ETAPA 3 | Televisión

Otro liderazgo es posible

24 de mayo de 2025 - 3:34 pm
Marta Ruiz recuerda a José «Pepe» Mujica como una figura ética, en contraste con la política contemporánea, ruidosa y superficial. Su mirada compasiva y centrada en lo fundamental de la vida demostró una alternativa en el ejercicio del poder.
«Pepe» Mujica. Intervención por Nicolás Consuegra.
«Pepe» Mujica. Intervención por Nicolás Consuegra.

Otro liderazgo es posible

24 de mayo de 2025
Marta Ruiz recuerda a José «Pepe» Mujica como una figura ética, en contraste con la política contemporánea, ruidosa y superficial. Su mirada compasiva y centrada en lo fundamental de la vida demostró una alternativa en el ejercicio del poder.

En un mundo político saturado de palabras, de escándalos, de discursos vacíos y estrategias de mercadeo electoral, la figura de José «Pepe» Mujica emergió como una anomalía ética. Su historia personal, profundamente marcada por el silencio y el encierro, lo convirtió en un referente de autenticidad, coherencia y humildad, cualidades que escasean dramáticamente en la política contemporánea.

Mujica sobrevivió trece años de prisión en soledad, hundido en un pozo, a veces sin luz, sin agua, casi sin aire, curándose las heridas de las torturas y la derrota. Sin embargo, convirtió ese tiempo en una experiencia de transformación espiritual y ética. Como si el silencio prolongado hubiera depurado su mente de las banalidades del mundo, Mujica emergió de su condena con una mirada aguda y serena sobre la condición humana. No era una hipérbole cuando decía que en su cautiverio escuchaba el lenguaje de las hormigas, sino que daba fe la nueva sensibilidad que había adquirido: la capacidad de percibir lo minúsculo, de valorar lo esencial, las pequeñas cosas.

Esa transformación no es común en líderes que han atravesado el sufrimiento. Muchos salen amargados, radicalizados, vengativos o convertidos en víctimas irredentas. Mujica, en cambio, templó su alma hasta hacerla resistente y, al mismo tiempo, compasiva. Aprendió a valorar la vida por encima de los dogmas y a poner la dignidad humana en el centro de su acción. No me cabe duda de que fue ese largo período de introspección el que lo dotó de una profundidad ética singular, que contrastó con la superficialidad y la soberbia de otros dirigentes.

Sartre dijo alguna vez que la grandeza del Che Guevara radicaba en su coherencia: pensar, decir y hacer lo mismo. Mujica también encarnaba esa virtud. No se trata de que fuera infalible o perfecto, sino de una actitud de vida: no traicionarse a sí mismo, no esconderse tras máscaras, no decir lo que era conveniente sino lo que se correspondía con sus convicciones. Su famosa austeridad no fue un espectáculo mediático sino una opción sincera: vivía como pensaba.

Durante su presidencia (2010-2015), renunció al boato del poder. Mantuvo su viejo Volkswagen, siguió viviendo en su chacra, y donó la mayor parte de su salario. No por estrategia, sino porque no concebía el liderazgo como un privilegio, sino como un servicio, como la realización de los sueños colectivos. Esa coherencia entre vida y discurso, entre biografía y política, le granjeó el respeto incluso de sus adversarios.

Una de las lecciones más importantes que deja Mujica es la del valor de la autenticidad. En una época donde los líderes son diseñados por asesores de imagen y operan como productos de consumo en una vitrina, Mujica se mostró como un hombre sin adornos. Hablaba con el corazón, sin maquillaje verbal ni pretensiones intelectuales. Su lenguaje directo y coloquial era, en sí mismo, un acto ético: no ocultaba, no exageraba, no manipulaba, no mentía.

