ETAPA 3 | Televisión

La cineasta que desnudó la utopía roja

17 de noviembre de 2025 - 1:17 pm
Daniel Chavarría vivió más de una vida: obrero, modelo de calzoncillos, traficante de armas y, tras huir de Colombia, escritor de culto en Cuba. En La Caja Negra, la directora uruguaya Elisa Barbosa sigue sus huellas dispersas. Hablamos con ella.
Elisa Barbosa Riva
La cineasta uruguaya Elisa Barbosa Riva (San José, 1988). Fotos cortesía de la autora.

La cineasta que desnudó la utopía roja

17 de noviembre de 2025
Daniel Chavarría vivió más de una vida: obrero, modelo de calzoncillos, traficante de armas y, tras huir de Colombia, escritor de culto en Cuba. En La Caja Negra, la directora uruguaya Elisa Barbosa sigue sus huellas dispersas. Hablamos con ella.

En la mañana del 28 de octubre de 1969, un hombre abordó el vuelo HK1022 de Avianca, en Bogotá, con un único objetivo: desviarlo a Cuba. Se llamaba Daniel Chavarría, era uruguayo, tenía 36 años y una vocación por vivir múltiples vidas. Antes de secuestrar ese avión, había sido obrero metalúrgico, guía de museos, polizón de barco, buscador de oro, modelo de calzoncillos y colaborador de la guerrilla colombiana. En La Habana dejó atrás esa existencia errante y azarosa para calibrar el pulso. Primero merodeó el peligro; después se sentó a escribir. 

Luego de vivir tres años en Colombia (de 1966 a 1969), Daniel Chavarría salió huyendo bajo el asedio del extinto Departamento Administrativo de Seguridad (DAS). Había participado en el movimiento de Teología de la Liberación, junto con el sacerdote paisa Gerardo Valencia Cano, y aprovechado su empleo en el puerto de Buenaventura para facilitar armas a grupos guerrilleros.  

En Cuba encontró lo que nunca logró en Colombia: la calma para pensar, las necesidades básicas cubiertas y un trabajo estable como profesor universitario de latín y griego. Cuba fue destino: un punto de no retorno. Allí se consolidó como héroe literario de la revolución y murió el 6 de abril de 2018. Sus novelas negras —muchas ancladas en la Grecia y la Roma clásicas— recibieron el Premio Hammett de la Semana Negra de Gijón, el Premio Nacional de Literatura, el Alejo Carpentier, el Casa de las Américas, entre otros reconocimientos.  

Esta es la materia con la que la uruguaya Elisa Barbosa Riva (San José, 1988) construye La Caja Negra (2025), su ópera prima. El documental sigue las huellas de un hombre que nunca dejó de creer en la utopía roja y de una directora que, durante casi una década, buscó descifrar qué queda de los mitos culturales de la Revolución Cubana cuando el fervor se ha apagado. Barbosa, heredera de una familia de fotógrafos con siglo y medio de historia, se acerca al peso que ese hombre tuvo en tantas vidas y, al hacerlo, termina cuestionando el sentido mismo de la primera revolución comunista del continente. 

Esta conversación con la directora uruguaya aborda cómo los ídolos que forjamos en la juventud se transforman cuando los miramos de cerca. Habla del temblor de lo humano que permanece después de la idealización romántica. 

Daniel Chavarría
Uno de los pocos retratos de Daniel Chavarría que aparecen en el documental La Caja Negra.

Dedicaste una década a seguir las huellas de tu ídolo de juventud. ¿Cómo empezó todo? 

En 2016, viajé a Cuba a estudiar en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV). Allí escuché hablar de Daniel Chavarría en mi primer año: me dijeron que era un escritor best seller de novelas policiales, y que además era de mi misma ciudad, San José, una ciudad muy chiquita en Uruguay. Me dije: voy a buscar a esa persona. Me tomó dos años lograrlo. Fui hasta su casa, toqué la puerta y no me quiso conocer. Le dejé una carta diciéndole que era de San José, nieta de los fotógrafos Riva, una familia que había retratado a todos en el pueblo. Traté de usar ese lazo afectivo para llegar a él. Era mi ídolo, en una época en que la revolución todavía funcionaba y las necesidades básicas para pensar estaban cubiertas. 

Ese mismo día fui a un recital de Aterciopelados. Mientras se oía «amo mi celulitis, amo mis piernas», cortan el show para anunciar la muerte de Fidel Castro. Fue tremendo. Unas horas después, Daniel me llamó y me dijo: «Acaba de morir quien fue como mi padre, y tus abuelos sacaron la única foto que tengo de mis tías muertas, que eran como mis madres. Si me querés conocer, te doy quince minutos». Ahí comenzó todo.  

¿Cuáles fueron las primeras inquietudes que te planteaste? 

Quería saber qué estaba pasando con los ídolos de la Revolución Cubana, cómo se habían transformado y cuáles eran los símbolos de esta nueva época. Fui con esas incertidumbres a planteárselas a él, una persona que había transitado múltiples luchas revolucionarias en América Latina. Participó en procesos de alfabetización en Brasil y tuvo vínculos con las guerrillas en Colombia. Él vivía sus últimos años en Cuba, y yo, con 28 años, me preguntaba: ¿cómo se vive una utopía desde adentro? ¿Qué queda de ella? 

En tu documental, Daniel Chavarría aparece como una figura difusa. Sabemos lo que hizo —modelo, traficante de armas, guía de museos, escritor de novela negra—, pero cuesta entender su carácter, sus deseos. ¿Cómo fue retratarlo? 

