ETAPA 3 | Televisión

A mi hermano no le gusta llamarse Juan Gabriel

31 de octubre de 2025 - 12:02 am
A propósito del estreno de la serie Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero, el autor reflexiona sobre la relación de su familia con el Divo de Juárez, los corazones rotos que albergan sus canciones tristes y las disidencias sexuales en los pueblos.
Juan Gabriel
Juan Gabriel escribió más de mil ochocientas canciones y la mayoría no las cantaba él. Escribió para otros. Sintió para otros. Fue muchos otros. Porque podía saber cómo se sentían otros y cómo expresar lo que sentían otros. Era omnisciente también. Como Dios. No hay hombre más triste que Juan Gabriel en sus canciones. Ni mujer más triste. Ni marica más triste. Ni loca más triste. Juan Gabriel sufrió por la humanidad entera. Por todos nuestros corazones rotos.

A mi hermano no le gusta llamarse Juan Gabriel

31 de octubre de 2025
A propósito del estreno de la serie Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero, el autor reflexiona sobre la relación de su familia con el Divo de Juárez, los corazones rotos que albergan sus canciones tristes y las disidencias sexuales en los pueblos.

Mi hermano menor se llama Juan Gabriel. 

Así le puso mi mamá. 

Cuando mi mamá dijo «Quiero llamar al niño Juan Gabriel», mi papá solo respondió: 

«Es un nombre lindo». 

Ahora creo que no le importaba mucho. O que lo consideraba una transacción. Un pago apenas justo porque un año antes ya había logrado ponerme a mí su nombre y, por lo tanto, el nombre de mi abuelo: José.

Cuando mi hermano nació, en 1987, el otro Juan Gabriel, el mexicano, tenía más de quince años de carrera. Había compuesto ya muchas de sus canciones más populares: «No tengo dinero», en 1971; «Siempre en mi mente», en 1978; «El Noa Noa», en 1980; «Querida», en 1984. Y a finales de 1986, sacó al público «Hasta que te conocí», que es una de las canciones más importantes de mi vida e imagino que de la vida de mi mamá, porque mi hermano se llamaría Juan Gabriel unos pocos meses después. 

Mi mamá había crecido con la música de Juan Gabriel y había tenido tiempo de sobra para entender que era un hombre al que valía la pena darle un hijo. 

 

***

Juan Gabriel le compuso una canción al pueblo en el que nació.  Se llama «Parácuaro». La canción. Pero también el pueblo. Y en la canción Juan Gabriel dice que extraña las mañanas soleadas de Parácuaro, de ese pueblo de campesinos que siembran la tierra con cariño y desde donde el mundo puede ser mirado sin filtro en la época de cosecha. 

Es la oda de un hombre que ha envejecido en el mismo lugar y que lo ha visto transformarse o ser el mismo a lo largo de los años y luego debe irse y recordarlo. 

Pero la verdad es que Juan Gabriel solo vivió en Parácuaro siete meses, porque su familia se mudó a Ciudad Juárez cuando él ni siquiera había aprendido a decir su primera palabra. 

Juan Gabriel era un gran ficcionador, que no es lo mismo que mentiroso. Inventaba lo que sentía, pero lo sentía de verdad y al sentirlo lo creaba para todos. El Parácuaro de su canción es tan real como el Parácuaro de Michoacán.

 

***

Hubo un tiempo en que mi hermano quiso llamarse Juan Camilo.

Mi mamá recibía las llamadas en la casa y le decían:

«Buenas, ¿tan amable Juan Camilo?».

Y mi mamá decía:

«¿Cuál Juan Camilo?».

Y al otro lado le decían:

«El que vive ahí». 

«Está equivocada, niña», decía mi mamá. «Aquí no vive ningún Juan Camilo».

Y del otro lado le decían:

«Sí. Yo ya he hablado con él por acá». 

«¿A qué número marcó?», preguntaba mi mamá.

Y al otro lado le dictaban el número, que efectivamente era el número de la casa, y entonces mi mamá, que en realidad todo esto lo esperaba, decía:

«Tan raro. Será Juan Gabriel. Aquí solo vive un Juan. Pero es Juan Gabriel».

«De pronto es ese», le respondían. «Pero él me dijo que se llamaba Juan Camilo». 

Y mi mamá gritaba:

«¡Juan Gabriel!, ¡lo necesitan al teléfono!».

Y mi hermano, al que no hacía falta que le gritaran porque ya estaba al pie del teléfono hacía rato, casi siempre desde el principio de la llamada, se lamentaba, con un puchero:

«Pero, ma». 

Y mi mamá lo cortaba:

«Pero nada», le hablaba como si estuviera muy lejos todavía. «Para qué es tan payaso. Usted se llama Juan Gabriel. ¿Oyó? Juan Gabrieeeeeel. Dizque Juan Camilo. Como bobo». 

La razón por la que a mi hermano no le gusta llamarse Juan Gabriel es obvia: porque le parece que es nombre de marica.

 

***

Me gusta la imagen de un Juan Gabriel de pueblo. 

Porque hay tres canciones de Juan Gabriel que, para mí, representan perfectamente el arco dramático de un marica pueblerino en busca del amor: «Será mañana», que lanzó cuando tenía poco más de veinte años. «Yo no nací para amar», que sacó cuando tenía treinta. Y «Hasta que te conocí», que se hizo famosa cuando Juan Gabriel se acercaba a los cuarenta. 