Su autenticidad también se manifestó en su capacidad para reconocer errores. Cuando descalificó a Cristina Fernández con un comentario desafortunado, en lugar de atrincherarse en la vergüenza o el orgullo, supo pedir perdón, entendió que el error es una oportunidad para rectificar. Lo hizo sin eufemismos, e incluso con gracia. Ese gesto de humildad contrasta con la soberbia de tantos otros dirigentes que no toleran la autocrítica.

Mujica también revalorizó la política como espacio de convivencia y no de confrontación. Aunque provenía de la lucha armada, renunció a la violencia como camino. Aprendió —en carne propia— el valor supremo de la vida, y construyó desde allí una ética del diálogo. Supo trabajar con aliados y adversarios, respetando las diferencias. No recurrió al insulto ni al grito, sino al argumento y la escucha.

Evitó el autoritarismo que seduce a tantos líderes de izquierda. Comprendió que gobernar no es imponer una visión, sino construir consensos, incluso imperfectos. Su pragmatismo, por el que algunos lo criticaron, fue en realidad una forma madura de abordar la complejidad de lo social en nuestros tiempos. No hay revoluciones perfectas ni cambios instantáneos. Hay procesos, tejidos, paciencias, con las cuales enfrentar las incertidumbres de este siglo.

Mujica nunca convirtió el poder en un fetiche. Al contrario, advirtió constantemente sobre sus peligros. Decía que el poder no cambia a las personas, solo revela quiénes son. Su discurso ante Naciones Unidas en 2013 fue una pieza maestra de crítica al modelo consumista, donde afirmó que la humanidad no vino a este mundo a «desarrollarse económicamente» sino a ser feliz. Que trabajamos para generar las condiciones que nos permitan disfrutar del tiempo libre, en comunidad, con los que amamos; no para llenarnos de cachivaches, cosas que otorgan una felicidad artificial y pasajera.

Desde esa mirada, entendía que el verdadero drama contemporáneo no es la pobreza sino el egoísmo. La política, para él, debía recuperar el horizonte del bien común. «Gobernar no es mandar, es servir», repetía. Esa ética del servicio lo alejó del caudillismo, de la demagogia, de la vanidad que corroe tantos proyectos progresistas. Su ejemplo desnudó la farsa de quienes usan la revolución como máscara de su ambición.

Mujica construyó una narrativa política de la esperanza. En medio de un clima global de cinismo, su palabra sonaba verdadera. No necesitó redes sociales ni furia viral. Su voz era sonora porque tenía el peso de su experiencia, de su propia transformación.

Claro que no fue perfecto. Tuvo sus contradicciones, sus límites. Pero su vida mostró que es posible ejercer el poder sin corromperse. Que se puede ser líder mucho tiempo sin perder la cabeza ni corroer el corazón. Que la política, cuando es guiada por principios, puede dignificar en vez de envilecer.

El legado ético y político de Pepe Mujica es habernos demostrado que otro liderazgo es posible.

CONTENIDO RELACIONADO

Array

16 de agosto de 2026
En Donde el agua trabaja, novela ganadora del I Premio Internacional de Novela Breve Almadía–Ventosa Arrufat, el peruano David Silva Rojas escribe sobre una trabajadora de una hacienda vinícola que se enfrenta a la explotación laboral, la vigilancia y el silencio. Así, Silva reflexiona sobre las historias que permanecen ocultas detrás de los grandes relatos del progreso económico, el desgaste del cuerpo y las relaciones de complicidad que pueden surgir en este contexto. El editor web de Gaceta, Santiago Cembrano, habló con él.

Array

14 de agosto de 2026
A veces va por una carretera, ve una chiva acercarse y sabe que es suya antes de leer el nombre pintado en la carrocería. Lo delata una curva, una combinación de colores o una gambeta. Después de todo, ¿cuántas personas pueden encontrarse con su propio trabajo doblando una esquina? Pingüino lleva más de cuarenta años decorando estos buses campesinos y convirtiéndolos en piezas únicas.