Hay una pregunta muy clara que me hice durante todo el proceso: ¿quién puede mostrar el alma de una persona? ¿El que revela la superficie o el que se ahoga en su intimidad? Una de las respuestas que encontré es que nadie puede hacer una película sobre alguien. Uno solo puede estar cerca de alguien. Yo hice una película sobre lo que sentí al estar cerca de Daniel Chavarría. 

Para construir un volumen humano, para representar a una persona, tenés que mostrar sus luces y sus sombras. Si solo muestro la luz de Daniel, es un Dios. Sería como encender una linterna en luna llena: te vas a encandilar. Necesitaba mostrar sus contradicciones, lo terrenal. La película fluye entre esos polos: construir y deconstruir una figura. Es ahí, en ese punto intermedio —ese significante, como lo llamaba Marcel Duchamp—, donde el espectador conecta. Yo propongo, en ese sentido, más preguntas que respuestas. Invito al espectador a investigar también. Si la película despierta ese deseo de saber más, ya logró algo importante. 

Fidel Castro
Fidel Castro celebra la victoria de la revolución cubana sobre el régimen de Fulgencio Batista. 8 de enero de 1959.

¿Qué meditaste sobre los ídolos de la Revolución Cubana mientras hacías el documental? ¿Qué hacemos con los mitos que forjamos en la juventud? 

Vivimos en una cultura que nos empuja hacia la luz, la brillantez, el futuro. Pero por más que camines, el horizonte nunca desaparece: solo sirve para avanzar. Entonces, ¿qué es lo bueno? El viaje, la caminata. Estos ídolos y estas revoluciones funcionan como motores de una búsqueda sincera del conocimiento. Cuanto más profundo vas dentro de vos, más capacidad tenés de resonar con los otros. 

Hay algo clave ahí: si no miramos al pasado, caemos en pozos, nos enceguecemos, dejamos de caminar. Me inspiran las comunidades andinas, las aimaras, que conciben el tiempo de otra manera: dicen que no hay que mirar hacia el futuro, sino ir de espaldas. Vos mirás al pasado y, según cómo esté ese territorio en tu memoria, vas a habitar el presente. 

Llegué a Cuba con la brillantez de la revolución en los ojos. Tenía 27 años. Creía en las utopías, en la izquierda, en la posibilidad de un mundo mejor. Hoy sigo creyendo en esas ideas, pero también veo la dificultad de sostenerlas. El ideal de la revolución se está perdiendo porque estamos dejando de creer. Si vos no creés, no existe más. La Revolución Cubana se enquistó. No se puede gobernar eficazmente con ideas que no se transforman en cincuenta años. 

¿En qué momento Chavarría dejó de ser el mito revolucionario para volverse un hombre de contradicciones? ¿Cuándo aparecieron las sombras? 

(Silencio largo). Me pasa algo con esta pregunta. No quiero juzgarlo, porque él no está para defenderse. Aunque tenga mis desacuerdos, una parte de mí quiere cuidarlo. Lo que sí puedo decir es que vi en él rasgos de su generación: comportamientos machistas y autoritarios. 

En su autobiografía Y el mundo sigue andando (2008), narra el secuestro del avión en Colombia con un tono jocoso, pero la realidad es que secuestró a una mujer y a una niña. La esposa se entera, ya en el aire, de que él las llevaba a Cuba: un lugar en el que ella creía que mataban niños. Ella lo sufre, y él no lo muestra así. También me pareció problemático que frecuentara burdeles en Buenaventura, donde las mujeres estaban atrapadas con engaños. Así presento sus sombras en el documental. Muchos se enojaron al verlo en pantalla porque eso está naturalizado. Cómo cuesta ver a un hombre desnudo… 

Has dicho que Colombia fue un punto de no retorno para Chavarría. ¿Por qué?  

Colombia es un país vibrante en todas las capas. Para mí, es un lugar de transformación, de clic, de quiebre, de cambio de visión. Es la cresta de la ola. Daniel iba en busca de la semilla del movimiento social latinoamericano y la encontró en Colombia. Ahí se vinculó por primera vez a una guerrilla. En tu país se vive todo: la fuerza de la vida y de la muerte. Ahí tenés la necesidad de levantarte y luchar.  

Tu búsqueda terminó siendo, de algún modo, un intento por desnudar la utopía roja. 

Esto es clave. Desnudar la utopía roja es también desnudar al hombre nuevo de Nietzsche: ese individuo que supera al hombre común al crear sus propios valores y dar sentido a la vida después de la muerte de Dios. Cuando llegué a Daniel Chavarría, para hacer la última entrevista que tuvo en vida, noté que la utopía seguía viva en él. Pertenecía a la llamada Generación del Entusiasmo. Él me decía: «Vamos hacia un mundo mejor», y yo necesitaba creer en eso. 

En Cuba, mi crecimiento cultural fue enorme porque tuve acceso garantizado a recitales, eventos, lecturas. En el caso de Daniel, él decía que no habría podido ser escritor si no hubiera llegado a Cuba. Solo pudo hacerlo allí porque tenía sus necesidades cubiertas, y eso le permitió elegir: enseñar, contemplar, encerrarse, escribir. Por eso decidió quedarse. Ser culto, para él, era una forma de ser libre. Pero hoy esas condiciones —las que garantizan pensar y decidir sobre la propia vida— ya no están. Por eso no idealizo la revolución. Me pregunto ahora: ¿cómo volvemos a encaminarla?  

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