En «Será mañana», el marica de pueblo, condenado al clóset por defecto, cree que el amor es posible: que el lunes o el martes, en cualquier instante, vendrán a tocarle las puertas de su corazón. En «Yo no nací para amar», ese mismo marica ha tenido tiempo suficiente para entender que el amor es posible, pero para otros: «Una soledad cada vez más triste y más oscura yo viví». En «Hasta que te conocí», este hombre obligado a desear en secreto que logra encontrarse con otro hombre obligado a desear en secreto ha sido irremediablemente atrofiado para amar: «Ahora quiero que me digas si valió o no la pena haberte conocido».

Yo sé que esto es arbitrario, desde luego. Que es una ficción que he creado en mi cabeza, como marica que ha crecido en un pueblo. Pero es tan cierta para mí, tan concreta, como el Parácuaro que Juan Gabriel extrañaba en su canción.

A partir de su incapacidad para amar, quiero creer, Juan Gabriel imaginó. Imaginó para sí mismo el fenómeno de amar y lo imaginó para otros. Cada una de sus canciones de amor es una respuesta a esa imposibilidad.

 

***

Una vez estuve en México y me sorprendió lo mucho que sentía que no me había ido de Colombia. 

En el pueblo en el que crecí, y en la mayoría de los pueblos antioqueños, a los hombres como Juan Gabriel los llaman locas

Casi toda expresión de diferencia, no necesariamente de diversidad sexual, cabe en esa palabra enajenada. 

Es loca el homosexual. Y la mujer que piensa diferente. Y la mujer trans. Y el hombre delicado. El que se trasviste: loca. El muchacho más débil del grupo: loca. El que no juega fútbol: loca. Es loca el que hace teatro y el que baila y el que canta y el que tiene una voz aguda y el que le cae mal a la persona equivocada y el solitario y el silencioso y el que es notablemente más listo o más sensible.

Loca. 

Hasta hace un tiempo solo me parecía una palabra terrible. Pero leí un libro de Guillermo Correa, Locas de pueblo, que cambió en algo mi percepción. La loca de los pueblos antioqueños, para Guillermo, es una «loca mimética y estratégica; la loca de la resistencia y la complacencia; la loca grieta y norma; la loca que permanece e insiste en su singularidad».

Juan Gabriel era una loca de pueblo.

Pero superior.

La madre de las locas de pueblo. 

Una loca de mundo. 

La única. 

 

***

Envidio su nombre. 

El de mi hermano.

Me parece que le han dado un premio inmerecido.

Y no lo merece porque no lo comprende.

Y no lo comprende porque se niega a ver lo obvio:

Que Juan Gabriel es el hombre más hermoso que ha parido este mundo.

Que es un sol que brilla generosamente para todos.

Que llamarse como él es tener un poco más de su luz que el resto de los mortales. 

Que si mi mamá decidió llamarlo Juan Gabriel  significaba que lo amaba más que a nadie.

Más que a mí.

Más que a mi papá.

Más que a ella misma.

En algún momento de su segundo concierto en Bellas Artes, Juan Gabriel dijo: 

«Sin la gente no hay Dios».

Celebraba veinticinco años de carrera y, nostálgico, había acabado de soltar al aire que un día tenía que morirse y el público le gritaba que no, que él no iba a morirse nunca. Y después de los gritos y los aplausos, Juan Gabriel dijo entonces que bueno, que iba a hacer caso porque él estaba ahí para obedecer a la gente y que si la gente insistía tanto en que no se iba a morir, pues seguramente tenía la razón.

Sin la gente no hay Dios.

Sin Juan Gabriel no hay Dios tampoco.

Porque Dios es Juan Gabriel. 

La prueba es que Juan Gabriel es omnipresente. 

Cada persona nacida en Latinoamérica conoce al menos una canción de Juan Gabriel. Hace parte de su educación sentimental. Incluso mi hermano. Y aún hay gente que conoce canciones que son de Juan Gabriel y no sabe que son de Juan Gabriel. Como «Amor eterno». Que muchos piensan todavía que es de Rocío Dúrcal y que trata sobre un hijo muerto. Pero no. O «Así fue», que algunos creen que es de Isabel Pantoja y que trata sobre un esposo muerto. Pero no. O «De mí enamórate», que Juan Gabriel escribió para Daniela Romo, aunque no he encontrado evidencia de algún muerto involucrado. Escribió «Lo pasado, pasado», que canta José José.Y «La diferencia», que canta Vicente Fernández. Y «La mentira», que canta Luis Miguel. Y «Gracias a Dios», que canta Thalía. Y «Mañana, mañana», que canta Cristian Castro.

Juan Gabriel escribió más de mil ochocientas canciones y la mayoría no las cantaba él. 

Escribió para otros.

Sintió para otros.

Fue muchos otros.

Porque podía saber cómo se sentían otros y cómo expresar lo que sentían otros.

Era omnisciente también.

Como Dios. 

No hay hombre más triste que Juan Gabriel en sus canciones. Ni mujer más triste. Ni marica más triste. Ni loca más triste. Juan Gabriel sufrió por la humanidad entera. Por todos nuestros corazones rotos. 

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