Array

12 de agosto de 2026
Hay quienes buscan extender su vida con suplementos, aplicaciones y hábitos de alto rendimiento dictados por la industria del bienestar. Willie Nelson, en cambio, se ha mantenido entre guitarras, cigarrillos, huertas caseras y la decisión consciente de no amargarse la vida. A los 93, su sentido del humor es la columna vertebral de su buena salud. Estos once mandamientos condensan su filosofía vital.

Array

10 de agosto de 2026
La relación entre la literatura y los hoy llamados «lenguajes audiovisuales» siempre ha sido estrecha. Sin embargo, no siempre ha sido armónica. Están los que dicen que la escritura de un guion no es un género literario. Mientras otros insisten en que, si se quiere conseguir una buena historia para las pantallas, es importante prescindir de la «narratofagia». En Colombia hay muchos ejemplos de películas que han tenido una efectiva relación con sus referentes narrativos. Uno de ellos es la versión que realizó Carlos Mayolo en 1986 del relato La mansión de Araucaíma de Álvaro Mutis. Cuarenta años después, el otrora asistente de dirección del filme recorre los pasos detrás de las huellas de su locación principal y se lleva más de una sorpresa.

Array

8 de agosto de 2026
En 1986, Carlos Mayolo llevó al cine La mansión de Araucaima, el relato que Álvaro Mutis escribió para demostrarle a Luis Buñuel que el horror también podía habitar el trópico. Cuatro décadas después, la película sigue siendo una de las obras fundamentales del cine colombiano por su exploración del deseo, el poder, la decadencia y la violencia que sostienen ciertos órdenes sociales. El editor web de Gaceta, Santiago Cembrano, conversa con Sandro Romero Rey y Alexandra Falla sobre la historia de la película y el legado que marcó para el cine nacional.

Array

7 de agosto de 2026
Desde Venezuela hasta el centro de Medellín, tatuajes, estatuillas y altares susurran una historia: la de cómo migran las religiones populares para adaptarse a un nuevo territorio. En esta crónica, Santiago Rodas y el fotógrafo Una Rutina siguen el rastro del Chamo Ismael y la protección que les concede a quienes cargan su fe como una parte de su país.

Array

6 de agosto de 2026
El Ministerio de las Culturas y sus entidades adscritas reactivaron su política editorial durante este gobierno. Entre abril de 2024 y agosto de 2026 editaron más de cien libros y revistas para ampliar el campo de lo que merece ser recordado y revitalizar debates públicos largamente aplazados. ¿Qué cambió para que el Estado volviera a editar? ¿Qué biblioteca construyó y qué idea de país empezó a tomar forma en sus estanterías?

Array

5 de agosto de 2026
Antes de que Barranquilla entrara en los mapas literarios y artísticos del país, un puñado de jóvenes decidió disputar el sentido mismo de la cultura colombiana. Las batallas que dieron —en periódicos, talleres, bares y estudios de pintura— no solo moldearon la obra de Álvaro Cepeda Samudio, sino que configuraron una manera distinta de pensar el Caribe. Un crítico de arte reconstruye ese momento en que la audacia y el desparpajo fueron una forma de intervención crítica.

Array

4 de agosto de 2026
¿Qué hace que un espacio independiente de Cali llegue a la Bienal de Venecia, uno de los escenarios más importantes del arte contemporáneo? La historia de lugar a dudas recorre el legado cultural de la ciudad, la visión de su fundador, Óscar Muñoz, y una manera distinta de entender la práctica artística.

Array

3 de agosto de 2026
Durante años, la figura de Cepeda Samudio ha brillado más que su escritura: el reportero audaz, el hombre nocturno, el mito barranquillero. Sin embargo, en su narrativa se despliega otra verdad: la espera como forma de mundo, como pulsación íntima que une sus novelas y relatos. Ariel Castillo Mier sigue esa estela para devolvernos a Cepeda Samudio allí donde importa: en la obra que sobrevivió a su propia leyenda.