¡Delia! 1926-2026

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El primero de abril de 2026 se cumplieron cien años del nacimiento de Delia Zapata Olivella, la bailarina, maestra e investigadora que volvió el mapa cultural de Colombia una ruta de hallazgos. Si la Expedición Botánica reveló la riqueza natural del territorio, la suya —una auténtica Expedición Coreográfica de la Nación— mostró la vida profunda de sus pueblos a través del movimiento. Durante décadas recorrió ríos, litorales y plazas remotas para dar forma y dignidad a las danzas que resguardan la memoria corporal de Colombia: gestos, pulsos y cadencias que no siempre gozaron del reconocimiento que hoy les concedemos. En su centenario, Gaceta le rinde el homenaje más fiel: volver a su obra, releer sus libros y dejar que su mirada —curiosa, crítica, insumisa— siga, como Elegguá, abriéndonos camino hacia aquello que aún estamos por comprender e imaginar.

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El Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc), la Biblioteca Nacional de Colombia y GACETA Sonora presentan este pódcast para ampliar la conversación sobre las políticas públicas del libro y la lectura en la región.

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Cuando el Parkinson empezó a desintegrar su caligrafía, Anne Carson descubrió que estaba perdiendo algo más que una habilidad motora. Este ensayo —tan erudito como personal— sigue ese temblor desde la neurología hasta la poesía: de Keats a Cy Twombly, de la grafología a una inesperada terapia colectiva en un gimnasio de boxeo. Una reflexión aguda, irónica y profundamente humana sobre lo que ocurre cuando el cuerpo traiciona a la mente, y sobre cómo seguir peleando cuando la vida parece inclinarse hacia la «puerta negra».

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A mediados del siglo XIX, cuando el deseo entre hombres era castigado por la ley y condenado por la ciencia y la moral, un jurista alemán decidió intervenir en ese terreno hostil con una idea audaz: explicar esa diferencia no como crimen ni como vicio, sino como una forma legítima de la naturaleza humana. ¿Quién era ese abogado que se atrevió a desafiar las categorías jurídicas  morales de su tiempo, y qué lugar ocupa hoy en la historia de las luchas por la libertad sexual?

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Durante décadas, la historia cultural latinoamericana —y en particular la historia queer— se ha contado como una serie de ausencias o imitaciones: movimientos que parecen emular a los de Europa o Estados Unidos, tradiciones que no dejan rastro, archivos que reposan en lugares inaccesibles. Pero a veces basta reunir papeles dispersos para que ese relato cambie. Pedro Felipe Hinestrosa, uno de los responsables del Archivo Arkhé, que cumple diez años, reflexiona sobre la tarea de rescatar y organizar una tradición largamente dispersa.

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Camilo Torres suele quedar atrapado en la etiqueta del «cura guerrillero». Pero detrás de ese rótulo hubo un hombre que pensó el país con una seriedad radical: estudió, organizó, calculó. La autora de El presidente que no fue: La historia silenciada de Gabriel Turbay vuelve sobre su figura para mostrar a un Camilo distinto, uno que entendió que la justicia social no se improvisa: se diseña, se trabaja y se arriesga en el terreno mismo de la realidad.

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Antonio Caballero siempre pareció hablar desde una distancia deliberada: una voz mínima, un gesto impaciente, una lucidez sin contemplaciones. Su sola presencia imponía otro ritmo a cualquier conversación. Quizás por eso entrevistarlo nunca fue un trámite, sino una prueba. Este diálogo —rescatado de una tarde bogotana hace dos décadas— permite asomarse, sin filtros, al escritor que medía cada palabra como un acto final.

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La reciente polémica en torno a la BBC ha reabierto una vieja discusión: ¿debe el periodismo limitarse a informar los hechos o asumir también la tarea de interpretarlos y orientarlos moralmente? A partir de la crisis provocada por un memorando interno que denuncia sesgos editoriales dentro de la corporación, un antiguo reportero de la cadena revisa la transformación que, desde los años noventa, habría desplazado el ideal clásico de imparcialidad hacia un periodismo cada vez más guiado por narrativas y convicciones.

