.

La cohesión fingida de ese tetris inestable se revela cuando una de sus piezas despierta, se desprende y desacomoda. Entonces, al menor contacto del caminante con el desnivel, la losa escupe un chisguete de agua que reposa en su base: lluvia mezclada con orines  y secreciones varias, humanas y no humanas, que moja el zapato, la media y los dedos del incauto. En la exposición, se cuidó que la baldosa escupidora estuviera siempre en funcionamiento, permitiendo que esa pieza característica del contratismo urbano escupiera y nos permitiera, con humor resignado, escupir nuestras propias desventuras.

El arte como espacio para el trauma, para hablar de lo que no se habla, para exponer la disonancia cognitiva y sus huecos. Por kilómetros, recorremos los pasajes de centros comerciales que se reproducen por toda la ciudad, priorizando los espacios privados sobre los públicos. Visitamos en familia esos templos del capitalismo que, además de productos, nos venden la brillante ilusión de un paraíso diseñado al que tenemos acceso si aceptamos vivir bajo el yugo eterno de una funcional y culposa deuda.

En las zonas adineradas de la ciudad —donde el metro cuadrado es más costoso, hay más verde y más andenes— es, paradójicamente, donde menos se transita la calle. Solo se ven guardaespaldas o celadores o empleadas de servicio apuradas, dando largas caminatas por trochas a manera de atajos para llegar a tiempo a sus extensas y regladas jornadas laborales. Mientras tanto, las zonas más pobladas de Bogotá están vaciadas en gris cemento, con andenes más estrechos y obras siempre interminables: el roto sobre el roto para reparar el roto. La mentira del político y del urbanista mentiroso que pretende tapar un hueco con otro ante la mirada impasible del curador urbano, que recibe sueldos y coimas por cada metro cuadrado descuidado.

«Me encanta vivir en Bogotá», dice el actor, humorista y presentador Santiago Moure, y añade: «la transición entre Bogotá y la muerte es casi imperceptible». La frase del urbanita contemporáneo —que desde hace décadas comenta la arquitortura bogotana con desatino calculado— encuentra respaldo en las cifras: un informe de 2023 del Instituto de Desarrollo Urbano (IDU) señala que, de los 28 millones de m² de andenes, un 42% está en regular o mal estado.

Estas cifras podrían sugerir que el vaso está medio lleno, pero son un tecnicismo que camufla una resignación básica: que poner cemento y uno que otro arbusto —que no sobrevivirá ni a su etapa embrionaria— equivale a una intervención ambiciosa. Una intervención que en vez de privilegiar la escala humana, promueve la lógica privada, la industria automotriz y el mercantilismo del capital inmobiliario.

Ese sálvese quien pueda es un modelo consensuado que hasta los menos favorecidos imitan: vivir de puertas para adentro, de pantallas para adentro, en habitáculos cada vez más estrechos, en edificios cada vez más altos, construidos con materiales genéricos, acabados con plásticos imitación madera, aserrín imitación madera y fachadas planas de lámina de ladrillo imitación ladrillo. Y todo ese castillo de naipes se derrumbará al primer cimbronazo del temblor que hace rato nos ronda.

III.

El primero de noviembre de 2024, el alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán, apareció en el centro de la ciudad para dar otro discurso en una obra que acumula casi tres décadas de fatigadas entregas y reaperturas oficiales: el Eje Ambiental.

Ese sueño bocetado por Rogelio Salmona —un canto del cisne del gran arquitecto que modeló la sinuosa calle 13 desde San Victorino hasta la Quinta de Bolívar, bajo la falda de Monserrate— prometía un sendero peatonal acompañado de una serie continua de espejos de agua que emularan el recorrido del río San Francisco. Aquel río que articuló la ciudad desde su fundación y fue enterrado bajo el pavimento en nombre de la salubridad y de cierta estética moderna.

El sueño de Salmona se transformó en una pesadilla, el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones. Una ruta de Transmilenio, colada en el proyecto, desvirtuó la intención inicial y desacomodó por años el adoquín de ladrillo de su vía. El sendero, con sus rampas y piso en ladrillo, se convirtió en un patinódromo resbaloso para los pocos peatones que se atreven a cruzar ese campo minado de muestrarios coprológicos. Las láminas de agua terminaron como desangeladas pocetas mugrientas que se llenan y vacían según la programación contractual de turno. Cuando fluye el agua, el sentimiento que despierta es una melancólica flotación de basura que se arremolina en los ductos tapados.

Hace unos tres años se decretó el fin del «Cartel de la Baldosa Escupidora» en el Eje Ambiental. Se abandonó, al menos en la vía vehicular, la práctica de tres décadas de contratismo clientelista basada en el tetris de ladrillos desprendibles. El nuevo contrato reemplazó la calzada por un pavimento impreso que remeda con patrones el adoquín antiguo, mientras en las zonas peatonales se intenta —con parches desiguales— mantener el rompecabezas de ladrillo en mejor estado. Pero a medida que uno baja desde la carrera Séptima hacia la Décima, el efecto gentrificador de las universidades de élite se diluye en la costra mugrienta del suelo y el relato del río se ahoga en aguas más turbias.

