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Siete poemas para una amiga muerta

3 de septiembre de 2025 - 1:05 pm
En 1929, la aclamada escritora francesa compuso estos versos —resignados, amorosos, conmovidos— para despedir a la escritora belga y amiga de su madre Jeanne de Vietinghoff. El poema fue publicado en Las caridades de Alcipo (1984).
Marguerite Yourcenar en París. 1937.
Marguerite Yourcenar en París. 1937.

Siete poemas para una amiga muerta

3 de septiembre de 2025
En 1929, la aclamada escritora francesa compuso estos versos —resignados, amorosos, conmovidos— para despedir a la escritora belga y amiga de su madre Jeanne de Vietinghoff. El poema fue publicado en Las caridades de Alcipo (1984).

I

Esos que se cansaron de esperar nuestros pasos,
Han muerto sin saber que veníamos, lentos;
No pudiendo extenderlos, han cerrado sus brazos,
Y en lugar de recuerdos dejan remordimientos.

Dios no bendice ya los tardíos presentes:
Flores y tiernos gestos, la oración del que ruega.
Ya nadie entre los muertos escucha a los vivientes;
Nos junta sin unirnos la muerte cuando llega.

No sabremos la calma de sus eternos lechos.
Nuestros gritos tardíos, fatigados, deshechos,
En la eternidad sorda penetran sin volver;

Y en su desdén los muertos, o mudos y fatales,
No me oyen, del misterio en los negros umbrales,
Llorar sobre un amor que jamás pudo ser.

II

Aquí la miel del hondo corazón de las rosas,
Los tonos, los perfumes y los soplos amados.
No te hará sonreir la gracia de las cosas;
Tus brazos siempre abiertos están al fin cerrados.

No sentirán tus párpados que en perfume resuelto
Lento aquí se deshoja mi largo llanto inerte.
Va en las metamorfosis tu corazón disuelto,
Y llego justo a tiempo sólo para perderte.

Ya es una cifra el tiempo; el ser, lo que lo nombra;
Por la ruta del sol yo habría amado tu sombra;
Choca contra una tumba lo que de mí te quiere.

La muerte dudó menos y ha sabido alcanzarte;
Si piensas en nosotros deberás apiadarte,
Y uno se siente ciego cuando una antorcha muere.

III

Sólo supe dudar; había que acudir;
Callé cuando llamarte era más necesario.
Y seguí largo tiempo mi rumbo solitario;
Yo no había previsto que tú ibas a morir:

No preví que vería seca de su agua pura
La fuente que nos lava y que nos desaltera;
Yo no había previsto que en la tierra existiera
Un fruto misterioso que la muerte madura.

Aquí estoy, ojos, manos, y pies que te siguieron,
Por el jardín estrecho donde otros te tendieron,
Avanzo vacilando como un triste extranjero.

Llego hasta tí muy tarde; y envidio, arrepentida
A aquellos que, sabiendo que todo es pasajero,
Te mostraban su amor cuando estabas con vida.

IV

Nunca sabrás que tu alma va viajando conmigo,
Que he adoptado en el mío tu corazón querido;
Y que ni otros amores, ni el fiel tiempo enemigo,
Ni la edad, nada puede impedir que hayas sido.

Que ha tomado tu rostro la belleza del mundo,
De tu dulzura vive, luce tu claridad,
Que el lago pensativo por el campo profundo
Únicamente me habla de tu serenidad.

Nunca sabrás que tu alma siguió con quien te ama,
que es la lámpara de oro que mi paso ilumina,
Y que en mi canto un poco de tu voz se adivina.

Dulce antorcha, tus rayos, brasero fiel, tu alma,
Me enseñan los senderos que tu paso seguía,
Y tú vives un poco pues vivo todavía.

V

Con sus frutos de estrellas el ciprés por los cielos,
Lento, al fondo, en las noches de verano se agita;
La vida, una y desnuda, a través de cien velos,
Para expandirla en todo tu belleza te quita.

Tu amor, mi amor, aquello que el corazón entraña,
Serán algo distinto con cada nueva edad;
Y así como su tela va extendiendo la araña,
El monstruoso universo teje la eternidad.

El agua sin mañana nos lleva y trae, incierta.
Vamos adormecidos bajo una inmensa puerta,
Perdiéndonos en todo para todo encontrar.

Los corazones guardan ansias inextinguidas;
Y el amor y el anhelo se esfuerzan en soñar
Que va el sol de los muertos madurando otras vidas.

VI

La miel inalterable que cada cosa lleva,
Hecha está de deseos, remordimiento, espanto;
Un eterno alambique donde el tiempo renueva
La piedad de los muertos, de los vivos el llanto.

Otra vez de igual causa igual efecto asoma;
Por entre mil acordes la misma nota suena.
Y, pues no se separa la rosa de su aroma,
Yo sé bien que tu alma no es a tu cuerpo ajena.

Sé que el orbe lo poco que fuimos nos reclama.
Tú no sabrás jamás que mi llanto te ama,
Y yo me olvidaré de cuánto te he querido.

Pero la muerte aguarda con su larga indolencia;
Y yo, como un infante en tus brazos dormido,
Oigo batir los hierros de la eterna existencia.

VII

Sólo el silencio tiene esas palabras solas
Que, cerca, y sin herirte, se pueden pronunciar;
Que lluevan ya sus lágrimas sobre tí las corolas,
Y aceptemos sonriendo lo que debe pasar.

Cuando cada quien, harto de su papel, reposa,
Desciende al mismo lecho todo el que se durmió:
Por cada dedo trémulo de hierba que nos roza,
Tú puedes bendecirme y acariciarte yo.

Llevan a tu dulzura mis senderos, tan lentos.
De este suelo que ahora se impregna de alma humana,
Jardinero, el olvido borra remordimientos.

El invencible amor en las venas se agita.
Yo no quiero turbar, con una vieja queja vana,
De la tierra y los muertos la interminable cita.

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