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A comienzos de este año murió Beatriz González. Su obra —hecha de colores deliberadamente ingenuos y de una ironía que nunca pierde la calma— sigue interrogando al país con una lucidez que no se desgasta. Quien firma este texto fue su asistente durante casi una década: la vio trabajar, dudar, corregir, ordenar, volver a empezar. Desde esa cercanía reconstruye cómo la artista transformó imágenes de prensa o de la cultura popular —y formatos inusuales como muebles o cortinas de baño— en preguntas políticas de largo aliento. En un momento en que muchos daban por agotada la pintura, Beatriz González insistió en que el arte no se reduce a representar: es una forma de leer el mundo y de mirar de frente aquello que, con frecuencia, preferimos dejar a un lado.

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Antes de convertirse en una gran artista, Beatriz González fue simplemente Beatriz, la compañera de curso de la madre de Yolanda Reyes en un colegio de Bucaramanga. De esa coincidencia escolar nació una amistad que atravesó ciudades, matrimonios, mudanzas y décadas, y que nunca se interrumpió, ni siquiera cuando ambas dejaron su tierra natal para instalarse en Bogotá. De ese vínculo duradero surge también esta Beatriz de puertas adentro: la mujer antes que la artista, la amiga antes que el ícono, y la familia santandereana —tan inspirada como excéntrica— que, sin proponérselo, ayudó a modelar la mirada singular que ella llevaría al mundo.

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Entre archivos polvorientos y ediciones que pocos recuerdan, el nombre de César Uribe Piedrahíta reaparece con una fuerza inesperada. Médico, cronista y viajero incansable, escribió como quien filma: escenas breves, gestos precisos, diálogos que avanzan en secuencia. Hoy, al releer su inconclusa novela Caribe (1937), cuesta no verlo como un pionero de la novela gráfica en Colombia, alguien que imaginó otra forma de narrar mucho antes de que existiera un término para describirla.

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A comienzos del siglo XX, cuando su nombre circulaba por cafés y salones de Europa, José María Vargas Vila era ya una figura rodeada de fama y escándalo. Sus novelas incendiarias, su anticlericalismo feroz y su estilo deliberadamente exaltado habían construido la imagen de un escritor que parecía vivir ebrio de sí mismo. Pero esa caricatura deja una pregunta más interesante: ¿cómo aparecía ante quienes realmente lo conocieron? ¿Qué veían en él los diplomáticos, escritores y curiosos que lo trataron en Madrid, Roma o París? ¿Confirman esos testigos la leyenda posterior o revelan matices que la fama no alcanzó a registrar?

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La relación entre la literatura y los hoy llamados «lenguajes audiovisuales» siempre ha sido estrecha. Sin embargo, no siempre ha sido armónica. Están los que dicen que la escritura de un guion no es un género literario. Mientras otros insisten en que, si se quiere conseguir una buena historia para las pantallas, es importante prescindir de la «narratofagia». En Colombia hay muchos ejemplos de películas que han tenido una efectiva relación con sus referentes narrativos. Uno de ellos es la versión que realizó Carlos Mayolo en 1986 del relato La mansión de Araucaíma de Álvaro Mutis. Cuarenta años después, el otrora asistente de dirección del filme recorre los pasos detrás de las huellas de su locación principal y se lleva más de una sorpresa.

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A propósito de una carta de María Enciso a Gabriela Mistral

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La década del ochenta fue, para muchos, un tiempo marcado por el miedo y la incertidumbre. Pero para Camila Loboguerrero fue también —y casi en secreto— una época de esplendor. Mientras Colombia atravesaba uno de sus periodos más convulsos, ella encontraba el espacio para llevar adelante proyectos documentales largamente soñados y, por primera vez, para aventurarse en el territorio de la ficción. Este fragmento de sus Memorias de mi cine —que en breve publicará el Ministerio de las Culturas— vuelve a esos años en que, contra toda intuición, la creación se abrió paso entre el ruido del país y le dio a su obra un impulso decisivo.