La erradicación de la baldosa escupidora frenó, momentáneamente, el ciclo mafioso de las obras chambonas que requieren ser recontratadas en temporada preelectoral. El contrato actual, destinado a romper el hechizo del Eje Ambiental, está presupuestado en más de trece mil millones de pesos. ¿Cuántos contratos similares se han firmado en los últimos treinta años para una obra que, increíblemente, sigue sin terminar?

IV.

Durante su visita al hito patrimonial de la corrupción urbanística bogotana, el cultivado delfín político —primer mandatario del segundo cargo más importante del país— pronunció el siguiente mensaje:

«Recibimos en un 9% cuando llegamos y en este momento vamos en un 71%. No estaba incluido en ese contrato el parque de Los Periodistas, y nosotros decidimos incluirlo y adicionarle una zona hasta la calle 19, ahí queda la estación de Las Aguas, hacer la intervención en ese espacio público que suma casi tres mil metros adicionales y en total son seis mil. Esto hace parte del esfuerzo grande que estamos haciendo y hemos llegado a más de 1.300.000 metros cuadrados de intervención en conservación en Bogotá, de esos 255.000 en espacio público. Hoy entregamos este parque y vamos a seguir trabajando para terminar todo lo relativo al Eje Ambiental».

El relanzamiento de la obra consistió, esta vez sí, en poner bien los ladrillos de la plazoleta, repintar —con un grafiti decorativo tan repetido como anodino— la desangelada banca de concreto que enmarca la zona verde colindante. Se lavó la plaza por un día, se cepilló el prado de excrementos, se cortó el pasto, se montó el evento. Al día siguiente, todo volvió a su curso natural: la inercia de la resignación, la planitud del deterioro gradual.

La obra del Eje Ambiental le sirvió al alcalde como ensayo para el gran discurso inaugural del metro de Bogotá. Una especie de preámbulo escénico para capitalizar ese efecto Alka-Seltzer: efervescente, momentáneo, mediático. Otro hito que engrose su hoja de vida y le impulse hacia su destino manifiesto: la Presidencia. Un efecto burbuja que oculte —aunque sea por unos días— su desastrosa política ambiental, en especial la expansión urbana hacia el lejano norte, donde se repiten, como en un ciclo vicioso, los errores ambientales del pasado: urbanización sin planificación, destrucción de humedales, esa conversión del verde en gris para favorecer al interés de grandes operadores privados.

V.

Con el avance de las obras del metro, en la Avenida Caracas —desde la calle 13 hacia el sur— se percibe, por momentos, una promesa de espacio, una brizna de oportunidad para una renovación urbana. Algo parecido a una esperanza: liberar terreno, mejorar los tiempos de desplazamiento en rutas largas, reducir la tortura diaria de quienes viven condenados a los trayectos eternos.

Recuerdo, en los años ochenta, antes de las alcaldías y las alcaldadas de todos los alcaldes por venir, una historia que me marcó. Trabajaba como mesero en un restaurante del norte de Bogotá. Una mujer, recién contratada, llegó tarde al tercer día. Me explicó su retraso: «el primer día, el bus cebollero que tomé en el suroccidente, me recogió. El segundo, también. El tercero, paró porque vio otros pasajeros en el paradero. El cuarto, paró a regañadientes. El quinto, levanté la mano, pero el chofer siguió de largo». La semana siguiente, cuando logró subirse, le preguntó al conductor por qué la evadía. Él le respondió: «Es que usted me sale muy cara. Me ocupa el puesto toda la ruta desde el sur hasta el norte».

Ahí estaba resumida la lógica perversa del transporte público de entonces —y de ahora con la concesión de Transmilenio—: una ciudad en la que los más pobres viajan más lejos, ocupan más tiempo, se vuelven «pérdidas» para un sistema que castiga la duración, no el destino.

Si el metro elevado mejora, siquiera un poco, la experiencia de transporte para cientos, miles, o tal vez un módico millón de personas, algo habrá sucedido. Pero de la calle 13 hacia el norte, lo que salta a la vista es otra cosa: la pobreza urbanística convertida en sentencia. El metro sobrevuela una Caracas condenada a ser una cesárea urbana perpetua sobre el cuerpo de la ciudad: un tajo gris, estrecho y violento, sin redención ni sombra.

VI.

Para visitar la exposición El Hueco, de Santiago Reyes, en pleno centro de Bogotá, hay que sortear todo tipo de obstáculos y peligros, horas de tráfico, obras inconclusas. Al llegar, con los ojos bien abiertos para ver por dónde pisa, uno dice, claro, en país de ciegos, el artista es rey.

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